Rusia lanza casi 400 drones y vuelve a cercar Kiev

Conflicto Rusia Ucrania

La nueva oleada de misiles y drones sobre Ucrania no solo golpea varias ciudades a la vez: consolida una escalada militar que amenaza con elevar aún más el coste humano, fiscal y energético de la guerra.

Casi 400 drones, 30 misiles y al menos 10 impactos confirmados. Ese es el balance preliminar de la última gran ofensiva aérea rusa sobre Ucrania, una noche en la que se registraron explosiones en Kiev y en otras ciudades del centro y el este del país. El ataque, prolongado incluso durante la mañana del martes 24 de marzo, deja al menos cuatro muertos y 27 heridos según las autoridades ucranianas, y vuelve a colocar a la capital bajo la lógica del desgaste permanente. Lo más grave, sin embargo, no es solo la magnitud del bombardeo, sino lo que revela: la guerra entra en una nueva fase de presión simultánea sobre el frente, la retaguardia urbana y la resistencia económica del Estado ucraniano.

Una noche de fuego coordinado

La secuencia fue inequívoca. Rusia lanzó durante la noche casi 400 drones de largo alcance, además de 23 misiles de crucero y siete misiles balísticos, en lo que la Fuerza Aérea ucraniana describió como el mayor ataque de las últimas semanas. Los proyectiles alcanzaron al menos 10 localizaciones del país y la ofensiva no terminó al amanecer: decenas de drones siguieron apuntando a Kiev durante el día. Este hecho revela una táctica ya consolidada: saturar defensas, prolongar la alarma y forzar a las ciudades a vivir en un estado de interrupción constante.

En paralelo, las autoridades regionales comenzaron a detallar el coste inmediato. En Poltava murieron dos personas y los heridos ascendieron después a 11; en Zaporizhzhia, la administración militar regional informó de un fallecido y cinco heridos, además de daños en bloques de viviendas, comercios e instalaciones industriales. Aunque el balance seguía siendo provisional, el patrón era ya reconocible: golpes simultáneos sobre núcleos urbanos y sobre infraestructuras con valor civil y económico.

Kiev ya no es la excepción

Las explosiones en Kiev han dejado de ser un episodio extraordinario para convertirse en una variable estructural de la guerra. La capital, lejos del frente terrestre, vuelve a ser tratada como objetivo operativo para enviar un mensaje político y psicológico: ningún centro de poder, ningún nodo logístico y ninguna ciudad grande queda fuera del alcance ruso. La consecuencia es clara: se encarece la actividad económica, se tensiona el transporte, se multiplica el coste de la protección civil y se deteriora la normalidad mínima sobre la que descansa cualquier economía en guerra.

El diagnóstico de Naciones Unidas refuerza esa lectura. 2025 fue el año más letal para los civiles ucranianos desde 2022, con 2.514 muertos y 12.142 heridos, un 31% más que en 2024. Además, los ataques con armas de largo alcance explicaron el 35% de las víctimas civiles del año pasado, mientras que las bajas ligadas a drones de corto alcance crecieron un 120%. No se trata, por tanto, de una anomalía coyuntural, sino de una intensificación sostenida de la guerra aérea sobre zonas pobladas.

La ofensiva de primavera asoma

La dimensión militar del bombardeo resulta aún más relevante si se observa junto al frente terrestre. El comandante en jefe ucraniano, Oleksandr Syrskyi, advirtió de 619 ataques rusos en solo cuatro días y de intentos simultáneos de ruptura en varios sectores estratégicos. El Instituto para el Estudio de la Guerra, citado por AP, sostiene que estos movimientos respaldan la idea de que la ofensiva de primavera-verano rusa ya está en marcha. “Los ocupantes intentan introducir nuevas unidades y continuar los ataques”, resumió Syrskyi.

El contraste con otros momentos del conflicto resulta demoledor. Rusia sigue sin lograr grandes conquistas urbanas, pero mantiene una guerra de erosión acumulativa sobre una línea de frente de 1.250 kilómetros y controla alrededor del 20% del territorio ucraniano, incluida Crimea. En ese contexto, la combinación de presión en el frente y bombardeos masivos sobre ciudades busca algo más que daño físico: persigue desorganizar la retaguardia, forzar gasto defensivo y desgastar la percepción de que Ucrania puede estabilizarse mientras negocia ayuda exterior.

El coste invisible de cada ataque

Cada oleada nocturna deja una contabilidad inmediata de muertos, heridos y edificios dañados. Pero la factura relevante va mucho más allá. El último gran informe conjunto del Banco Mundial, la Comisión Europea, la ONU y el Gobierno ucraniano estima que las necesidades de recuperación y reconstrucción ascienden ya a 588.000 millones de dólares en la próxima década, casi tres veces el PIB previsto de Ucrania para 2025. El daño directo acumulado alcanza 195.000 millones, mientras que las pérdidas socioeconómicas llegan a 667.000 millones.

Las áreas más afectadas no son menores: vivienda, transporte, energía, comercio, industria y agricultura concentran gran parte del golpe. Solo la vivienda acumula necesidades cercanas a 84.000 millones de dólares; transporte, 78.000 millones; y energía y extractivas, 68.000 millones. Lo más inquietante es que, para 2026, Ucrania necesita 15.250 millones en actuaciones prioritarias de recuperación, pero solo tiene asegurado alrededor del 34%. Dicho de otro modo: mientras Moscú destruye, Kiev todavía no tiene plenamente financiada la reparación más urgente.

Un Estado que resiste, pero más endeudado

La resistencia macroeconómica ucraniana sigue siendo notable, aunque cada vez más dependiente de apoyo exterior. El FMI aprobó el 26 de febrero de 2026 un nuevo programa de 8.100 millones de dólares dentro de un paquete internacional de 136.500 millones, con un primer desembolso inmediato de 1.500 millones. El organismo reconoce estabilidad financiera relativa, pero también admite que los riesgos siguen siendo extraordinarios. “Los riesgos del programa son excepcionalmente altos”, advirtió Kristalina Georgieva.

Las cifras lo explican por sí solas. El FMI proyecta para 2026 un crecimiento real del PIB de apenas 1,8%-2,5%, una mejora insuficiente para compensar una economía que en 2025 seguía aproximadamente un 20% por debajo del nivel previo a la guerra. Además, la deuda pública cerraría 2026 en torno al 122,6% del PIB, mientras el déficit exterior seguiría ampliándose. La consecuencia es clara: Ucrania no solo necesita armas y defensas antiaéreas; necesita liquidez continua, disciplina fiscal y capital privado para no convertir la supervivencia militar en fragilidad financiera crónica.

La guerra también se decide en Europa

Hay un segundo nivel de lectura que Bruselas no puede ignorar. La multiplicación de ataques sobre ciudades, redes eléctricas y nodos industriales eleva la presión sobre los socios europeos en un momento de fatiga política y presupuestaria. El propio FMI señala que en 2026 Ucrania afronta un agujero de financiación de 52.000 millones de dólares, que deberá cubrirse con desembolsos europeos, apoyo bilateral, financiación del G7 y el nuevo programa del Fondo. Sin ese flujo, el riesgo no es solo humanitario: es también institucional, financiero y geopolítico.

A eso se suma un elemento de máxima sensibilidad: el deterioro energético. El Banco Mundial subraya que la energía figura entre los sectores más castigados por la destrucción, y el Gobierno ucraniano insiste en que la guerra obliga a desviar recursos internos hacia seguridad y defensa en detrimento de la recuperación civil. El mensaje que deja la última noche de ataques es directo: Rusia no bombardea únicamente edificios; bombardea la capacidad futura de Ucrania para reconstruirse como economía viable y como candidato serio a la integración europea.