Sánchez acusa a Netanyahu de redibujar Oriente Medio a golpe de guerra
Pedro Sánchez ha dado un paso más en su ofensiva política contra la deriva militar de Benjamin Netanyahu. En una entrevista en la que acusó al primer ministro israelí de buscar una “nueva realidad geopolítica” en Oriente Medio, el jefe del Ejecutivo español sostuvo que Gaza, Irán y Líbano no son episodios aislados, sino piezas de un mismo tablero. Lo relevante no es solo el contenido de la denuncia, sino el momento elegido: Europa lidia ya con el impacto económico de la guerra regional, mientras Washington mantiene una posición ambigua y los mercados descuentan que el choque puede prolongarse.
Una acusación que va más allá de Gaza
La frase de Sánchez no apunta únicamente a la devastación humanitaria en Gaza. Va más lejos. Sugiere que Netanyahu no estaría gestionando una crisis, sino aprovechando varias guerras para consolidar un nuevo equilibrio regional favorable a Israel. Esa lectura cambia por completo el marco del debate. Ya no se trata solo de la proporcionalidad de la respuesta militar o del coste civil de los bombardeos, sino de si existe un proyecto político de fondo basado en la fuerza y en la alteración de fronteras, alianzas y correlaciones de poder.
“Creo que hay una estrategia clara para crear una nueva realidad geopolítica en Oriente Medio”, vino a sostener el presidente español. La frase, en términos diplomáticos, es durísima. Implica atribuir intención, continuidad y cálculo. Lo más grave es que introduce una sospecha que circula desde hace meses en distintas cancillerías: que la expansión del conflicto no sería un accidente, sino una herramienta. En ese punto, la posición de Sánchez deja de ser la de un líder incómodo dentro de la UE para convertirse en la de uno de los pocos gobernantes europeos que verbalizan abiertamente esa hipótesis.
Gaza, Irán y Líbano como un mismo tablero
El núcleo del argumento español es precisamente ese: las guerras se conectan. Gaza fue el punto de partida visible, pero la extensión de la tensión a Irán y al frente libanés ha reforzado la idea de un conflicto encadenado. La presión militar sobre Teherán, la reactivación del frente con Hizbulá y la continuidad de las operaciones israelíes en Gaza configuran una sola secuencia, no tres crisis separadas. Y si esa secuencia responde a un diseño, entonces Europa no está ante una suma de emergencias, sino ante una reconfiguración del mapa regional.
Los datos del deterioro son elocuentes. La guerra ampliada en la zona ha dejado más de 3.000 muertos y ha provocado desplazamientos masivos en varios frentes, mientras Líbano registra ya más de 1.000 fallecidos y alrededor de un millón de desplazados, según balances recogidos por medios internacionales en los últimos días. Ese escenario refuerza la tesis de que el conflicto ha entrado en una fase de expansión cuyo desenlace es todavía incierto. El diagnóstico es inequívoco: cuanto más se prolonga, más difícil resulta sostener que se trata de respuestas tácticas y no de una lógica de transformación regional por la vía militar.
El coste económico ya ha llegado a Europa
Sánchez ha insistido en que la guerra con Irán es “un gran error” también por su impacto económico. No es una exageración retórica. Europa ya está pagando la factura de la inestabilidad en forma de energía más cara, volatilidad bursátil y presión sobre las cadenas de suministro. Este jueves, el Brent volvió a situarse en torno a los 100 dólares por barril, y Wall Street sufrió su mayor caída desde el inicio de la guerra, con el Nasdaq ya en terreno de corrección tras superar el 10% de retroceso desde máximos recientes.
España ha reaccionado con un escudo económico de 5.000 millones de euros, acompañado de 2.000 millones en avales, y un paquete de 80 medidas destinado a amortiguar el golpe sobre carburantes, electricidad, transporte y tejido productivo. El Congreso lo convalidó con 175 votos a favor, un dato que revela hasta qué punto el Ejecutivo ha conseguido trasladar la idea de que el conflicto ya no es lejano. La inestabilidad geopolítica se traduce en inflación importada, tensión presupuestaria y mayor fragilidad para hogares y empresas. La consecuencia es clara: lo que empezó como una crisis militar en Oriente Próximo amenaza con convertirse en un nuevo shock económico europeo.
El pulso con Washington
La otra derivada de la entrevista es el mensaje implícito a Estados Unidos. Sánchez no solo cuestiona la estrategia de Netanyahu; también admite que no está claro si Washington “se alinea con esa visión”. Esa duda, formulada en público, mide la profundidad del desencuentro transatlántico. El Wall Street Journal sitúa al presidente español como uno de los dirigentes europeos más críticos con la guerra impulsada por Donald Trump contra Irán, hasta el punto de haber rechazado el uso de bases españolas para operaciones militares estadounidenses.
Ese pulso tiene un valor político enorme. Durante décadas, el margen de los gobiernos europeos para desafiar a Washington en materia de seguridad fue estrecho. Hoy ya no tanto. El hecho revela una fractura nueva: aliados tradicionales que comparten marco occidental, pero no diagnóstico ni método. Mientras Trump presiona para ampliar apoyos y exige alineamiento, varios gobiernos europeos marcan distancias. Finlandia ha recordado esta misma semana que la guerra con Irán “no es un asunto de la OTAN”, una formulación que apunta al mismo fondo: la Alianza no puede convertirse automáticamente en paraguas de cada iniciativa militar estadounidense o israelí.
La excepción española en una Europa titubeante
En Bruselas, la prudencia sigue dominando. Muchos socios comparten la preocupación por la escalada, pero evitan personalizar en Netanyahu una acusación de rediseño regional. España, en cambio, ha optado por ocupar ese espacio político. Y lo hace, además, con una cierta lógica doméstica: Sánchez intenta proyectarse como líder de una posición europea autónoma, crítica con la guerra y vinculada al derecho internacional, sin dejar por ello de condenar el autoritarismo iraní.
Esa estrategia no está exenta de cálculo. El propio Gobierno defiende que la economía española llega mejor armada a esta crisis tras crecer un 2,8% en 2025, lo que le permite sostener un discurso exterior más firme y, al mismo tiempo, aprobar medidas de protección interna. Sin embargo, el contraste con otras capitales resulta demoledor. Mientras París, Berlín o Roma miden cada palabra para no tensionar aún más la relación con Washington, Madrid ha decidido convertir su disidencia en seña de identidad. Eso eleva el perfil internacional de Sánchez, pero también incrementa el riesgo de aislamiento si la UE termina replegándose hacia posiciones más conservadoras.
El eco de Irak vuelve al debate
No es casual que Sánchez haya reactivado en el Parlamento la memoria de 2003 y de las justificaciones con las que se vendió la invasión de Irak. En las últimas horas, el presidente ha cargado contra Alberto Núñez Feijóo por reproducir, a su juicio, la lógica de quienes entonces respaldaron una guerra presentada como inevitable. La comparación es políticamente eficaz porque conecta con una de las grandes cicatrices de la política exterior española reciente: el coste de acompañar a Washington en una intervención luego desacreditada.
La diferencia, no obstante, es relevante. En 2003 España siguió. En 2026 España discute, condiciona y se desmarca. Ese giro explica parte del tono actual. Moncloa quiere transmitir que la lección aprendida es no aceptar como inexorable una escalada militar cuyo precio acaban pagando terceros. El paralelismo no es perfecto, pero sí útil: advierte de que las guerras preventivas, las promesas de estabilización rápida y los alineamientos automáticos suelen dejar tras de sí más inseguridad, más deuda pública y más fractura política. El contraste con otras etapas resulta, de nuevo, revelador.