Rubén Gisbert y el shock de 2026: Maduro, Ucrania y la pugna por Groenlandia
Trump acelera la ruptura del viejo orden mientras Washington usa la autodeterminación como arma jurídica y Europa se resigna a un papel secundario
El arranque de 2026 confirma que el tablero global ya no obedece a las reglas de las últimas tres décadas.
El abogado y jurista Rubén Gisbert describe un escenario donde Estados Unidos, bajo Donald Trump, ha pasado de “jugar” la geopolítica a intentar administrar territorios, recursos y rutas estratégicas.
La salida de Nicolás Maduro de Venezuela, las tensiones enquistadas en Ucrania y la batalla silenciosa por Groenlandia y el Ártico dejan de ser piezas sueltas y se leen como movimientos de una misma partida. En paralelo, Rusia consolida sus líneas rojas, China capitaliza la confusión y Europa aparece como actor agotado, más atento a compensaciones económicas que a su soberanía estratégica.
Un tablero multipolar que acelera en 2026
La premisa de Gisbert es clara: el mundo de bloques ya no es una hipótesis académica, sino un hecho consumado que se acelera en 2026. Estados Unidos, Rusia y China han dejado de esconder la lógica de grandes potencias y actúan sin complejos sobre territorios clave. América Latina, Europa del Este y el Ártico se convierten en los principales campos de ensayo de este nuevo orden.
Mientras los BRICS representan ya en torno al 35% del PIB mundial en paridad de poder adquisitivo, frente a un G7 que cae por debajo del 30%, el relato de “hegemonía incuestionable” de Washington se desvanece. El resultado no es un mundo más equilibrado, sino más inestable, con varios centros de poder capaces de bloquearse mutuamente, pero no de ordenar el sistema.
Gisbert insiste en que el error es pensar la multipolaridad como una foto fija. «Es un proceso en marcha: hoy el núcleo duro está en Washington, Moscú y Pekín; mañana puede incluir a Delhi, Brasilia o incluso actores regionales que controlen recursos críticos». La consecuencia es evidente: cada movimiento —un embargo, una intervención, un acuerdo energético— se convierte en una señal para el resto de jugadores, que reajustan sus alianzas a gran velocidad.
En este contexto, el jurista subraya que 2026 marca el paso del soft power al hard power económico y territorial, con menos diplomacia retórica y más decisiones concretas sobre quién controla puertos, corredores marítimos y reservas estratégicas.
«No estamos viendo un simple cambio de ciclo, sino un intento de reescribir quién decide, dónde y con qué legitimidad», resume Gisbert.
Venezuela: una salida pactada y el laboratorio del hemisferio
Para Gisbert, la salida de Nicolás Maduro no puede entenderse como una caída súbita, sino como el desenlace de una negociación previa, opaca y cuidadosamente coreografiada. «Un presidente que controla durante años los resortes de un régimen autoritario no abandona el poder sin garantías; alguien ha pactado el precio de esa marcha», sostiene.
El apresamiento de un buque ruso en aguas venezolanas, la presión militar y económica de Washington y la posterior extracción de Maduro no son, a su juicio, episodios aislados, sino parte de un guion de transición bajo tutela estadounidense. Detrás está el activo central: unas reservas de crudo pesado que superan los 300.000 millones de barriles, las mayores del planeta, y que resultan clave para refinerías complejas en Estados Unidos y Asia.
Venezuela se convierte así en un laboratorio del nuevo intervencionismo: menos construcción institucional y más control directo de recursos y flujos energéticos. La “autodeterminación” se invoca para justificar una salida que, en la práctica, redibuja la titularidad efectiva de la renta petrolera. Rusia, mientras tanto, pierde un socio estratégico en el Caribe y deberá decidir hasta dónde está dispuesta a desafiar el movimiento de Washington.
La incógnita es si el país caminará hacia una transición ordenada con beneficios tangibles para la población —estabilidad eléctrica, inflación bajo control, mejora del salario real— o si la percepción de haber cambiado de árbitro, pero no de modelo, alimentará nuevas fracturas internas.
Ucrania: territorialidad negociada y límites de la OTAN
En el frente ucraniano, Gisbert apunta a un giro incómodo para los discursos oficiales. La apertura de Volodímir Zelensky a negociar territorios —a cambio de garantías de seguridad y financiación masiva para la reconstrucción— refleja el reconocimiento implícito de que el conflicto ha entrado en una fase de empate estratégico.
Washington y Moscú parecen operar ya en clave de grandes potencias que pactan sobre mapas y líneas de influencia, mientras la Unión Europea se conforma con aprobar nuevos paquetes de ayuda por cifras que rondan los 90.000 millones de euros para fondos de inversión y financieras encargadas de la futura reconstrucción. Para Kiev, la disyuntiva es brutal: preservar la integridad territorial en términos simbólicos o asegurar la supervivencia del Estado en términos materiales.
Gisbert subraya que la OTAN ha chocado con un techo real impuesto por Rusia. «No va a haber tropas aliadas entrando en Crimea ni columnas blindadas marchando sobre Donetsk sin asumir un riesgo de escalada nuclear. Y eso todos lo saben», concluye. La consecuencia es una militarización de la frontera Este, pero también una aceptación tácita de que determinados territorios se han convertido en moneda de cambio en la negociación.
En este escenario, el derecho internacional se estira hasta el límite: se habla de referendos, fórmulas de administración compartida y estatutos especiales, mientras sobre el terreno la población civil paga un coste demográfico y económico que ya supera, según estimaciones, el 30% del PIB ucraniano previo a la guerra.
El hemisferio occidental: Cuba, Colombia y la geometría variable de Trump
El análisis de Gisbert sobre América Latina y el Caribe dibuja un hemisferio occidental sometido a reordenamiento acelerado. Venezuela es la pieza más visible, pero no la única. Cuba vuelve a situarse en el radar de Washington, no sólo como enclave político, sino como eslabón crucial en la arquitectura de seguridad del Caribe y las rutas energéticas que conectan el Golfo de México con el Atlántico Norte.
Colombia, por su parte, aparece como plataforma dual: socio militar y, a la vez, territorio clave para proyectos logísticos y energéticos que compitan con la influencia china en la región. El despliegue de inversiones, acuerdos de defensa y programas de cooperación se presenta como una reedición, adaptada al siglo XXI, de la vieja Doctrina Monroe.
Gisbert llama la atención sobre un elemento menos visible: la capacidad de Estados Unidos para usar la etiqueta de “Estado fallido” o “régimen ilegítimo” como palanca jurídica que allane futuras intervenciones o tutelas financieras. En su visión, cada crisis en el hemisferio —desde Haití hasta Ecuador— se convierte en una oportunidad para reforzar cadenas de dependencia.
«Trump lee América Latina como un espacio de seguridad nacional, no como un conjunto de socios soberanos. El mensaje es claro: o estás alineado con Washington o tu estabilidad se vuelve negociable», resume el jurista.
Groenlandia y el Ártico: la nueva frontera del poder
Uno de los puntos más llamativos del diagnóstico de Gisbert es el papel de Groenlandia y del Ártico como nueva frontera geopolítica. Lo que hace una década parecía un debate excéntrico —la compra de la isla, los chistes sobre “territorios congelados”— se ha convertido en un eje central de la estrategia de Estados Unidos.
Con una superficie de más de 2,1 millones de kilómetros cuadrados, Groenlandia concentra no sólo recursos minerales críticos —tierras raras, uranio, potencial de hidrocarburos—, sino el control de rutas marítimas que podrían acortar hasta en un 40% el tránsito entre Asia y Europa a medida que el deshielo abra nuevos corredores. En palabras de Gisbert, «quien controle Groenlandia tendrá un pie en el corazón del siglo XXI».
Trump ha apuntado ya a la combinación de presencia militar reforzada, acuerdos económicos y argumentos de autodeterminación inuit como posibles vías de influencia. La hipótesis de que la isla cambie de estatus —sin llegar necesariamente a una anexión formal— deja de ser ciencia ficción y se convierte en posibilidad a medio plazo.
Para Rusia, con su inmenso litoral ártico y su flota de rompehielos, el avance estadounidense es un desafío directo. Y para Europa, otro recordatorio de que el Atlántico Norte se decide cada vez más entre Washington y Moscú, con Bruselas en la grada.
La autodeterminación como arma jurídica made in USA
Gisbert insiste en un punto que incomoda a muchos discursos tradicionales: el derecho de autodeterminación se está convirtiendo en una carta que Washington juega con creciente habilidad.
En unos casos, se utiliza para justificar intervenciones o cambios de régimen —apelando a la “liberación” de pueblos oprimidos—; en otros, se ignora cuando los referendos o las demandas locales no encajan con la estrategia estadounidense. El patrón se repite desde los Balcanes hasta Oriente Medio, y ahora podría proyectarse sobre escenarios como Groenlandia o ciertos territorios del Caribe.
«La autodeterminación deja de ser un principio universal y se transforma en una herramienta flexible: se aplica cuando refuerza la posición de una potencia, se bloquea cuando la cuestiona», resume el jurista. El resultado es un campo jurídico resbaladizo, donde conceptos como “pueblo”, “nación” o “soberanía” se reinterpretan según quién tenga la capacidad de imponer su lectura.
Esta instrumentalización erosiona la confianza en el sistema multilateral y abre la puerta a que otros actores —Rusia en el Donbass, China en el mar de China Meridional— usen argumentos similares para legitimar sus propios movimientos. La batalla ya no es sólo militar o económica, sino semántica y normativa.
Europa: compensaciones económicas y pérdida de soberanía estratégica
En este mapa agitado, Europa aparece como gran perdedora silenciosa. Para Gisbert, el viejo continente ha pasado de ser un polo de poder autónomo a actuar como subcontratista financiero y moral de decisiones tomadas en Washington.
La aprobación de paquetes de ayuda colosales —como los citados 90.000 millones de euros para fondos y gestoras que pilotarán la reconstrucción ucraniana— evidencia una UE más preocupada por garantizar retornos a su sector financiero que por fijar líneas rojas estratégicas propias. Mientras, la inversión en defensa apenas supera de media el 2% del PIB y se hace en buena medida comprando tecnología y sistemas estadounidenses.
El diagnóstico de Gisbert es contundente: «Europa no negocia poder, negocia compensaciones. Se ha resignado a cobrar peajes mientras otros deciden por ella». El contraste con su papel en la posguerra fría resulta demoledor. Entonces, la UE podía presentarse como modelo regulatorio y socio imprescindible en la gobernanza económica global; hoy lucha por no quedar reducida a un mercado rico, envejecido y geopolíticamente irrelevante.
El riesgo no es sólo externo. Internamente, las tensiones entre Estados miembros —del Este que exigen firmeza militar, del Sur que reclama flexibilidad fiscal— se agravan cuando la percepción es que el proyecto europeo ha perdido brújula estratégica.
Qué puede pasar ahora: escenarios de un año decisivo
De la conversación con Gisbert emerge una conclusión incómoda: 2026 no es un año más, sino un punto de inflexión. En Venezuela, la incógnita es si el “nuevo orden” traerá estabilidad o abrirá otro ciclo de dependencia tutelada. En Ucrania, si se consolida una paz de fronteras móviles que normalice el intercambio de territorios por garantías financieras.
En el Ártico y Groenlandia, la cuestión ya no es si habrá disputa, sino cuándo y bajo qué forma jurídica. Y en Europa, si el continente será capaz de reconstruir algún tipo de autonomía estratégica o asumirá su rol de actor secundario en una partida decidida por otros.
La geopolítica, advierte Gisbert, ha dejado de ser un asunto para especialistas y se ha convertido en una variable central de la economía real: define precios de la energía, flujos de inversión, cadenas de suministro y estabilidad institucional. «Quien siga leyendo las noticias como si fueran episodios inconexos se quedará fuera de juego. Lo que estamos viendo son capítulos de un mismo cambio de época», concluye.