Saar exige ver a Mojtaba y acelera la guerra de legitimidad

EPA/MARTIN DIVISEK

El ministro israelí de Exteriores ya no habla solo de misiles, mandos o centrifugadoras. Al pedir que el nuevo líder iraní “dé la cara”, Israel intenta convertir la ausencia pública de Mojtaba Jameneí en una prueba de debilidad, opacidad y pérdida de control interno.

La ofensiva israelí contra Irán ha entrado en una fase nueva y mucho más delicada: la de la deslegitimación personal del líder. Gideon Saar instó este martes a Mojtaba Jameneí a “mostrar su cara” y sugirió que seguir oculto empieza a resultar embarazoso. La frase, en apariencia provocadora, revela un cambio de profundidad en la estrategia israelí. Jerusalén ya no busca solo degradar la capacidad militar iraní; busca erosionar la autoridad visible del sucesor de Alí Jameneí, aprovechar su ausencia pública y presentar al régimen como una estructura herida, opaca y cada vez más dependiente de la represión. El problema para Israel es que esa apuesta tiene un límite evidente: golpear la imagen del líder no equivale a derribar el sistema, y varias evaluaciones occidentales apuntan precisamente a lo contrario, a una República Islámica más cerrada, más militarizada y más concentrada en torno a la Guardia Revolucionaria.

De la decapitación militar a la humillación política

La declaración de Saar debe leerse junto al resto de la campaña israelí de las últimas horas. Israel asegura haber matado a Ali Larijani, secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, y a Gholamreza Soleimani, jefe de la milicia Basij, dos figuras centrales del aparato de seguridad y de represión interna iraní. Es decir, no se trata solo de bombardear instalaciones: se trata de vaciar la cúpula y exponer al nuevo líder como incapaz de proteger a su propio círculo. AP y Financial Times subrayan que, si se confirma la muerte de Larijani, sería el golpe más importante al liderazgo iraní desde la muerte de Alí Jameneí el 28 de febrero.

Lo más grave para Teherán es que esa presión coincide con un vacío visual persistente. Mojtaba no ha logrado todavía encarnar normalidad. Y en un sistema construido sobre la liturgia del mando, la ausencia prolongada se convierte en munición enemiga. Israel lo ha entendido y por eso eleva el tono: cuando Saar ridiculiza que el nuevo líder siga escondido, no está improvisando una frase dura; está intentando fijar una idea política en la opinión regional e internacional. Un régimen que no puede mostrar a su líder es un régimen que no controla del todo su relato. Esa es la batalla real de fondo.

Mojtaba sigue siendo una presencia sin rostro

Aquí aparece el punto más sensible. Mojtaba Jameneí fue confirmado como nuevo líder supremo el 9 de marzo, pero desde entonces su visibilidad ha sido mínima. AP recordó hace unos días que su primer mensaje fue difundido sin aparición directa, leído por un presentador de la televisión estatal, mientras varias informaciones apuntaban a que estaba herido y bajo protección extrema. The Guardian añadió que el embajador iraní en Chipre llegó a confirmar lesiones en las piernas, la mano y el brazo, compatibles con la idea de una convalecencia seria tras el ataque que mató a su padre.

Ese detalle cambia la naturaleza del comentario de Saar. No desafía a un líder plenamente visible; desafía a una figura de autoridad cuya presencia física aún no ha sido restaurada de forma convincente. Y eso tiene consecuencias. Cuanto más tarde Teherán en ofrecer una imagen sólida de mando, más fácil resulta para Israel y Estados Unidos presentar la sucesión como una estructura provisional, tutelada o directamente cautiva de los aparatos de seguridad. El contraste con los códigos tradicionales del poder iraní resulta demoledor: la continuidad doctrinal puede declararse en comunicados, pero la autoridad política profunda necesita cuerpo, voz y escena. Hoy, Mojtaba sigue siendo sobre todo un nombre, no una imagen de control.

Israel insinúa régimen change, pero admite su límite

Saar ha dicho además algo igual de importante que su burla sobre el rostro del líder: solo el pueblo iraní puede derribar el régimen, aunque necesitaría ayuda exterior. Esa formulación, recogida por The Times of Israel, revela una contradicción central de la estrategia israelí. Jerusalén quiere debilitar el “mecanismo de represión”, eliminar cuadros clave y alimentar la idea de un colapso político; pero al mismo tiempo asume que no puede producir por sí sola el desenlace interno que sugiere.

Ahí es donde el discurso se vuelve más arriesgado. Porque la apelación a una revuelta iraní puede funcionar como narrativa de guerra, pero no como plan operativo. Distintas evaluaciones, incluidas las recogidas por The Washington Post, sostienen que el régimen sigue intacto y que la Guardia Revolucionaria (IRGC) está consolidando más poder, no menos. Incluso medios israelíes y británicos han advertido de que la campaña aérea no ha producido hasta ahora una insurrección significativa. La consecuencia es clara: Israel puede debilitar, aislar y humillar; lo que no tiene garantizado es transformar ese desgaste en derrumbe político. Y cuanto más insista en sugerir una liberación inminente, más visible se hará la distancia entre su ambición retórica y la realidad iraní.

La muerte de Larijani endurece el mensaje

La supuesta eliminación de Larijani y de Gholamreza Soleimani explica por qué Saar se siente hoy con margen para elevar el tono. Israel quiere vender la idea de que cada ausencia en la cúpula reduce la capacidad de represión interna y de coordinación externa. Larijani no era un mando cualquiera: era uno de los principales articuladores entre seguridad, diplomacia y supervivencia del régimen. Soleimani, por su parte, dirigía la Basij, la fuerza paramilitar asociada a la represión doméstica. Golpear a ambos permite a Israel decir que no solo destruye lanzadores o depósitos, sino también el andamiaje político que sostiene al sistema.

Sin embargo, aquí aparece otra contradicción incómoda. Irán no ha confirmado oficialmente esas muertes, y en varios casos la guerra informativa va por delante de la verificación. Además, incluso si ambas bajas son reales, la experiencia de regímenes altamente securitarios sugiere que las vacantes de mando no siempre producen colapso; a menudo producen cierre de filas. Ese es el riesgo para Israel. Cuanto más convierta cada asesinato selectivo en anuncio de desmoronamiento inminente, mayor será el coste reputacional si el sistema persiste. Y por ahora persiste. La guerra entra en su tercera semana, el frente regional se ha ampliado y el aparato iraní sigue teniendo capacidad para dañar el Golfo, alterar Ormuz y sostener la coerción interna.

La economía y Ormuz pesan más que la retórica

Mientras Saar aprieta sobre la legitimidad de Mojtaba, el tablero real sigue dominado por otro hecho: Irán mantiene capacidad de presión estratégica. Más de 20 buques han sido atacados o dañados en el entorno del conflicto, el estrecho de Ormuz continúa bajo tensión severa y Washington sigue sin reunir con facilidad una coalición amplia para reabrirlo. Esta es la gran razón por la que la frase de Saar, pese a su fuerza mediática, no cambia por sí sola la correlación de poder. El régimen iraní puede parecer más frágil en la televisión que en el mar.

El mercado ya ha tomado nota. La guerra ha superado los 2.000 fallecidos según recuentos citados por The Guardian, y el shock energético se ha convertido en un problema global. Este hecho revela algo fundamental: Israel intenta personalizar la debilidad del enemigo en el rostro ausente de Mojtaba, pero la verdadera prueba de resistencia del régimen sigue estando en su capacidad de infligir costes externos. Si puede seguir tensando Ormuz, elevando el petróleo y obligando a potencias regionales y occidentales a recalcular, entonces la imagen de liderazgo herido no basta para declarar victoria política. El diagnóstico es inequívoco: la legitimidad importa, pero el poder duro sigue mandando.