Rubio rebaja el tono en Múnich, pero consolida la doctrina Trump en Europa
La intervención de Marco Rubio en la Conferencia de Seguridad de Múnich ha marcado un punto de inflexión en la relación entre la segunda Administración Trump y sus socios europeos. El senador, convertido en rostro amable de la nueva política exterior estadounidense, sustituyó las descalificaciones abiertas por una narrativa seductora de “civilización occidental” compartida, mientras mantenía intactos los pilares de fondo: más gasto militar europeo, primacía de los Estados frente a las instituciones y un claro mensaje de competencia sistémica con China. Lo que cambia es el envoltorio. Lo que permanece es una visión “trumpista” del orden internacional que inquieta en Bruselas, Berlín y Varsovia, pese al alivio inicial por el descenso de decibelios respecto al año anterior.
De la bronca de Vance al abrazo calculado de Rubio
Hace un año, el vicepresidente JD Vance dinamizó el foro de Múnich con un discurso de confrontación abierta: ataques a la política migratoria europea, críticas a las regulaciones sobre libertad de expresión y un diagnóstico demoledor sobre la capacidad de Europa para defenderse. Aquella intervención se leyó como un aviso de repliegue estadounidense del continente, coherente con los gestos de Donald Trump coqueteando con un giro estratégico hacia el hemisferio americano e incluso fantaseando con la compra de Groenlandia.
Rubio ha llegado al mismo escenario con un registro radicalmente distinto. Nada de “guerra cultural” directa contra Bruselas. En su lugar, un relato de amistad civilizatoria, de Estados Unidos como “hijo de Europa” y de una historia compartida cimentada en raíces cristianas, vínculos migratorios e intereses de seguridad convergentes. Sin embargo, como subrayó el corresponsal de DW Richard Walker, bajo la capa de cordialidad sigue latiendo “una narrativa profundamente trumpista de lo que es Occidente”. El estilo cambia; la estrategia permanece.
Una Europa llamada a gastar más y hablar menos
En el centro del mensaje de Rubio hay una exigencia clara: Europa debe acelerar su rearme. No se trata solo de cumplir el umbral simbólico del 2% del PIB en defensa, que más de una decena de socios de la OTAN todavía no alcanza, sino de construir capacidades militares reales, interoperables y capaces de operar sin tutela estadounidense en escenarios de alta intensidad.
La advertencia es directa. Si Europa no incrementa su esfuerzo, Washington reordenará prioridades hacia el Indo-Pacífico y el frente con China. Rubio no empleó el lenguaje de castigo de Trump, pero el mensaje de fondo es similar: o Europa asume el coste de su seguridad, o Estados Unidos dejará de ser el escudo automático. Este enfoque encaja con la narrativa del “nuevo mundo de competencias entre potencias”, donde los recursos son limitados y las decisiones de gasto militar compiten con la agenda interna.
Lo más significativo es que Rubio legitima esa presión con una apelación emocional: no se trataría de imponer, sino de “revitalizar una vieja amistad”. De ese modo, transforma lo que hasta ahora era un reproche contable en una invitación a defender juntos una identidad común, pero bajo parámetros marcadamente estadounidenses.
“Civilización” como nuevo marco de la alianza atlántica
El concepto de “civilización” atravesó toda la intervención de Rubio, repetido una docena de veces y utilizado como columna vertebral de su discurso. Estados Unidos ya no se presenta solo como garante del orden liberal internacional, sino como custodio de una “civilización occidental” única, distintiva e irremplazable. La frase más citada —“no queremos ser educados y ordenados administradores del declive gestionado de Occidente”— resume ese giro: la Casa Blanca se coloca como guardiana militante de un legado cultural y geopolítico frente a rivales como China y Rusia.
La comparación con el discurso del ministro chino Wang Yi, que habló también de “civilizaciones” pero en clave de cooperación entre pares, revela el choque de modelos. Mientras Pekín propone pluralidad de civilizaciones en coexistencia, Washington reivindica una primacía occidental que exige alineamiento político y estratégico. La consecuencia es clara: la retórica de civilización se convierte en una herramienta de alineamiento duro en la competencia global, donde el espacio para posiciones equidistantes se estrecha.
Para la Unión Europea, que se define a sí misma como proyecto posnacional, el vocabulario de Rubio es tan halagador como inquietante. Bruselas queda incluida en la “familia occidental”, pero el precio implícito es aceptar que la nación —y no la institución supranacional— sea el sujeto central de la política internacional.
Nación frente a instituciones: el choque con la idea de Europa
Rubio fue explícito al reiterar la visión “nations first” que define la segunda etapa de Trump. Desconfianza hacia la ONU, a la que retrata como foro ineficaz; prioridad de los acuerdos bilaterales o de coaliciones ad hoc; y una defensa abierta de que son los Estados fuertes, no los organismos multilaterales, quienes pueden “poner orden” en un mundo crecientemente inestable.
Este hecho revela una colisión estructural con la lógica de la UE. El proyecto europeo nació precisamente para diluir la centralidad absoluta del Estado nación y gestionar tanto el mercado interior como la política exterior mediante instituciones compartidas. Como apuntó Walker, para Bruselas resulta profundamente perturbador escuchar que la mejor manera de actuar es abandonar la aproximación “liberal e internacionalista” que la propia UE encarna.
En la práctica, esto significa que mientras Washington invita a Europa a reforzar su defensa, también impulsa, de forma indirecta, una renacionalización de la política exterior y de seguridad. Países como Polonia o los bálticos, más cómodos en una lógica de poder duro, pueden ganar peso relativo frente a una Comisión que ve limitada su capacidad de marcar la agenda.
Clima, inmigración y tecnología: la agenda de fricción
Rubio suavizó las formas, pero no el contenido, en tres de los grandes puntos de fricción transatlántica: clima, inmigración y regulación tecnológica. Calificó a los defensores de la transición verde más ambiciosa de “culto climático”, en línea con el giro de Washington de vuelta hacia los combustibles fósiles y una política energética más centrada en la seguridad de suministro que en la descarbonización rápida.
En inmigración, mantuvo la narrativa de riesgo identitario y desorden en las fronteras, un terreno donde la UE ya está endureciendo su propio marco, pero desde una lógica de gestión y derechos, no de choque civilizatorio. Y en tecnología, advirtió a Europa de que no debe “temer” a la innovación, justo cuando Bruselas intenta imponer límites a las grandes tecnológicas estadounidenses con normas antimonopolio y de protección de datos.
El contraste con la UE es evidente: mientras Washington prioriza flexibilidad regulatoria y defensa de sus campeones tecnológicos, Bruselas insiste en reglas estrictas para preservar competencia y derechos fundamentales. El riesgo es que el nuevo tono cordial esconda una escalada silenciosa de conflictos comerciales y normativos, especialmente si la presión estadounidense se combina con un rearme industrial europeo financiado con ayudas públicas.
La respuesta europea: alivio, autonomía y líneas rojas
Los principales líderes europeos reaccionaron con una mezcla de alivio táctico y prudencia estratégica. El ministro alemán de Exteriores, Johann Wadephul, habló de un discurso “en una categoría diferente” al de Vance, pero subrayó la necesidad de mantener independencia europea en defensa, clima y comercio. La presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, fue aún más clara: “una Europa independiente es una Europa fuerte, y una Europa fuerte refuerza la alianza transatlántica”. La fórmula resume la estrategia comunitaria: aceptar el marco de alianza, pero reforzando la autonomía estratégica.
También el primer ministro británico Keir Starmer evitó confrontar directamente con Rubio y prefirió reconocer una evidencia incómoda: “Europa no ha hecho lo suficiente en defensa y seguridad durante muchos años”. El consenso en el continente es que los aliados americanos tenían razón al exigir más gasto, pero sin aceptar que esa mayor inversión se traduzca en subordinación automática a la agenda de Washington.
En términos numéricos, los países europeos ya han empezado a reaccionar: el gasto en defensa se ha incrementado en torno a un 40% de media desde 2020, y algunos socios han duplicado su esfuerzo. No obstante, la fragmentación en compras, cadenas de suministro y estándares sigue siendo un problema estructural que la retórica de Múnich no resuelve.
Ucrania, la gran ausente en un discurso de poder
La crítica más incisiva llegó desde el Este. El ministro de Exteriores polaco, Radoslaw Sikorski, celebró el “retorno de la cortesía americana”, pero lamentó la escasa centralidad de Ucrania en el discurso de Rubio. Para Varsovia y otros socios de la primera línea, el principal riesgo de seguridad para Europa sigue siendo la agresión rusa y la ideología expansionista del Kremlin, no la abstracción geopolítica de la competencia entre civilizaciones.
Sikorski recordó que la verdadera amenaza pasa por un proyecto de reconstrucción del imperio ruso que, de materializarse, se haría necesariamente “a costa de Europa”. El diagnóstico es inequívoco: si Estados Unidos reorienta parte de su atención hacia China y el Pacífico, los europeos deberán asumir al menos el doble de responsabilidad en la defensa de Ucrania, tanto en financiación como en suministro de armamento de alta gama.
Paradójicamente, fue el propio Sikorski quien reconoció que Trump había tenido razón al forzar el debate sobre el “dividendo de la paz”. Europa, dijo, “llevaba demasiado tiempo consumiéndolo”, y los datos le dan la razón: varios países han duplicado su gasto militar respecto a 2016, cuando Trump llegó por primera vez a la Casa Blanca. El problema ahora ya no es solo cuánto se gasta, sino cómo se articula ese esfuerzo dentro de un proyecto europeo que no quiere renunciar a su ADN multilateral.
Qué implica el giro de tono para el futuro de la alianza
El balance de Múnich es nítido: el tono mejora, pero la presión se consolida. Rubio ha demostrado que la doctrina Trump puede presentarse con una cara más amable, apelando a la historia compartida, a los vínculos culturales y a un relato de “renovación civilizatoria”. Sin embargo, la sustancia sigue apuntando a un mundo de bloques, menos regido por reglas comunes y más por correlaciones de fuerza entre Estados soberanos.
Para Europa, el reto es doble. Por un lado, necesita reforzar su propia capacidad de defensa y su industria militar, si quiere que las advertencias de Washington no se traduzcan en vulnerabilidad estratégica. Por otro, debe hacerlo sin diluir la esencia de su proyecto: la apuesta por instituciones supranacionales, normas compartidas y una concepción del poder más jurídica que puramente militar.
La consecuencia es clara: la próxima década estará marcada por un delicado ejercicio de equilibrio. Europa tratará de aprovechar la cobertura americana mientras exista, pero avanzando hacia una autonomía suficiente para no quedar rehén de los ciclos políticos de Washington. El discurso de Rubio en Múnich no cierra esa tensión; la hace visible con una sonrisa.