Tensión al límite: Trump advierte a Dinamarca y a la OTAN por Groenlandia
La presión por el control del Ártico y sus recursos abre un choque inédito entre Washington y Dinamarca con Rusia y China como telón de fondo
Las últimas declaraciones de Donald Trump han devuelto el tablero ártico al centro de la escena internacional. El presidente de Estados Unidos ha asegurado ante ejecutivos del sector energético que su país podría hacerse con Groenlandia “por las buenas o por las malas”, en alusión directa a la posibilidad de forzar un cambio de estatus de la isla.
Las palabras llegan en un contexto de militarización creciente del Ártico, con destructores y submarinos rusos y chinos aumentando su presencia en aguas cercanas, según fuentes aliadas.
Para los analistas, la combinación de ambición territorial y lenguaje coercitivo supone un salto cualitativo: ya no se trata solo de influencia, sino de plantear abiertamente una anexión forzosa de territorio bajo soberanía danesa y, por tanto, dentro del paraguas de la OTAN.
El diagnóstico es inequívoco: si la amenaza se materializara, la crisis podría desbordar el marco bilateral y poner en cuestión los pilares de la alianza atlántica, diseñada precisamente para evitar que un miembro ponga en riesgo la seguridad de otro. En paralelo, Moscú y Pekín observan la escalada como una oportunidad para explotar las fisuras dentro del bloque occidental y reforzar su propia presencia en la región.
Groenlandia, de periferia helada a pieza crítica
Durante décadas, Groenlandia ocupó en la imaginación pública el lugar de territorio remoto: una isla de casi 2,2 millones de kilómetros cuadrados, cubierta en más de un 80% por hielo, con poco más de 56.000 habitantes. Hoy, ese paisaje se ha convertido en una de las piezas geopolíticas más codiciadas del planeta.
El deshielo acelerado del Ártico abre nuevas rutas marítimas que podrían recortar hasta un 30% los tiempos de tránsito entre Asia y Europa. En ese mapa, Groenlandia funciona como plataforma avanzada para controlar el paso de buques, sensores y sistemas de defensa antimisiles. La base aérea de Thule, ya operada por Estados Unidos, es solo la parte visible de un entramado estratégico mayor.
Además, bajo el hielo se esconden recursos que atraen a las grandes potencias: tierras raras, níquel, uranio y posibles reservas de hidrocarburos. Diversos estudios estiman que la región ártica podría albergar hasta un 13% del petróleo no descubierto y un 30% del gas natural del mundo. En este contexto, la isla pasa de ser periferia a centro de gravedad de la competencia energética y militar.
Para Washington, renunciar a ampliar su control en Groenlandia equivale a dejar espacio a Rusia y China justo en la puerta de su escudo polar. Para Dinamarca, ceder ante esa lógica supondría aceptar que su soberanía es negociable. Entre ambos extremos se abre una brecha que la diplomacia aún no ha logrado cerrar.
La frase que incendia el Ártico
El detonante de la crisis ha sido una frase sencilla, pero de enorme carga política. Ante un grupo de directivos del sector energético, Trump afirmó que Estados Unidos podría “tomar el control de Groenlandia por las buenas o por las malas”. La formulación, subrayan expertos en derecho internacional, trasciende la retórica habitual y se aproxima a una amenaza de uso de la fuerza sobre territorio de un aliado.
Desde la Casa Blanca se argumenta que la intención es “proteger la seguridad nacional” frente a la presencia creciente de destructores y submarinos rusos y chinos en las inmediaciones de la isla. El mensaje oficial insiste en que la pasividad ante esa expansión rival “no es una opción”. Sin embargo, el tono utilizado ha encendido todas las alarmas en Copenhague, Bruselas y otras capitales europeas.
Para diplomáticos consultados, el problema no es solo el contenido, sino el precedente: si Washington normaliza la idea de modificar el estatus de un territorio de la OTAN mediante presión directa, abre la puerta a una lógica de negociación territorial incompatible con la arquitectura de seguridad construida desde 1949.
La reacción de Dinamarca ha sido inmediata. Fuentes del Gobierno han dejado claro que la isla “no está en venta” y que cualquier intento de anexión forzosa tendría “consecuencias graves”. En esa categoría se incluye, según filtraciones, la posibilidad de cuestionar la continuidad misma de la alianza si la presión continúa escalando.
Recursos, rutas y bases: lo que realmente se disputa
Más allá de la frase y del choque político inmediato, los analistas coinciden en que el núcleo del conflicto es estratégico y económico. Desde el punto de vista militar, Groenlandia ofrece una línea de visión privilegiada sobre el Atlántico norte y el paso de misiles balísticos, lo que la convierte en escenario ideal para sistemas de alerta temprana, radares y plataformas antimisiles.
En términos económicos, la isla concentra algunos de los recursos más codiciados de la transición energética. Se estima que Groenlandia podría albergar hasta un 10%-15% de ciertas tierras raras críticas para la fabricación de baterías, imanes y electrónica avanzada. Para Washington, garantizar el acceso a esos materiales es una forma de reducir su dependencia de China, que hoy controla buena parte del refinado mundial.
Además, el deshielo está multiplicando el tráfico marítimo en el Ártico. Informes recientes apuntan a que, de mantenerse las tendencias actuales, los tránsitos por rutas polares podrían multiplicarse por cuatro antes de 2050. Tener un control reforzado sobre Groenlandia significa influir en seguros, rutas y costes logísticos de un comercio global cada vez más ártico.
El resultado es un cóctel en el que confluyen seguridad, energía y cadenas de suministro. Trump ha decidido verbalizar esa ambición sin matices, elevando la presión sobre un aliado pequeño pero clave, justo cuando Rusia y China aceleran su propia presencia en la región.
Dinamarca, entre el aliado incómodo y la línea roja
Para Dinamarca, la crisis representa una prueba existencial sobre su capacidad para defender la integridad del Reino, del que Groenlandia forma parte con un estatuto de amplia autonomía. El Gobierno danés sabe que depende de Estados Unidos para buena parte de su seguridad, pero también que ceder ante una presión abierta sentaría un precedente difícil de revertir.
Fuentes diplomáticas señalan que Copenhague está maniobrando en tres frentes. En el interno, reforzando el diálogo con las autoridades groenlandesas, que han reclamado históricamente mayor capacidad de decisión sobre su futuro y sus recursos. En el europeo, buscando un mensaje de respaldo explícito a la soberanía danesa sobre la isla. Y en el atlántico, recordando que cualquier negociación que afecte a Groenlandia debe realizarse “dentro del marco de la OTAN, no al margen de él”.
La amenaza de que una anexión forzosa podría incluso “llevar al fin de la alianza nordatlántica” no es retórica vacía. Varios expertos apuntan a que, si un miembro de la OTAN planteara seriamente tomar territorio de otro, el principio de defensa colectiva del Artículo 5 quedaría herido de muerte. El contraste con la imagen de unidad aliada proyectada frente a otros desafíos, como la invasión rusa de Ucrania, resultaría demoledor.
Por ahora, Dinamarca apuesta por una combinación de firmeza y contención: rechaza de plano cualquier cesión de soberanía, pero evita entrar en una guerra verbal que pueda justificar nuevas escaladas desde Washington.
El riesgo de fractura dentro de la OTAN
La dimensión más sensible del conflicto es el impacto sobre la cohesión interna de la OTAN. La alianza, integrada hoy por más de 30 países, se enfrenta a una paradoja incómoda: su principal garante de seguridad, Estados Unidos, introduce una amenaza que afecta directamente a la integridad territorial de otro miembro.
En Bruselas, varios diplomáticos reconocen en privado que la crisis Groenlandia–Trump actúa como test de estrés para un sistema diseñado para responder a amenazas externas, no a pulsos internos. Si la situación se deteriora, la OTAN podría verse obligada a debatir, por primera vez, cómo proceder cuando la presión procede del propio socio mayoritario.
La fractura potencial va más allá de lo jurídico. Para muchos países europeos, que destinan ya en torno al 2% de su PIB a defensa bajo el paraguas aliado, la idea de que Washington utilice ese vínculo para presionar territorialmente a un miembro pequeño alimenta el discurso a favor de una mayor autonomía estratégica europea.
Por ahora, la respuesta formal se ha limitado a llamamientos a la calma y a la resolución de diferencias “dentro del marco aliado”. Pero el malestar es real. Varios analistas señalan que un paso más en la escalada podría reactivar discusiones latentes sobre el reparto de poder dentro de la OTAN y sobre la necesidad de mecanismos internos de contención frente a decisiones unilaterales de la Casa Blanca.
Rusia y China, las terceras invitadas al pulso ártico
Mientras Washington y Copenhague cruzan mensajes, Rusia y China observan el desarrollo de la crisis con evidente interés. Moscú ha convertido el Ártico en una de las piezas centrales de su estrategia militar, reabriendo bases de la era soviética, desplegando rompehielos con capacidad de combate y realizando ejercicios navales a pocos cientos de millas de Groenlandia.
China, por su parte, se define ya como “potencia casi ártica” y ha invertido en proyectos mineros, infraestructuras portuarias y rutas marítimas en la región. Su objetivo no es solo económico: la presencia en el Ártico le permite diversificar sus corredores comerciales y recabar información valiosa en un área clave para la defensa antimísiles de Estados Unidos.
Los expertos coinciden en que cualquier señal de división entre Washington y sus aliados europeos será explotada por Moscú y Pekín. Un choque prolongado por Groenlandia puede traducirse en más maniobras militares rusas en la región, más proyectos de inversión chinos y más presión diplomática sobre países nórdicos y bálticos.
En otras palabras, un intento de Trump por reforzar el control estadounidense sobre la isla podría terminar, si se gestiona mal, facilitando la narrativa de Rusia y China sobre una OTAN debilitada e incapaz de mantener una postura unida en el Ártico.
¿Diplomacia o fuerza? Los escenarios sobre la mesa
A partir de aquí, los analistas manejan varios escenarios. El primero, considerado el más deseable, es el de una desescalada controlada: la Casa Blanca rebaja la retórica, Dinamarca recibe garantías explícitas sobre su soberanía y la discusión se traslada a foros discretos donde se aborden cuestiones concretas —presencia militar, coordinación en defensa y posibles inversiones estadounidenses— sin cuestionar el marco jurídico actual.
Un segundo escenario sería el de una negociación más agresiva, en la que Washington utilice la amenaza implícita de acciones unilaterales para forzar concesiones en forma de nuevas bases, derechos de explotación de recursos o acuerdos de seguridad reforzados en Groenlandia. En ese caso, el riesgo es que la presión genere reacciones políticas adversas en Dinamarca, la propia Groenlandia y otros socios europeos.
El tercer escenario, el más preocupante, implicaría un uso real de la fuerza o medidas coercitivas fuera del consenso aliado: maniobras militares destinadas a “mostrar músculo”, sanciones cruzadas, cancelación de programas de cooperación o incluso intentos de condicionar la ayuda en defensa a cambios en la política ártica de Dinamarca. Cualquier paso en esa dirección multiplicaría la incertidumbre en un momento de alta tensión global.
En todos los casos, la variable decisiva será la capacidad de la diplomacia —tanto bilateral como en el seno de la OTAN— para encauzar el conflicto hacia soluciones negociadas. Lo que ocurra en la isla más grande del mundo en los próximos meses no será un asunto local: tendrá implicaciones directas sobre la seguridad, la energía y el equilibrio de poder en todo el hemisferio norte.