Saudi Aramco lanza una seria advertencia ante el bloqueo del estrecho de Ormuz
Once días sin salidas regulares de crudo por Ormuz han bastado para que la mayor petrolera del planeta eleve el tono como rara vez lo hace. Saudi Aramco, a través de su consejero delegado, Amin Nasser, advierte de consecuencias “catastróficas” si el tránsito no vuelve a la normalidad.
El aviso llega con el mercado en modo sobresalto: el Brent ha marcado picos cercanos a 119,50 dólares y después se ha desplomado tras mensajes políticos contradictorios desde Washington.
Y detrás del precio late el verdadero riesgo: en ese cuello de botella se juega el coste de los seguros, los fletes y —por extensión— una parte del IPC global. Lo que ocurra en los próximos días puede reescribir la factura energética de 2026.
Aramco no suele hablar en clave apocalíptica. Precisamente por eso, la advertencia de Amin Nasser ha corrido como un parte de guerra por mesas de trading y despachos de política económica. La compañía sostiene que el bloqueo “de facto” del estrecho —con amenazas directas sobre el tráfico marítimo— ya está tensionando la cadena de suministro energética global.
La frase clave, repetida en titulares internacionales, condensa el mensaje: “Si el tránsito por Ormuz no se normaliza, las consecuencias podrían ser catastróficas”.
Lo más grave es el contexto: no se trata solo de un repunte puntual del Brent, sino de la percepción de que el sistema puede quedarse sin válvulas rápidas si el cierre se alarga. Aramco afirma que está desviando parte de sus flujos, pero admite que no es una solución sostenible durante mucho tiempo.
Los datos que nadie quiere ver de Ormuz
Ormuz no es una metáfora: es un pasillo físico. En su punto más estrecho mide 29 millas náuticas (54 km) y el tráfico se organiza en dos canales navegables de apenas 2 millas por sentido, más una franja de separación.
Por ahí circula el equivalente a 20 millones de barriles diarios, alrededor del 20% del consumo mundial de líquidos petrolíferos. Esa cifra no se reemplaza con comunicados ni con deseos: es infraestructura, geografía y riesgo.
La interrupción tampoco afecta solo al crudo. El estrecho es crítico para el comercio de GNL y para el equilibrio de refinerías en Asia, que absorben una parte muy relevante de los flujos.
La consecuencia es clara: cuando el mapa manda, el mercado no “corrige”, sobre-reacciona. Y esa sobrerreacción se paga en spreads, coberturas, primas de riesgo y, al final, precios al consumidor.
De 119,50 a 91,70: el Brent en montaña rusa
El petróleo ha vuelto a su versión más peligrosa: activo financiero con pulso geopolítico. En plena escalada, el Brent llegó a rozar 119,50 dólares.
Después vino el giro: declaraciones del presidente de EE. UU., Donald Trump, sugiriendo que la guerra con Irán podría terminar “muy pronto” enfriaron el pánico y provocaron una corrección brusca. En cuestión de horas, el Brent pasó de máximos en torno a 119,50 a niveles cercanos a 91,70 dólares, una caída aproximada del 23%.
Ese vaivén retrata el problema de fondo: el mercado está “poniendo precio” a dos guiones incompatibles. Uno, el del cierre prolongado y la escasez física. Otro, el del alto el fuego rápido y la vuelta a la normalidad. En ese choque, cualquier titular se convierte en orden de compra o de venta.
El impuesto oculto: seguros, fletes y rutas que se rompen
Cuando el riesgo sube, el primer termómetro no es el barril: es el seguro. En la última semana, Lloyd’s List ha descrito saltos de cuatro a cinco veces en primas para cubrir viajes por la zona, con recargos aún mayores para buques vinculados a EE. UU., Reino Unido o Israel.
Los números ya son de economía real. Según datos citados por Marsh, el seguro de guerra para transitar el Golfo podía rondar el 0,25% del valor de reposición del buque; para un barco de 100 millones, eso supone pasar de 250.000 a 375.000 dólares por viaje si la prima sube un 50%.
Y las navieras han empezado a actuar: Maersk ha anunciado recargos de emergencia por la inestabilidad en Ormuz. Cada desvío, cada espera y cada póliza inflada termina filtrándose al precio del transporte… y, por derivada, a la inflación.
El plan B saudí: Yanbu, 5 millones de barriles y un techo evidente
Arabia Saudí dispone de un salvavidas estratégico: el oleoducto Este-Oeste hacia el Mar Rojo. Aramco dice poder mantener alrededor del 70% de sus exportaciones desviando crudo hasta el puerto de Yanbu, pero reconoce límites operativos y de sostenibilidad.
La capacidad es relevante, pero no infinita. El sistema puede mover alrededor de 5 millones de barriles diarios (y en condiciones excepcionales acercarse a 7 millones), una cifra enorme… que, sin embargo, no compensa el cierre de un corredor por el que pasan 20 millones al día.
Aramco añade que podría dirigir unos 2 millones de barriles adicionales a refinerías domésticas, y apoyarse en almacenamientos fuera del Golfo, aunque esas reservas no son ilimitadas.
Del alivio parcial al shock global
Los flujos muestran señales tímidas, pero insuficientes. Goldman Sachs estimó que el tráfico de petróleo por Ormuz ha repuntado hasta cerca del 20% de los niveles previos, equivalente a unos 1,6 millones de barriles diarios en los últimos días. Eso no es normalización: es supervivencia mínima.
Si el conflicto se enquista, el debate pasa de los mercados a los gobiernos. El Financial Times informó de que el G7 se declaró “listo” para liberar reservas de emergencia coordinadas con la AIE, con volúmenes discutidos de 300 a 400 millones de barriles, una escala comparable a 2022.
Pero incluso esa bazuca tiene límites: sirve para comprar tiempo, no para reabrir un estrecho bajo amenaza militar. Por eso el diagnóstico es inequívoco: la próxima semana no decidirá solo el precio del petróleo, sino la credibilidad del sistema de seguridad energética construido tras décadas de crisis. Y esa credibilidad, cuando se rompe, tarda años en recomponerse.