Rusia pudo señalar más de 50 objetivos energéticos israelíes

Kremlin Foto de Felipe Simo en Unsplash

Una información atribuida a fuentes próximas a la inteligencia ucraniana apunta a que Moscú habría facilitado a Teherán un listado de instalaciones energéticas críticas en Israel. La acusación eleva un peldaño la guerra híbrida: ya no se trataría solo de drones, misiles o sanciones, sino de identificar con precisión los puntos cuya caída podría paralizar una economía entera.

La acusación es, por sí sola, explosiva. Según la información adelantada por The Jerusalem Post y amplificada por medios ucranianos, Rusia habría proporcionado a Irán un mapa de hasta 55 objetivos energéticos en Israel, clasificados en tres bloques: instalaciones de generación, grandes nodos urbanos e industriales y redes locales. El mensaje implícito es todavía más grave que la propia lista: golpear la energía sería golpear la columna vertebral del país.

No es una hipótesis abstracta. Volodímir Zelenski aseguró que Moscú había entregado a Teherán inteligencia satelital sobre más de 50 emplazamientos energéticos israelíes, y días antes ya había acusado al Kremlin de “prolongar” la guerra de Irán con apoyo informativo y operativo.

Un mapa para golpear el sistema

Lo relevante no es solo el número de objetivos, sino la lógica con la que habrían sido seleccionados. Un listado de este tipo no busca necesariamente destruir decenas de infraestructuras a la vez. Basta con identificar los puntos de máxima interdependencia para provocar un efecto en cadena. En los sistemas eléctricos modernos, dañar un conjunto reducido de subestaciones, centrales o nodos de transmisión puede generar apagones, interrupciones industriales, fallos logísticos y tensión social en cuestión de horas.

Ese es el verdadero salto cualitativo. Si la acusación de Kiev es correcta, Rusia no estaría limitándose a respaldar diplomáticamente a Teherán, sino a transferirle experiencia de guerra contra infraestructuras civiles acumulada durante más de cuatro años de ataques sobre Ucrania. Zelenski lo resumió con crudeza al comparar esta dinámica con los bombardeos rusos sobre la red energética ucraniana y los sistemas de agua. “Todo el conocimiento que Rusia obtuvo durante la guerra contra Ucrania está siendo transferido a Irán”.

La debilidad de una isla eléctrica

La pieza central de esta historia es Israel. Y aquí el diagnóstico resulta incómodo: Israel es una isla eléctrica. Su red no está conectada a los sistemas de los países vecinos y, por tanto, no puede compensar una caída grave con importaciones inmediatas de electricidad. El país debe ser autosuficiente para cubrir su demanda, una demanda que además creció a un ritmo medio del 3% anual entre 2010 y 2020.

Lo más grave es que esa autosuficiencia no equivale a invulnerabilidad. Israel depende cada vez más del gas natural, hasta el punto de que en 2024 este combustible debía representar más del 75% del mix. A ello se suma otro factor crítico: la producción y el transporte descansan en pocos puntos esenciales, sin una gran capacidad doméstica de almacenamiento de gas. El sistema funciona, pero su resiliencia tiene límites muy concretos.

Dependencia concentrada, riesgo multiplicado

La aparente fortaleza tecnológica de Israel esconde una concentración de riesgo que cualquier adversario inteligente puede explotar. La cuota de renovables ronda el 12% de la generación eléctrica, mientras la antigua compañía estatal mantiene en torno al 45% de la producción tras la reforma del sector. Es decir, hay más actores y más descentralización que antes, pero el corazón del sistema sigue dependiendo de un puñado de activos estratégicos, de la red de transmisión y del suministro continuo de gas.

Ese contraste con otros modelos resulta demoledor. Europa, pese a todas sus fragilidades, dispone de interconexiones. Israel, no. Incluso los expertos israelíes admiten que si un yacimiento offshore, un gasoducto o una central clave sufriesen daños significativos, no existiría una “red vecina” a la que recurrir. En ese contexto, una lista de objetivos como la descrita no sería un simple documento de inteligencia: sería un manual de presión estratégica capaz de afectar al suministro doméstico, a la industria, a la desalación de agua y a los centros de datos.

Moscú y Teherán, una alianza ya sin disimulos

La denuncia ucraniana no surge en el vacío. Desde el inicio de la guerra a gran escala en Ucrania, Irán ha suministrado drones Shahed y asistencia tecnológica a Rusia; ahora, según Kiev, el flujo se habría invertido también en forma de inteligencia útil para atacar a terceros. Zelenski ya denunció a finales de marzo disponer de “pruebas irrefutables” de la cooperación rusa con Teherán, y después elevó la acusación al terreno concreto de las infraestructuras energéticas israelíes.

Además, el trasfondo político es aún más revelador. Moscú llegó a ofrecer a Washington frenar su apoyo de inteligencia a Irán si Estados Unidos detenía el intercambio de inteligencia con Ucrania. La propuesta fue rechazada. El dato revela dos cosas. La primera, que el Kremlin considera esa palanca negociable. La segunda, que su relación con Teherán ya forma parte de una misma arquitectura de presión sobre Occidente.

El espejo ucraniano

Kiev observa esta secuencia con una mezcla de alarma y familiaridad. Rusia lleva años utilizando los ataques sobre la red eléctrica ucraniana como instrumento de desgaste económico, psicológico y militar. La fórmula es conocida: no se trata solo de destruir transformadores o líneas, sino de dislocar la vida civil, reducir la producción industrial y encarecer la defensa antiaérea del adversario.

Por eso Zelenski insiste en que la guerra de Irán beneficia directamente a Rusia. Un conflicto largo en Oriente Próximo desvía la atención de Washington, complica el suministro de interceptores a Ucrania y, además, mejora la posición económica rusa por la subida de la energía. “Estoy seguro de que Rusia quiere una guerra larga”, afirmó. La consecuencia es clara: si Moscú puede convertir la energía en arma simultáneamente en Ucrania, Oriente Próximo y los mercados globales, multiplica su capacidad de presión con un coste relativamente bajo.

El incentivo económico del Kremlin

Hay una razón material detrás de todo esto. El solapamiento entre la guerra de Irán y la guerra de Ucrania ha devuelto a Rusia una baza que parecía menguante: el petróleo caro. El repunte energético y la relajación parcial de algunas restricciones vinculadas al crudo ruso podían reportar a Moscú hasta 150 millones de dólares diarios adicionales. Zelenski lo ha dicho sin rodeos: cada alivio en la presión energética refuerza la caja del Kremlin y, con ella, su capacidad para sostener la guerra.

Este hecho revela un patrón. Atacar o amenazar infraestructuras energéticas no solo produce daño directo sobre el terreno; también altera precios, seguros, rutas marítimas y decisiones políticas. En otras palabras, la energía ya no es un efecto colateral de la guerra: es el tablero principal. Irán lo dejó claro al amenazar con atacar plantas eléctricas israelíes y otras instalaciones regionales si continuaban los golpes sobre su propio sector energético.