Antonio Alonso: “Rusia se está enfrentando con toda la OTAN y tendrá que recurrir a armas nucleares"

Antonio Alonso: “Rusia se está enfrentando con toda la OTAN y tendrá que recurrir a armas nucleares"
Antonio Alonso analiza en Negocios TV la delicada situación que enfrenta Rusia ante la prolongación del conflicto en Ucrania. Con el Ministerio de Defensa ruso en manos de un economista y el riesgo latente del uso de armas nucleares, las tensiones con la OTAN se intensifican. Además, la dependencia de Ucrania en el apoyo militar y financiero externo y el avance ruso hacia el Mar Negro ponen en jaque la estabilidad regional y global.

El prolongado conflicto en Ucrania no solo ha transformado el mapa geopolítico europeo, sino que pone a Rusia en una situación de tensión extrema tanto dentro como fuera del terreno militar. Según las recientes declaraciones de Antonio Alonso en Negocios TV, el país euroasiático se encuentra en un enfrentamiento abierto con la OTAN que podría conllevar a medidas extremas, incluyendo el uso de armas nucleares. ¿Estamos quizá a las puertas de un riesgo global al que pocos se atreven a dar la debida atención?

La guerra de Ucrania ha entrado en una fase más peligrosa: menos espectacular en el frente, pero mucho más corrosiva para la arquitectura de seguridad europea. Rusia sigue sosteniendo una ofensiva larga, Ucrania multiplica los golpes contra la retaguardia energética y la OTAN acelera su rearme en el flanco oriental. El resultado es un equilibrio inestable. No hay colapso inmediato, pero sí una acumulación de tensiones económicas, militares y nucleares que estrecha los márgenes de error. Lo más grave es que Moscú ya no libra solo una guerra territorial: libra una guerra de resistencia financiera, industrial y psicológica.

La guerra que devora recursos

El nombramiento de Andréi Belúsov, economista y no general de carrera, al frente del Ministerio de Defensa ruso en mayo de 2024 reveló una prioridad inequívoca: convertir la guerra en un problema de gestión productiva, gasto militar y eficiencia industrial. El propio Gobierno ruso recoge que Belúsov fue nombrado ministro de Defensa el 14 de mayo de 2024 y que posee doctorado en Economía.

Este hecho revela un cambio de fondo. Moscú no busca únicamente ganar terreno; busca sostener durante años una maquinaria que consume munición, drones, combustible, salarios, logística y repuestos. La guerra ya no se decide solo en trincheras, sino en fábricas, presupuestos y refinerías. Ahí está el punto débil de cualquier conflicto prolongado: incluso las potencias militares acaban dependiendo de su contabilidad.

Refinerías bajo presión

Ucrania ha entendido esa vulnerabilidad y ha intensificado sus ataques contra infraestructuras energéticas rusas. Según un análisis del Financial Times, los golpes contra refinerías rusas alcanzaron en mayo un récord mensual de 16 impactos exitosos, con al menos 194 ataques desde comienzos de 2026, una cifra once veces superior a la del mismo periodo del año anterior.

La consecuencia es clara: Kiev intenta trasladar la guerra al coste interno ruso. No necesita destruir todo el aparato energético; basta con tensionar distribución, precios, defensas aéreas y percepción de vulnerabilidad. Cuando más de media Rusia empieza a sufrir restricciones o presión sobre el suministro, el frente deja de estar solo en Donetsk o Zaporiyia. Pasa también por las gasolineras, los almacenes y la inflación.

El dilema nuclear

La amenaza nuclear funciona para Moscú como instrumento político antes que como opción militar inmediata. El Bulletin of the Atomic Scientists recuerda que Rusia ha mantenido durante la guerra advertencias explícitas y ha usado sistemas de doble capacidad, lo que alimenta la incertidumbre sobre su estrategia a largo plazo.

Sin embargo, el diagnóstico debe ser preciso: amenazar no equivale a ejecutar. El umbral nuclear sigue siendo altísimo por sus costes diplomáticos, militares y económicos. Pero la sola posibilidad altera el comportamiento de todos los actores. Cada envío de armas, cada ataque en profundidad y cada avance territorial se interpreta bajo una pregunta incómoda: qué considera el Kremlin una amenaza existencial.

Ucrania depende de Occidente

La resistencia ucraniana se sostiene sobre tres columnas: movilización interna, tecnología militar y respaldo financiero occidental. La tercera es decisiva. El Kiel Institute advierte que las asignaciones de ayuda financiera y humanitaria se ralentizaron en los cuatro primeros meses de 2026, en buena parte por retrasos europeos.

El contraste es demoledor. Ucrania ha demostrado capacidad de innovación táctica, especialmente con drones, pero su margen estratégico depende de suministros externos. Sin munición, financiación estable y defensa antiaérea, la resistencia se erosiona mucho antes que la voluntad política. Ese es el cálculo ruso: no derrotar a Kiev de golpe, sino esperar a que el cansancio occidental haga el trabajo.

El Mar Negro como objetivo

La hipótesis de una presión rusa hacia Odesa tiene una dimensión mucho mayor que la conquista de una ciudad. Privar a Ucrania de su salida al Mar Negro supondría golpear sus exportaciones, su logística y su valor estratégico para Occidente. No es solo territorio: es comercio, puertos, cereal, rutas marítimas y proyección regional.

Por eso Odesa pesa tanto en los cálculos de Bruselas, Washington y Moscú. Una Ucrania sin acceso marítimo sería un Estado mucho más vulnerable y económicamente amputado. Aunque los mapas no muestran una ruptura inmediata del frente hacia esa ciudad, el escenario sigue presente en la doctrina rusa: convertir a Ucrania en un país encerrado, dependiente y permanentemente presionable.

La OTAN endurece el flanco este

El otro efecto de la guerra es la militarización acelerada de Europa oriental. Finlandia, Polonia y los países bálticos refuerzan fronteras, reservas, sistemas antidron y gasto en defensa ante la percepción de que la amenaza rusa no acabará con Ucrania. Polonia impulsa un “escudo oriental” de 10.000 millones de euros, mientras Finlandia mantiene una frontera de 1.343 kilómetros con Rusia.

El efecto dominó que viene es evidente: más gasto militar, más industrias de defensa, más presión presupuestaria y menos margen para el viejo dividendo de la paz europeo. Europa vuelve a pensar como continente de frontera. Y eso cambia la política económica tanto como la seguridad.

El riesgo no es necesariamente una guerra nuclear inminente. El riesgo es una cadena de errores: un ataque mal interpretado, una represalia desproporcionada, una presión interna en Moscú o una ruptura del apoyo occidental a Kiev. El conflicto se ha vuelto demasiado largo para ser controlado con gestos simbólicos y demasiado profundo para resolverse con comunicados.

La guerra de Ucrania ya no es solo una disputa territorial. Es una prueba de resistencia entre economías, alianzas y nervios políticos. Rusia intenta demostrar que puede aguantar más que Occidente. Ucrania intenta probar que aún puede golpear donde más duele. Y Europa empieza a asumir que el coste de no prepararse puede ser mucho mayor que el de prepararse tarde.