La tensión Irán-Estados Unidos: más allá del programa nuclear y la amenaza de guerra regional
La tensión entre Washington y Teherán vuelve a niveles de vértigo en un momento en que los mercados descuentan probabilidades de conflicto superiores al 70% según algunos analistas energéticos. Sin embargo, el foco mediático sigue atrapado en el expediente nuclear mientras el tablero real se desplaza hacia otra pieza decisiva: los misiles hipersónicos iraníes, capaces —según sus promotores— de volar a más de Mach 12 y recorrer 1.400 kilómetros esquivando defensas antiaéreas. El economista y exfuncionario de Naciones Unidas Juan Antonio de Castro lo resume sin rodeos: si Irán no tuviera misiles hipersónicos, el régimen habría caído hace tiempo. Detrás de esa frase se esconde el verdadero núcleo de la crisis: la disuasión asimétrica frente a Estados Unidos y sus aliados.
El verdadero tablero: más allá del uranio enriquecido
Durante una década larga, el debate público se ha centrado en centrifugadoras, niveles de enriquecimiento y protocolos de inspección. El acuerdo nuclear de 2015, su ruptura y los intentos fallidos de resucitarlo han ocupado titulares y cumbres diplomáticas. Pero la arquitectura de seguridad en Oriente Medio ya no se define solo por el átomo, sino por la combinación de capacidad nuclear potencial y vectores de lanzamiento cada vez más sofisticados.
Ahí entran en escena los misiles balísticos avanzados de Irán, que han evolucionado desde proyectos de alcance medio relativamente predecibles a sistemas con mayor maniobrabilidad y menor tiempo de reacción para el adversario. La lógica es simple: aunque Teherán insistiera en limitar su programa nuclear, conservar un arsenal de misiles modernos le permite mantener capacidad de castigo sobre bases estadounidenses, infraestructuras energéticas del Golfo e incluso sobre Israel.
Este desplazamiento de foco explica la incomodidad de Washington y de las capitales europeas. El expediente nuclear, con todos sus riesgos, era un terreno conocido, con marcos de negociación y experiencia previa. En cambio, la carrera de misiles de nueva generación abre un terreno mucho más resbaladizo, con menos instrumentos de control, más actores regionales y una opinión pública occidental cansada de nuevos compromisos militares en el exterior. El resultado es un proceso negociador mucho más opaco y frágil.
Misiles hipersónicos: el arma que desvela a Washington
La presentación del misil Fattah, el primero que Teherán describe abiertamente como hipersónico, marcó un punto de inflexión. Los datos oficiales hablan de una velocidad de más de Mach 12, un alcance de alrededor de 1.400 kilómetros y capacidad de maniobra en la fase terminal, lo que complica su interceptación por los sistemas antimisiles tradicionales desplegados en la región.
Analistas independientes matizan el término “hipersónico”, pero coinciden en que el salto tecnológico es real: una mezcla de misiles balísticos modernos y vehículos de reentrada maniobrables que reduce las ventanas de aviso y hace más costoso cualquier intento de ataque preventivo. A ello se suma que estos sistemas ya no son solo prototipos: informes sobre los ataques iraníes contra Israel en 2024 apuntan al uso de Fattah-1 y otros misiles avanzados en salvas masivas.
Para Estados Unidos, el mensaje es doble. Primero, un aviso de que cualquier campaña militar contra Irán tendría un coste inmediato sobre sus bases y aliados. Segundo, una señal hacia terceros —desde Corea del Norte hasta Rusia— de que Teherán puede convertirse en proveedor o socio tecnológico en este terreno.
De ahí la insistencia de Israel en que el capítulo de misiles entre de lleno en la negociación. Lo que está en juego no es solo el equilibrio regional actual, sino la posibilidad de que se consolide una red de potencias medianas con capacidad hipersónica fuera de los grandes tratados de control de armamento.
Equilibrio del pánico: nadie quiere la guerra, pero todos se preparan
El diagnóstico de fondo que plantea De Castro es claro: vivimos en un equilibrio del pánico, donde cada gesto de contención lleva incorporada una demostración de fuerza. Por un lado, Washington refuerza su presencia naval y aérea en el Golfo, lanza advertencias públicas y filtra líneas rojas. Por otro, Teherán responde con ejercicios militares, pruebas de misiles y episodios de presión selectiva sobre el tráfico marítimo, como las recientes incautaciones de petroleros en aguas del Golfo.
Sin embargo, las señales apuntan a que ni la Casa Blanca ni el liderazgo iraní buscan hoy una guerra abierta. Una ofensiva de gran escala tendría un coste económico difícil de digerir para una economía estadounidense que ya lidia con tipos de interés altos y volatilidad bursátil, y para un régimen iraní sometido a sanciones crónicas y tensiones internas. Lo más probable es una prolongación de la guerra híbrida: ciberataques, ataques limitados a instalaciones, uso de milicias aliadas y una retórica calibrada al milímetro.
El problema es que este tipo de equilibrios tiende a romperse por errores de cálculo, no por decisiones estratégicas frías. Una salva de misiles que cause demasiadas bajas, un dron derribado en el lugar equivocado o una acción de un actor no estatal pueden arrastrar a las potencias principales a una espiral de escalada de la que resulte difícil retroceder sin pagar un alto precio político interno.
El Estrecho de Ormuz y la factura del petróleo
Si hay un punto donde la tensión Irán-EEUU se traduce en cifras inmediatas es el Estrecho de Ormuz. Por ese corredor marítimo pasan en torno al 20% del crudo mundial y una proporción similar del gas licuado, según datos de organismos internacionales y análisis recientes sobre riesgos de suministro. Cada vez que se anuncia una ronda de conversaciones o se filtra su posible naufragio, el mercado del petróleo responde con movimientos bruscos de entre el 3% y el 5% en cuestión de días.
Una crisis sostenida que afectara al flujo de petroleros podría sacar del mercado varios millones de barriles diarios y disparar el precio del Brent muy por encima de los 90 dólares en cuestión de semanas, según escenarios manejados por bancos de inversión y grandes casas de análisis. La consecuencia sería directa: repunte de la inflación, endurecimiento extra de las condiciones financieras y una nueva sacudida para unas economías europeas que apenas empiezan a digerir el shock energético derivado de la guerra en Ucrania.
Para Irán, la amenaza de Ormuz funciona como un seguro de último recurso. Incluso sin llegar al cierre total del estrecho, bastarían ataques esporádicos, minas o abordajes selectivos como los que se han visto en los últimos meses para elevar la prima de riesgo geopolítico del crudo y enviar un recordatorio de que cualquier intento de asfixia económica tiene respuesta.
Lo más grave, desde la óptica europea, es que este riesgo se suma a un entorno energético ya tensionado por la pérdida del gas ruso barato y la carrera global por el GNL.
Ucrania, Abu Dabi y la partida paralela
Mientras el foco se posa sobre el Golfo, una parte de la partida se juega miles de kilómetros al noroeste, en el frente ucraniano y en discretas reuniones diplomáticas en lugares como Abu Dabi. Allí, emisarios occidentales y representantes de potencias emergentes exploran fórmulas para congelar o modular un conflicto enquistado en el Donbass, al tiempo que se discute cómo sostener financieramente a Kiev a medio plazo.
La reciente decisión de los embajadores de la Unión Europea de ultimar un préstamo de 90.000 millones de euros para Ucrania, centrado en apoyo militar y presupuestario para 2026-2027, se suma al instrumento de hasta 50.000 millones ya aprobado para el periodo 2024-2027. El número impresiona, pero lo más relevante es lo que implica políticamente: compromiso prolongado, presión sobre las cuentas públicas y un debate cada vez más polarizado en varias capitales europeas.
Aquí la conexión con Irán es menos visible pero igual de real. Para Washington, sostener simultáneamente la disuasión frente a Rusia en el Este y frente a Irán en Oriente Medio exige recursos militares, atención política y capital diplomático. Para Europa, significa navegar entre un frente de guerra terrestre y un frente potencial marítimo-energético, con la sensación creciente de que ambos conflictos forman parte de una misma disputa por el orden internacional.