Rusia lleva al G20 la crisis energética tras el golpe de Ormuz
El Kremlin advierte de que el cierre y la reapertura parcial del estrecho han convertido la energía en el principal riesgo económico global.
Cerca del 20% del petróleo mundial pasa por el estrecho de Ormuz. Ese dato, por sí solo, explica por qué Moscú quiere que el G20 deje de tratar la crisis energética como un efecto colateral de la guerra en Oriente Medio y la coloque en el centro de la agenda. El asesor del Kremlin Denis Agafonov, representante ruso ante el G20, ha advertido de que la tensión en la zona se ha convertido en un factor de desestabilización imposible de ignorar. La consecuencia es clara: energía, sanciones y seguridad marítima vuelven a formar parte de la misma ecuación.
Ormuz vuelve a mandar
El estrecho de Ormuz no es un paso marítimo más. Es el cuello de botella por el que circuló en 2024 una media de 20 millones de barriles diarios, una cifra equivalente a aproximadamente una quinta parte del consumo mundial de líquidos petrolíferos, según la Administración de Información Energética de Estados Unidos.
Lo más grave es que su cierre reciente y la posterior reapertura parcial han demostrado hasta qué punto el mercado energético global sigue dependiendo de una ruta estrecha, militarizada y vulnerable. Aunque los precios han cedido tras la mejora del tránsito, el daño político ya está hecho: ningún gran consumidor puede volver a considerar Ormuz como una infraestructura garantizada.
El mensaje del Kremlin
Agafonov ha enmarcado la crisis como un asunto que debe debatirse en el G20, no solo en foros regionales o energéticos. El movimiento no es inocente. Rusia busca situar las sanciones, el comercio de crudo y la seguridad de suministro dentro de un debate más amplio sobre estabilidad económica global.
El diagnóstico del Kremlin es inequívoco: si se bloquea una vía por la que transita el 20% del petróleo y más del 20% del comercio global de gas natural licuado pasó por allí en la primera mitad de 2025, el problema deja de ser local. Pasa a afectar a inflación, transporte, fertilizantes, electricidad y deuda pública.
Energía y sanciones
Rusia también ha vinculado la crisis iraní con el impacto de las sanciones sobre la economía mundial. Este punto es clave. Moscú intenta desplazar el foco desde la invasión de Ucrania y las restricciones occidentales hacia un relato de “fragmentación económica” provocada por decisiones políticas.
Sin embargo, el debate tiene una doble lectura. Las sanciones han reducido márgenes de maniobra a productores sancionados, pero también han acelerado rutas alternativas, compras con descuento y acuerdos opacos. El resultado es un mercado menos transparente. Más caro de vigilar, más difícil de asegurar y más expuesto a sobresaltos geopolíticos.
El precio de la incertidumbre
Los mercados han mostrado alivio en los últimos días. El Brent llegó a situarse cerca de los 72 dólares por barril, por debajo de los niveles de máxima tensión, después de que aumentara el movimiento de petroleros por Ormuz. Pero este descenso no elimina el riesgo. Lo desplaza.
La propia Agencia Internacional de la Energía ha advertido de que el impacto final depende de la duración de las interrupciones marítimas y del daño sobre los activos energéticos. Es decir: la crisis no se mide solo por el precio de hoy, sino por la prima de riesgo que queda incorporada a contratos, seguros y decisiones de inversión.
Europa, otra vez expuesta
El contraste con Europa resulta demoledor. Tras reducir su dependencia del gas ruso desde 2022, la UE ha sustituido parte de esa vulnerabilidad por una mayor exposición al gas natural licuado y a rutas marítimas frágiles. La independencia energética no ha llegado; solo ha cambiado de forma.
Si Ormuz se tensiona, Europa no solo mira al crudo. También mira al GNL catarí, a los precios eléctricos y a la competitividad industrial. Una subida sostenida de la energía de apenas 10% o 15% puede erosionar márgenes empresariales, retrasar inversiones y devolver presión inflacionista a los bancos centrales.
El riesgo para el G20
La petición rusa coloca al G20 ante una contradicción incómoda. El foro nació para coordinar respuestas económicas globales, pero la energía se ha convertido en un campo de batalla político. Estados Unidos, China, la Unión Europea, India y Rusia tienen intereses cruzados y, a menudo, incompatibles.
Lo que viene no es solo una discusión sobre barriles. Es una negociación sobre sanciones, rutas marítimas, reservas estratégicas y poder de negociación. El dato central sigue siendo el mismo: cuando una sola garganta marítima condiciona una quinta parte del petróleo mundial, la estabilidad económica depende de algo demasiado estrecho.