Sheinbaum desafía a Trump: México reafirma ayuda a Cuba pese a veto de EE.UU.
La decisión llega en un momento de máxima tensión. La presidenta Claudia Sheinbaum ha confirmado que México enviará esta misma semana ayuda humanitaria a Cuba —alimentos y productos básicos— pese a las nuevas restricciones impulsadas desde Washington y a las presiones públicas de Donald Trump para cortar cualquier suministro a la isla. La mandataria niega haber pactado el fin de los envíos y apuesta por “resolver por la vía diplomática” todo lo relativo al petróleo con destino a La Habana. Detrás del gesto late un pulso mayor: un socio comercial que mueve más de 900.000 millones de dólares anuales con Estados Unidos se niega a alinearse al 100% con la estrategia de estrangulamiento a Cuba.
La secuencia política es reveladora. Trump anunció una nueva ofensiva para castigar con aranceles a cualquier país que venda petróleo a Cuba y llegó a afirmar que México había aceptado cortar sus envíos. Horas después, desde el norte de Sonora, Sheinbaum respondió con un mensaje diametralmente opuesto: la ayuda humanitaria continuará y el petróleo se abordará “por razones humanitarias” y por vía diplomática.
El choque no es menor. Estados Unidos no solo mantiene desde hace más de seis décadas el embargo reforzado por la Ley Helms-Burton; ahora amenaza con extender la presión a terceros países que amortiguan el impacto sobre La Habana. México, que se ha convertido en el principal suministrador de crudo y derivados a la isla desde 2023, aparece así en el centro de la diana.
El mensaje de Palacio Nacional es claro: no se negocia la soberanía. Pero la respuesta de la Casa Blanca también lo es: los países que desafíen la orden ejecutiva se arriesgan a represalias comerciales en un momento en que el comercio bilateral es crucial para ambas economías. La pulseada, por tanto, desborda el eje ideológico y se instala de lleno en el terreno de los intereses materiales.
Cuba, al borde del colapso energético
La decisión mexicana se comprende mejor al mirar la situación de Cuba. Tras la captura y salida del poder de Nicolás Maduro en Venezuela, la isla perdió prácticamente la totalidad de los envíos de crudo subsidiado que habían sustentado su economía durante dos décadas. En paralelo, las sanciones estadounidenses han encarecido el acceso a combustible y servicios financieros; La Habana cifra en más de 7.500 millones de dólares el impacto del embargo entre marzo de 2024 y febrero de 2025.
En ese contexto, los barcos procedentes de México se convirtieron en un salvavidas. Informes de Pemex apuntan a envíos cercanos a 20.000 barriles diarios de crudo y productos refinados entre enero y septiembre de 2025, aunque esa cifra habría caído posteriormente hasta los 7.000 barriles diarios tras la visita a Ciudad de México del secretario de Estado Marco Rubio.
Las consecuencias se miden en la calle: apagones prolongados, colas de varias horas —incluso días— en gasolineras de La Habana y recortes en transporte público y actividad industrial. En este escenario, un corte total de suministros desde México podría empujar a Cuba a un nuevo “Período Especial”, con impacto directo sobre sanidad, abastecimiento alimentario y estabilidad social. Es precisamente ese escenario el que la presidencia mexicana invoca cuando habla de “razones humanitarias”.
El riesgo económico de desafiar a su primer socio
La apuesta de México no es gratuita. El país se ha consolidado en los últimos dos años como principal proveedor de bienes a Estados Unidos, con exportaciones que superan los 500.000 millones de dólares anuales y un volumen total de comercio bilateral —bienes y servicios— cercano a los 935.000 millones en 2024. El 80-85% de las ventas exteriores mexicanas se dirigen al mercado estadounidense, lo que deja claro el grado de dependencia.
Trump ya ha demostrado que está dispuesto a usar los aranceles como arma política. En 2025 ordenó gravámenes del 25% a la mayoría de bienes procedentes de México y Canadá, forzando renegociaciones dentro y fuera del T-MEC y obligando a empresas a recalcular inversiones y cadenas de suministro. Ahora amenaza con extender esa lógica a los países que mantengan suministros energéticos a Cuba.
La consecuencia es evidente: cada cargamento hacia la isla se convierte en una variable de riesgo para sectores clave como el automotriz, el electrónico o el agroalimentario, fuertemente integrados con el mercado estadounidense. Las patronales mexicanas, que ya sufrieron la volatilidad arancelaria en la primera mitad del sexenio, temen que un pulso prolongado se traduzca en menor inversión, encarecimiento de exportaciones y pérdida de competitividad frente a otros socios de Washington.
Soberanía, doctrina histórica y mensaje hacia dentro
Pese a ese coste potencial, la posición de Sheinbaum entronca con una doctrina de política exterior históricamente arraigada en México: el principio de no intervención y la defensa de la autodeterminación de los pueblos. Esa tradición ha llevado a distintos gobiernos, de signo muy diverso, a mantener canales abiertos con La Habana incluso en los momentos más duros del embargo estadounidense.
Al insistir en que los envíos de ayuda y la discusión sobre el petróleo se harán “por todas las vías diplomáticas”, la presidenta no solo habla a Washington. Habla también a su base interna, a la izquierda latinoamericanista de Morena y a un segmento del electorado que ve en la crisis cubana un espejo de las asimetrías regionales. El mensaje implícito es: México puede cooperar con Estados Unidos en seguridad o migración, pero no renunciará a su margen de decisión en política exterior.
En clave doméstica, la jugada le permite reforzar un perfil de liderazgo propio frente al legado de López Obrador, demostrando que está dispuesta a asumir costes para preservar banderas históricas del país. Pero también la deja expuesta: si la tensión comercial se tradujera en pérdida de empleo o encarecimiento de importaciones, la factura política podría llegar antes de lo previsto.
Presión, sanciones y el efecto dominó regional
La estrategia de Trump no se limita a México. La nueva orden ejecutiva apunta a cualquier proveedor que alivie la crisis energética cubana, con la amenaza explícita de sanciones financieras y arancelarias. El objetivo es claro: aislar a La Habana y forzar concesiones políticas internas a través del colapso económico, una lógica que ya se ha aplicado a Venezuela y, en menor medida, a Nicaragua.
La consecuencia es un efecto dominó en el Caribe y América Latina. Países con vínculos energéticos o médicos con Cuba calculan ahora el coste de mantener ese vínculo frente a la posibilidad de verse arrastrados a la lista de sancionados. En paralelo, actores como Rusia o China exploran espacios de influencia en la crisis, ofreciendo apoyo político y potenciales suplencias energéticas a cambio de mayor presencia estratégica en la región.
En este tablero, la posición mexicana adquiere un valor simbólico y práctico. Si un socio de primer orden para Washington demuestra que es posible mantener ayuda humanitaria —e incluso un mínimo flujo energético— sin quedar asfixiado por las represalias, otros gobiernos podrían verse tentados a seguir la misma senda. De ahí que cada declaración de la presidencia mexicana se lea ya como un precedente potencial.