Alberto Iturralde: El Estrecho de Ormuz dispara el crudo y reaviva el fantasma de la guerra
Alberto Iturralde analiza la escalada de tensión en el Estrecho de Ormuz y cómo la política estadounidense influye en la volatilidad del petróleo y los mercados globales. Un posible ataque inminente a Irán y una estrategia electoral trascienden al conflicto regional.
En apenas tres sesiones, el precio del petróleo ha subido más de un 10%, devolviendo al Estrecho de Ormuz al centro del tablero geopolítico y financiero. Para Alberto Iturralde, analista de mercados y responsable de Operativa DAX, este movimiento va mucho más allá de la típica reacción especulativa: podría anticipar un ataque inminente contra Irán, cuidadosamente dosificado para evitar un conflicto abierto pero lo bastante intenso como para agitar los mercados y consolidar apoyos políticos en Estados Unidos. La consecuencia es clara: el crudo vuelve a descontar guerra mientras oro y plata reflejan una desconfianza sistémica hacia la deuda y las divisas, y el inversor se pregunta si estamos ante un episodio más de ruido o ante el preludio de una sacudida mayor.
Ormuz, el cuello de botella que domina la energía mundial
El Estrecho de Ormuz es uno de los pocos puntos del planeta donde la geopolítica se mide en dólares casi al minuto. Por sus apenas 40 kilómetros de ancho, entre Irán y Omán, transita cerca de un 20% del petróleo que se mueve por mar en el mundo y una parte relevante del gas licuado que abastece a Asia y Europa. Cada vez que aparece la posibilidad de bloqueo —total o parcial—, las primas de riesgo se disparan.
La escalada reciente encaja con ese patrón. El mercado no reacciona solo a titulares sueltos, sino al acumulado de movimientos militares, amenazas verbales y maniobras navales en la zona. Las petroleras y los grandes traders saben que basta un incidente —un petrolero atacado, un dron derribado, un misil “perdido”— para que los seguros suban de precio y parte de la flota opte por rutas alternativas mucho más largas y costosas. El resultado es siempre el mismo: crudo más caro y volatilidad a flor de piel.
En ese contexto, que el petróleo haya saltado más de un 10% en tres días no es un mero capricho del mercado, sino el reflejo de que la probabilidad de choque está subiendo en los modelos de riesgo de bancos, hedge funds y compañías energéticas.
Tres sesiones y un 10% de subida: algo más que ruido
Iturralde lo resume con un diagnóstico incómodo: “No estamos ante un simple susto, sino ante una subida preparada para algo que todavía no nos han contado”. El analista llama la atención sobre la simetría del movimiento: tres sesiones de ascensos firmes, con cierres diarios en máximos, altísimo volumen y apenas correcciones intradía. Un patrón típico de mercado que se está posicionando antes de un evento.
En términos técnicos, un salto del 10% en tan poco tiempo equivale a meses de revalorización concentrados en una semana, lo que únicamente suele verse en tres escenarios: ruptura de oferta (guerra o sanciones), shock de demanda (boom inesperado) o maniobra de reposicionamiento ante un anuncio político de gran impacto. Dado que no hay datos de consumo que justifiquen semejante verticalidad, el foco se desplaza de inmediato a la geopolítica.
El contraste con otras fases es evidente. Cuando los inversores temen una recesión, el petróleo suele caer rápidamente; cuando el miedo es a la guerra, el movimiento es inverso. Que el mercado esté priorizando el segundo riesgo dice mucho sobre el tipo de titulares que espera leer en los próximos días.
Trump, el lobby energético y el cálculo electoral
La tesis más controvertida es la que apunta a la dimensión electoral del conflicto. Según Iturralde, la tensión con Irán funciona como un instrumento político multifunción: permite a Donald Trump presentarse como líder fuerte frente a un enemigo externo, cohesionar a su base, atraer donaciones de sectores influyentes —incluido el lobby energético y parte del lobby sionista— y, al mismo tiempo, mantener las bolsas en niveles elevados mientras la economía aguante.
El guion es conocido:
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Se eleva el tono contra un adversario geopolítico.
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El petróleo sube, beneficiando a productores y empresas ligadas a defensa y energía.
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Se alimenta la narrativa de “presidente fuerte en tiempos peligrosos”.
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Cualquier acuerdo posterior puede venderse como una victoria diplomática.
El riesgo, sin embargo, es que la teatralización se descontrole. La frontera entre una demostración de fuerza y un choque real es extremadamente fina en una región saturada de actores armados, milicias, drones y misiles de corto alcance. Un error de cálculo puede convertir un “show” electoral en un conflicto de consecuencias imprevisibles.
El fin del factor sorpresa: Irán ya espera el golpe
A diferencia de otras crisis —como la llamada “guerra de los 12 días”—, el elemento sorpresa parece haberse evaporado. Washington ha filtrado repetidamente escenarios de ataque, ha difundido imágenes de despliegues militares y ha multiplicado las advertencias públicas. El mensaje hacia fuera es de disuasión; hacia dentro, un intento de preparar a la opinión pública para cualquier decisión.
Para Teherán, este ruido tiene una ventaja: tiempo para proteger sus activos estratégicos. Bases aéreas dispersas, sistemas antimisiles más activos, movimientos de barcos y, sobre todo, reubicación de instalaciones sensibles reducen la eficacia de un hipotético primer golpe. El régimen iraní ha aprendido la lección de otros países y sabe que conservar capacidad de respuesta tras un ataque inicial es su mejor seguro de supervivencia.
Iturralde lo interpreta como un aviso: cuando el enemigo sabe que vas a atacar, el impacto militar se reduce, pero el impacto mediático se mantiene. Es el escenario perfecto para una acción diseñada más para enviar mensajes —a aliados, votantes y mercados— que para cambiar de raíz el equilibrio de fuerzas en la región.
El “ataque controlado”: guerra a medias, riesgo completo
Aquí entra en juego la idea más inquietante del analista: la posibilidad de un “ataque pactado” o controlado. Un choque limitado, con objetivos previamente acotados y líneas rojas claras entre Washington y Teherán para evitar una escalada descontrolada. El objetivo no sería tanto doblegar al régimen iraní como demostrar fuerza sin pagar el precio político de un conflicto largo.
En este esquema, se golpean infraestructuras simbólicas, se muestran imágenes de precisión quirúrgica, se emiten discursos solemnes… y se intenta que ningún soldado estadounidense regrese en una bolsa de plástico, la imagen que Iturralde considera políticamente inasumible para Trump.
El problema es que la guerra, incluso la “controlada”, rara vez responde al guion inicial. Un misil que cae unos kilómetros más allá de lo previsto, una respuesta iraní más contundente de lo esperado o un incidente con un tercero —Israel, Arabia Saudí, las monarquías del Golfo— pueden romper el pacto implícito y devolvernos a un escenario de escalada clásica.
Oro, plata y la desconfianza en el dinero de papel
Mientras el crudo se dispara, oro y plata registran movimientos bruscos, a veces en direcciones aparentemente contradictorias con el petróleo. Para Iturralde, la clave no está solo en Ormuz, sino en Washington: la desconfianza hacia las políticas monetarias de la Reserva Federal y la emisión masiva de dólares para financiar la deuda pública.
Los metales preciosos se mueven al ritmo de dos miedos: el miedo a la guerra y el miedo a la inflación. En un mundo en el que la deuda de EE. UU. supera ya el 120% del PIB, y en el que los bancos centrales han inundado el sistema de liquidez durante más de una década, cada crisis geopolítica se convierte en excusa perfecta para quienes ven el oro como única reserva de valor real.
“Lo importante no es si el oro sube 30 o 40 dólares hoy, sino que cada vez que hay ruido serio los grandes vuelven al metal”, podría resumirse la visión del analista. Detrás de las velas diarias se esconde un mensaje más profundo: la fe ciega en el dólar y en la deuda norteamericana ya no es tan ciega.
Minneapolis, Groenlandia y la política como espectáculo para las bolsas
Iturralde enmarca la escalada actual en una narrativa más amplia en la que episodios aparentemente desconectados —la crisis de Minneapolis tras las protestas raciales, el insólito intento de compra de Groenlandia, amenazas comerciales cruzadas— forman parte de un mismo patrón: generar tensión suficiente para justificar políticas, pero no tanta como para hundir las bolsas.
El guion, según esta lectura, es casi cinematográfico. Se alternan crisis internas y externas, se suben y bajan aranceles, se agitan viejos conflictos territoriales y se filtran planes de ataque. Todo ello con un objetivo: mantener a Wall Street lo bastante alto como para que el mensaje económico hacia el votante medio sea de prosperidad, mientras se alimenta un clima de “emergencia permanente” que refuerza el papel del presidente.
¿Manipulación? El término es fuerte, pero el comportamiento de los mercados respalda, al menos, que las emociones políticas se han convertido en un activo más a gestionar. La frontera entre política exterior, rating televisivo y comportamiento bursátil es cada vez más fina.