Rusia lanza 115 drones contra Ucrania en una sola noche
Rusia lanzó 115 aparatos no tripulados —Shahed, Gerbera, Italmas y otros modelos— desde las regiones rusas de Bryansk y Kursk y desde los territorios ocupados de Donetsk, según la Fuerza Aérea ucraniana. Las defensas lograron neutralizar 95 UAV, pero 18 consiguieron impactar en al menos 11 localizaciones distintas repartidas por el país. Los militares advirtieron de que el ataque seguía en curso a primera hora del día, con varios aparatos aún en el aire, y pidieron a la población que mantuviera las medidas de protección. Más allá del balance inmediato, el episodio confirma que la guerra entra en una fase en la que la saturación de drones se ha convertido en el eje central de la estrategia rusa para desgastar a Kiev y tensar al máximo sus defensas.
La mayor andanada de drones de las últimas semanas
El parte oficial ucraniano resume la magnitud del ataque: 115 drones de ataque lanzados casi simultáneamente desde varios vectores, incluida la frontera norte y los territorios ocupados en el este. No es un episodio aislado, sino un nuevo capítulo de una campaña aérea que se ha intensificado a medida que se acerca el cuarto aniversario de la invasión a gran escala. En los últimos días, Rusia ya había ensayado ofensivas mixtas de misiles y drones con centenares de aparatos lanzados en pocas horas sobre Kyiv, Odesa o Járkov.
En este caso, el ataque se centró en el uso masivo de UAV de fabricación iraní y rusa, algunos de ellos modificados para volar a baja cota y esquivar radares. La cifra de 115 drones en una sola noche sitúa la operación entre las mayores andanadas recientes con este tipo de arma, aunque lejos de otros bombardeos combinados que han superado los 300 vectores entre misiles y UAV. Lo relevante, sin embargo, no es solo el volumen, sino el patrón: oleadas periódicas, en horario nocturno, con rutas imprevisibles, diseñadas para obligar a la defensa aérea a operar al límite durante horas.
Una defensa aérea al límite
El dato que exhibe Kiev es, de momento, favorable: 95 de los 115 drones fueron derribados o neutralizados, lo que implica una tasa de interceptación de alrededor del 82,6%. Sobre el papel, se trata de un porcentaje elevado frente a un ataque masivo. Pero la aritmética de la guerra de desgaste no se mide solo en ratios de éxito: los 18 aparatos que consiguieron atravesar el escudo son suficientes para provocar daños significativos en múltiples puntos del país.
La defensa aérea ucraniana se apoya en un mosaico de sistemas heredados de la era soviética, baterías occidentales como Patriot o NASAMS, unidades de guerra electrónica y equipos móviles con cañones y ametralladoras pesadas. Cada noche de ataques obliga a coordinar todos estos recursos en cuestión de minutos. El problema de fondo es económico y logístico: un misil interceptor puede costar entre 10 y 20 veces más que el dron que derriba, según estimaciones de centros de análisis occidentales, lo que convierte cada oleada en una factura multimillonaria para Kiev y sus aliados.
A esto se añade el desgaste humano: equipos de radar, operadores y unidades móviles encadenan noches sin descanso, mientras el mando militar debe decidir dónde concentrar las baterías modernas y dónde conformarse con sistemas más obsoletos. Este hecho revela una realidad incómoda: por eficaz que sea, la defensa aérea ucraniana no es infinita y cada ataque de saturación la acerca un poco más a su punto de ruptura.
La estrategia del desgaste: drones baratos, daños millonarios
La lógica de Moscú es clara. Desde finales de 2024, Rusia ha pasado de lanzar unos 200 drones por semana a superar en algunos momentos el umbral de los 1.000 UAV semanales, de acuerdo con análisis de think tanks especializados en seguridad. El objetivo no es tanto que cada aparato impacte en un blanco estratégico, sino saturar las defensas, agotar munición cara y mantener a la población bajo una presión psicológica constante.
Un dron de tipo Shahed cuesta, según distintas fuentes, una fracción del precio de un misil de crucero y puede adaptarse con rapidez para cambiar rutas, altitudes o cargas explosivas. El resultado es una ecuación asimétrica: cada aparato derribado es una victoria táctica para Kiev, pero también un coste recurrente en interceptores, combustible, piezas y horas de trabajo. En cambio, para Moscú, perder decenas de drones en cada oleada es un precio asumible dentro de una economía de guerra que ha volcado recursos en la producción masiva de este tipo de armas.
Lo más grave es que el impacto buscado va más allá de lo militar. Los drones que consiguen llegar a sus objetivos suelen dirigirse contra almacenes, nudos logísticos, subestaciones eléctricas o zonas residenciales. Aunque los daños sean localizados, las reparaciones pueden tardar semanas y exigir materiales que Ucrania no siempre tiene disponibles. La consecuencia es clara: la guerra de drones convierte cada noche relativamente “tranquila” en un nuevo escalón del deterioro económico.
Infraestructuras críticas en el punto de mira
Las autoridades ucranianas llevan meses advirtiendo de que la prioridad rusa son las infraestructuras energéticas y de transporte. El patrón se repite: oleadas de drones y misiles que buscan subestaciones, centrales térmicas, líneas de alta tensión, depósitos de combustible o estaciones ferroviarias. En anteriores ataques masivos, Rusia ha llegado a lanzar más de 200 misiles y drones en un solo día, dejando sin luz a millones de personas y obligando a desconectar líneas que alimentan incluso instalaciones sensibles como la central de Zaporiyia.
En la última ofensiva, los impactos confirmados en 11 localizaciones distintas apuntan a una estrategia de dispersión: golpear muchos puntos a la vez, aunque sea con daños limitados, para complicar la respuesta y la reparación. Cada transformador destruido, cada subestación dañada, supone no solo un corte de suministro, sino también un cuello de botella para la industria, el transporte de mercancías o el funcionamiento de hospitales y servicios públicos.
«El ataque continúa, hay varios UAV enemigos en el espacio aéreo. Rogamos a todos que permanezcan en los refugios y sigan estrictamente las normas de seguridad», alertó la Fuerza Aérea en su canal oficial de Telegram. La frase resume el objetivo último de esta campaña: mantener a la población en vilo, obligarla a vivir pendiente de las alarmas antiaéreas y de la posibilidad de un nuevo apagón generalizado en pleno invierno.
El impacto sobre la población y la economía ucraniana
Detrás de cada estadística hay vidas interrumpidas. Los 18 drones que lograron impactar en su objetivo se traducen en viviendas dañadas, negocios destruidos, carreteras cortadas y, en muchos casos, heridos y fallecidos. En ataques anteriores contra infraestructuras energéticas, los bombardeos han dejado a millones de ucranianos sin electricidad ni calefacción durante días, con especial dureza en las zonas del este y el sur del país.
Desde el punto de vista económico, estos episodios suponen un drenaje continuo. Empresas que tienen que parar turnos por falta de electricidad, cadenas de frío que se rompen, sistemas de pago que fallan, pequeñas industrias que no pueden invertir en generadores y acaban cerrando. El Banco Mundial y otros organismos han cifrado en cientos de miles de millones de dólares el coste acumulado de la destrucción de infraestructuras desde 2022, una factura que se incrementa con cada nueva andanada de drones.
El contraste con la resiliencia social resulta llamativo. A pesar de los apagones, muchos comercios continúan trabajando con generadores, las escuelas improvisan clases en refugios y el sistema financiero ha logrado mantener operativos los pagos electrónicos incluso en situaciones de emergencia. Pero esa resiliencia tiene límites: cuanto más se prolonga la guerra de desgaste, más difícil será evitar que la fatiga social y económica se convierta en un problema estructural para Kiev.
El mensaje de Kiev: más defensas y garantías a largo plazo
La respuesta del Gobierno ucraniano combina firmeza militar y presión diplomática. Cada vez que Rusia lanza una oleada masiva de drones o misiles, Kiev insiste en el mismo mensaje hacia sus socios: hacen falta más sistemas de defensa aérea, más munición y, sobre todo, compromisos a largo plazo. El cálculo es sencillo: si Moscú puede sostener una campaña de saturación durante meses, Ucrania necesita tener la certeza de que no se quedará sin interceptores ni piezas de repuesto en mitad del invierno.
En paralelo, la diplomacia ucraniana trata de convertir cada ataque en un argumento para reforzar las sanciones contra la industria militar rusa y contra los suministros de componentes que permiten producir más drones. Las investigaciones sobre el origen de chips, motores o sistemas de navegación hallados en los restos de los UAV derribados apuntan a una cadena de intermediarios que se extiende por varios continentes. El diagnóstico es inequívoco: sin un cerco financiero y tecnológico más estricto, la “fábrica de drones” de Moscú seguirá funcionando a pleno rendimiento.