Rusia admite dependencia crítica de tecnología extranjera para su armamento

Rusia admite dependencia crítica de tecnología extranjera para su armamento

La guerra en Ucrania se libra también en los laboratorios y en las cadenas de suministro. Un informe interno del Ministerio de Economía de Rusia, fechado en febrero de 2025 y revelado por el diario Financial Times, admite que el país sigue siendo “críticamente dependiente” de componentes extranjeros para su maquinaria industrial, la fabricación de drones y parte de su sistema energético. Lo más llamativo es que esta vulnerabilidad afecta al corazón mismo de su arsenal avanzado: cada misil de crucero Kh-101 puede integrar más de 50 piezas importadas, muchas de ellas procedentes de empresas de Estados Unidos y de otros países occidentales. Frente a esta realidad, el Kremlin promete duplicar el esfuerzo en I+D hasta el 2% del PIB en 2030, pero parte de un nivel de gasto cercano al 0,9% del PIB en 2022, muy por debajo de otras potencias tecnológicas.

Una dependencia que desmiente la narrativa oficial

Desde 2022, el discurso oficial de Vladímir Putin pivota sobre un concepto: “soberanía tecnológica”. La realidad descrita por su propio Ministerio de Economía es menos triunfalista. El documento reconoce que, pese a tres años de sanciones y planes de sustitución de importaciones, Rusia sigue dependiendo del exterior para bienes de equipo clave, sistemas de control numérico, microelectrónica y software industrial.

El diagnóstico es inequívoco: en sectores considerados estratégicos para la guerra —maquinaria pesada, producción de drones, equipos de perforación y turbinas para energía— la dependencia de importaciones sigue siendo “alta o muy alta”. Este hecho revela que el esfuerzo de reconversión industrial ha chocado con límites estructurales: escasez de capital humano especializado, fuga de talento tecnológico desde 2022, obsolescencia de parte del parque de maquinaria y dificultades para acceder a equipos de litografía y microchips de última generación.

El contraste con la narrativa pública resulta demoledor. Mientras el Kremlin presume de una economía “adaptada” a las sanciones y de una industria de defensa trabajando a tres turnos, el propio informe admite que las cadenas de suministro críticas siguen ancladas a proveedores extranjeros. Rusia puede producir más tanques, proyectiles o drones que en 2021, pero lo hace, en gran medida, ensamblando componentes que no controla.

Misiles de alta precisión con corazón extranjero

El caso del misil de crucero Kh-101, uno de los vectores estrella de los ataques contra infraestructuras ucranianas, ilustra esa contradicción. Análisis forenses de restos de misiles recuperados en Ucrania han identificado más de medio centenar de componentes extranjeros por unidad, muchos de ellos circuitos integrados y chips de propósito general que se venden, en teoría, para usos civiles.

Entre los fabricantes aparecen nombres de primera fila de Estados Unidos, Europa y Asia, cuyos productos han llegado a Rusia a través de intermediarios en terceros países, reexportaciones opacas o redes de contrabando. “Son tecnologías avanzadas, pero accesibles en el mercado global; el reto no es diseñarlas, sino impedir que se cuelen en cadenas de suministro hostiles”, resumen expertos en control de exportaciones consultados por distintos organismos internacionales.

Lo más grave para Moscú es que esa dependencia no se limita a misiles. Informes recientes detallan la presencia de electrónica de origen extranjero en sistemas de guiado, comunicaciones y guerra electrónica montados en blindados, helicópteros de ataque y aviones de combate, como los Su-57. Sin estos componentes, el Ejército ruso se vería obligado a recurrir a soluciones más rudimentarias, reduciendo el alcance y la precisión de buena parte de su arsenal.

China como proveedor, socio y tapón

Tras el cierre progresivo de los canales occidentales, China se ha convertido en el gran colchón tecnológico de Rusia. Datos comerciales y análisis de restos de misiles y drones muestran un aumento sostenido de la presencia de componentes chinos —desde placas base hasta módulos de navegación— en los sistemas rusos utilizados en el frente ucraniano.

El informe del Ministerio de Economía ruso reconoce que la producción de drones militares depende en gran medida de proveedores chinos para motores eléctricos, cámaras térmicas y sistemas de comunicación. Según estimaciones de expertos citados por el propio documento, en algunos modelos de drones tácticos la proporción de componentes chinos supera ya el 40% del total, desplazando a suministradores occidentales.

Sin embargo, esta sustitución no equivale a verdadera autonomía. Pekín controla el grifo y ha demostrado en otras crisis su disposición a utilizar las cadenas de suministro como palanca estratégica. El riesgo para Moscú es obvio: su “soberanía tecnológica” podría depender, en la práctica, de la voluntad de un único socio que equilibra su relación con Rusia frente a sus intereses económicos con Unión Europea y OTAN.

Sanciones, contrabando y empresas pantalla

La persistencia de componentes occidentales en el armamento ruso pese a tres años de sanciones sugiere otra conclusión incómoda: el régimen de control de exportaciones sigue teniendo grietas. Investigaciones periodísticas y estudios de think tanks han documentado redes de empresas pantalla en países como Turquía, Emiratos Árabes, Kazajistán o Armenia que canalizan microchips, sensores y maquinaria industrial hacia la industria de defensa rusa.

El patrón se repite: pequeñas compañías recién creadas, sin historial industrial, que importan volúmenes inusualmente altos de electrónica avanzada desde Europa o Asia y los reexportan casi de inmediato hacia Rusia o Bielorrusia. La consecuencia es clara: parte de la industria armamentística rusa se alimenta hoy de un circuito gris en el que conviven productos civiles de doble uso con equipos claramente prohibidos.

Para las empresas tecnológicas occidentales, el riesgo reputacional y legal es creciente. Aunque la mayoría cumple las sanciones de forma estricta, los reguladores les exigen cada vez más que vigilen no sólo a quién venden, sino qué ocurre dos o tres eslabones más allá en la cadena de distribución. La presión para endurecer los controles y exigir trazabilidad detallada de los componentes clave —chips, FPGAs, sensores ópticos— va en aumento.

El plan 2030: I+D al 2% del PIB… con recursos de guerra

Ante este panorama, Moscú propone una huida hacia adelante: duplicar el esfuerzo en I+D hasta alcanzar el 2% del PIB en 2030, frente a un nivel actual inferior al 1%, según datos internacionales. El documento del Ministerio de Economía plantea redirigir recursos del boom militar hacia sectores de alta tecnología civil y militar, desde la microelectrónica hasta la aeronáutica.

El problema es de base. Rusia destina ya alrededor del 6%–7,5% de su PIB a gasto de defensa, y cerca del 40% del presupuesto federal de 2025 se consagra a defensa y seguridad interna, por encima del conjunto de educación, sanidad y política social. En otras palabras, la economía rusa funciona como una gigantesca empresa militar que consume recursos a un ritmo difícilmente sostenible a medio plazo.

Elevar la I+D al 2% del PIB sin reducir el peso del gasto militar implicaría seguir drenando recursos de la economía civil. El contraste con países que sí han logrado transiciones tecnológicas exitosas —Corea del Sur, Israel, incluso Chatham House recuerda el caso de China— es evidente: allí el esfuerzo en I+D vino acompañado de reformas institucionales, atracción de capital extranjero y apertura de mercados, no de aislamiento.

Una carrera tecnológica desigual frente a la OTAN

Sobre el campo de batalla, la industria rusa ha logrado una adaptación notable. La producción de drones de ataque y señuelo se ha disparado —más de 34.000 unidades y señuelos hasta septiembre de 2025, casi nueve veces más que el año anterior, según estimaciones recientes— y la fabricación de munición de artillería supera ya la capacidad de muchos países europeos.

Sin embargo, en la carrera tecnológica la brecha con la OTAN sigue ensanchándose. Estados Unidos invierte más del 3% de su PIB en I+D y la media de la OCDE supera el 2,5%, frente al nivel ruso ligeramente inferior al 1%. La alianza atlántica, además, fabrica la mayoría de los equipos críticos —sensores, chips avanzados, maquinaria de precisión— que Rusia necesita para su modernización militar.

El diagnóstico de analistas independientes es contundente: “Rusia puede seguir siendo una potencia militar peligrosa porque produce mucho, pero cada vez le costará más producir sistemas verdaderamente avanzados”, advertía un informe reciente. El resultado es una estrategia de “retener y adaptar”: modernizar plataformas soviéticas, saturar el campo de batalla con drones baratos y confiar en el volumen más que en la sofisticación.