La sombra nuclear sobre Oriente Medio: ¿podría Netanyahu recurrir a la bomba atómica ante un nuevo ataque iraní?

La sombra nuclear sobre Oriente Medio: ¿podría Netanyahu recurrir a la bomba atómica ante un nuevo ataque iraní?

Juan Antonio de Castro desglosa las amenazas y posibilidades que se ciernen sobre Oriente Medio, especialmente el riesgo de que Israel emplee armamento nuclear frente a un ataque iraní, en un contexto internacional dominado por tensiones entre grandes potencias y la incertidumbre del orden mundial.

El riesgo atómico en una región ya inflamable

La pregunta parece brutal, pero ya circula entre servicios de inteligencia y think tanks: ¿estamos cerca de una escalada nuclear en Oriente Medio? No se trata de alarmismo gratuito, sino de la lógica derivada de tres vectores convergentes: un Israel cercado, un Irán cada vez más cerca del umbral nuclear y unas potencias globales atrapadas en su propia rivalidad.

Según estimaciones de institutos especializados como SIPRI, el Estado hebreo mantiene en la ambigüedad su arsenal, pero se calcula que dispone de entre 80 y 200 ojivas nucleares, con un consenso técnico en torno a las 90 cabezas operativas. Esa capacidad se habría desplegado en la tríada clásica: aviación, misiles balísticos y submarinos dotados de misiles de crucero.

Frente a ello, Teherán acumula más de un centenar de kilos de uranio enriquecido al 60%, cuando el umbral militar se fija en torno al 90%. Los informes del OIEA y los avisos al Consejo de Seguridad señalan que, a ritmo actual, Irán podría producir material fisible para una bomba en cuestión de semanas si diera el salto definitivo.

En palabras de De Castro, «lo inquietante no es solo la capacidad, sino la percepción de vulnerabilidad: cuando un liderazgo se convence de que no tiene margen de error, la tentación de cruzar líneas rojas aumenta de forma exponencial». La consecuencia es clara: cualquier nuevo ataque masivo —un enjambre de drones, un bombardeo de misiles de largo alcance o un golpe contra instalaciones estratégicas— se lee ya bajo un prisma nuclear.

Netanyahu, presión interna y doctrina de supervivencia

El cálculo político en Jerusalén se ha vuelto asfixiante. Benjamin Netanyahu gobierna en medio de una fractura interna sin precedentes, con protestas masivas, divisiones dentro del estamento militar y socios de coalición que reclaman mano dura no solo en Gaza o Líbano, sino también frente a Irán.

Israel se ha guiado durante décadas por una doctrina de supervivencia simple: impedir por todos los medios que cualquier enemigo regional alcance capacidad nuclear militar. De ahí los bombardeos preventivos en Irak (Osirak, 1981) y Siria (Deir ez-Zor, 2007). La novedad es que Irán no es un reactor aislado, sino una infraestructura dispersa, endurecida y apoyada por alianzas con potencias como Rusia y China.

En ese contexto, el margen de Netanyahu se estrecha. Internamente, se le exige demostrar que los ataques iraníes tienen un coste insoportable. Externamente, recibe presiones —y advertencias— de aliados como Estados Unidos para que no cruce ciertas líneas.

«Cuando el liderazgo se siente acorralado y percibe que un segundo ataque podría ser todavía más devastador, la opción de mostrar el arma última —aunque sea de forma limitada o simbólica— entra en la mesa de discusión», apunta De Castro. No se habla, por ahora, de un intercambio nuclear total, sino de escenarios de uso táctico o de demostración, cuyos efectos políticos serían igual de sísmicos.

Irán al borde del umbral nuclear

Las sanciones, las resoluciones del Consejo de Seguridad y el acuerdo nuclear de 2015 (JCPOA) no han conseguido lo que prometían: alejar de forma estable a Irán de la bomba. Desde la retirada de Washington del pacto, Teherán ha ido desmantelando, paso a paso, los límites acordados: ha multiplicado por más de seis su stock de uranio enriquecido, ha instalado centrifugadoras más avanzadas y ha restringido el acceso de los inspectores del OIEA.

Hoy, el país se sitúa técnicamente como Estado casi umbral: no se dispone de pruebas de que haya decidido fabricar el arma, pero la distancia entre su situación actual y la capacidad militar plena se mide en meses, no en años. Los informes más recientes hablan de alrededor de 180 kilos de uranio al 60%, cuando apenas 40-50 kilos enriquecidos al 90% bastan para una cabeza básica, según los expertos.

«El dilema, resume De Castro, es que cada nueva sanción que busca frenar a Irán termina reforzando el discurso interno de resistencia y empujando más el programa hacia la clandestinidad». El contraste con otros casos —como el de Corea del Norte, donde las rondas de presión acabaron en un arsenal operativo— resulta demoledor para quienes aún confían en que la mera coerción económica pueda revertir la trayectoria iraní.

Mientras tanto, el eje de milicias y aliados de Teherán —desde Hizbulá hasta grupos en Irak, Siria o Yemen— amplía el perímetro de riesgo. Un ataque emergente desde cualquiera de esos frentes, atribuido a Irán por Israel, podría actuar como detonante.

Diplomacia agotada, sanciones al límite

Las herramientas clásicas de la diplomacia multilateral se muestran exhaustas. La reactivación parcial de contactos entre Washington y Teherán no ha pasado de gestos tácticos, a menudo boicoteados por episodios de represión interna o ataques contra intereses occidentales.

Las sanciones impulsadas por la Unión Europea han golpeado el sector energético y financiero iraní, pero no han impedido que el país encuentre válvulas de escape a través de redes con Rusia, China o países del sur global. El resultado es paradójico: la presión económica aumenta el coste social, pero el régimen mantiene recursos suficientes para su programa estratégico.

En paralelo, han surgido iniciativas alternativas, como las propuestas de cumbres ad hoc impulsadas por líderes que buscan saltarse el marco de BRICS o incluso de la propia ONU, o las iniciativas personales de figuras como Donald Trump para articular juntas de paz al margen de Ginebra y Nueva York.

De Castro advierte del riesgo: «Cuanto más se fragmenta la arquitectura multilateral, más difícil es generar compromisos verificables. Cada foro paralelo debilita el único lenguaje que aún mantiene abiertos algunos canales: el del derecho internacional y los inspectores». Kosovo ayer, Ucrania hoy y Oriente Medio mañana componen un rosario de conflictos donde la improvisación diplomática compite con el procedimiento.

Washington, Moscú y Pekín: el triángulo que decide

En este tablero, nada puede entenderse sin el movimiento de las grandes potencias. Rusia mantiene con Irán un acuerdo de asociación estratégica de veinte años, coopera en instalaciones como la planta nuclear de Bushehr y ha advertido del riesgo de un «nuevo Chernóbil» si alguna instalación civil es bombardeada.

China, por su parte, juega a la equidistancia interesada: compra alrededor del 10% del crudo iraní, promueve iniciativas de mediación y ha defendido que cualquier nuevo consenso debe seguir encuadrado en el marco del JCPOA, evitando el mecanismo de “snapback” de sanciones automáticas.

En Washington, el discurso oscila entre la disuasión y la amenaza abierta de uso de la fuerza frente a cualquier avance iraní hacia el arma nuclear. La reciente combinación de despliegues militares adicionales en la región, ejercicios navales cerca del golfo Pérsico y ataques puntuales a infraestructuras iraníes dibuja un escenario de máxima presión, pero también de riesgo de choque directo.

«Lo que hoy está en juego no es solo la seguridad de Israel o de Irán, sino la credibilidad de tres potencias que se disputan la capacidad de arbitrar las reglas en la zona más estratégica del planeta», subraya De Castro. Cualquier uso, aunque limitado, de armamento nuclear por parte de Israel obligaría a una respuesta política inmediata de Washington, Moscú y Pekín. Ninguna de las tres capitales puede permitirse parecer indiferente.