El tráfico en Ormuz se dispara pese a dos ataques iraníes

Ormuz

La reapertura parcial del estrecho rebaja la presión sobre el petróleo, pero los ataques recientes y los viajes «oscuros» mantienen el riesgo geopolítico en el punto más sensible del comercio energético mundial.

El estrecho de Ormuz vuelve a respirar, pero no ha dejado de ser una bomba de relojería. El número de viajes rastreables hacia dentro y fuera del Golfo se ha multiplicado por más de cuatro en apenas una semana, impulsado por la confianza en el alto el fuego de 60 días entre Estados Unidos e Irán. Según datos citados por Financial Times, el promedio móvil de Signal pasó de uno o dos viajes diarios durante buena parte del conflicto a ocho el 1 de julio. La señal es clara: los armadores empiezan a moverse. Lo inquietante es que lo hacen en una ruta donde aún se han registrado ataques y donde el riesgo nunca desaparece del todo.

La reapertura más vigilada del planeta

Ormuz no es un paso marítimo cualquiera. Es el cuello de botella energético más sensible del mundo, una franja por la que circula una parte decisiva del crudo y del gas que sostiene a Asia, Europa y buena parte del mercado global. La tregua ha reactivado operaciones congeladas desde marzo, cuando el conflicto redujo el tránsito a mínimos.

Los datos de Lloyd’s List Intelligence apuntan a 258 tránsitos en la semana hasta el 28 de junio, frente a apenas 41 en la primera semana de la crisis. El salto es espectacular, pero también revela la magnitud del bloqueo previo: más que normalidad, lo que se observa es una recuperación desde el colapso.

Confianza parcial, riesgo intacto

El dato más relevante no es solo el aumento del tráfico, sino su composición. El recuento incluye viajes convencionales y también los llamados «dark journeys», trayectos en los que los buques apagan sus sistemas GPS para reducir exposición o evitar rastreo.

Este hecho revela una confianza incompleta. Los operadores vuelven porque el coste de no hacerlo es elevado, pero siguen actuando como si el estrecho pudiera volver a cerrarse en cualquier momento. La paradoja es evidente: hay más barcos, pero no necesariamente más seguridad.

El petróleo acusa el alivio

La consecuencia inmediata se ha visto en los precios. El barril de Brent cayó hasta el entorno de los 72 dólares, su nivel más bajo desde el inicio de la guerra entre Estados Unidos e Irán, según The Times. La lectura de los mercados es sencilla: si Ormuz vuelve a funcionar, la prima de riesgo energético se reduce.

Sin embargo, lo más grave sería confundir alivio con solución. El tránsito de petróleo por el Golfo habría recuperado alrededor del 80% de los niveles previos a la guerra, pero ese porcentaje depende de una arquitectura diplomática frágil, de garantías militares difíciles de verificar y de una voluntad iraní que sigue siendo el factor decisivo.

Seguros, fletes y miedo

El mercado marítimo ya ha descontado parte de la mejora. Las tarifas spot de petroleros, que llegaron a rozar los 500.000 dólares diarios, habrían bajado hasta unos 294.000 dólares. Las primas de seguro de guerra también se han reducido desde el 7% hasta cerca del 2% del valor del buque.

El descenso es importante, pero sigue describiendo un mercado extraordinariamente tensionado. Antes de la crisis, estos niveles habrían sido inasumibles para muchas navieras. Ahora se interpretan como una señal de normalización. El contraste resume el nuevo escenario: el mundo celebra que Ormuz sea caro, siempre que deje de ser imposible.

Dos ataques que cambian la lectura

La tregua no ha eliminado los incidentes. Según la información disponible, Irán habría atacado dos barcos desde la firma del memorando, un dato que pesa más que cualquier estadística de recuperación.

Ahí está el núcleo del problema. Un estrecho puede abrirse jurídicamente, pero seguir cerrado psicológicamente para aseguradoras, operadores y cargadores. Cada ataque encarece la ruta, retrasa decisiones y obliga a rediseñar convoyes, escoltas y calendarios. En el comercio marítimo, la confianza tarda meses en construirse y minutos en evaporarse.

El efecto dominó que viene

La reapertura parcial beneficia a importadores de crudo, refinerías, aerolíneas y bancos centrales, porque reduce presión sobre energía e inflación. También alivia a gobiernos europeos y asiáticos, que habían visto cómo la crisis de Ormuz amenazaba con trasladarse a precios industriales, costes logísticos y expectativas de tipos.

Pero el diagnóstico es inequívoco: el estrecho sigue funcionando bajo vigilancia, no bajo normalidad. El flujo de buques aumenta porque hay carga retenida, fletes elevados y urgencia comercial. No porque el riesgo haya desaparecido. Si la tregua aguanta, el mercado podrá estabilizarse. Si se rompe, el mundo volverá a descubrir que una franja de agua puede condicionar inflación, crecimiento y estabilidad política a miles de kilómetros.