Washington usa el crudo venezolano para reordenar alianzas energéticas con China e India

Trump abre la puerta a un “gran acuerdo” petrolero con China

Donald Trump

La última maniobra energética de Donald Trump vuelve a situar el petróleo en el centro de la geopolítica. El presidente ha asegurado que Estados Unidos “daría la bienvenida” a China si quisiera comprar su crudo y que ambos países podrían cerrar “un gran acuerdo” en materia de energía. Al mismo tiempo, ha revelado que India comenzará a importar petróleo venezolano “en lugar de comprarlo a Irán”, en línea con las sanciones de Washington contra Teherán y con la reciente apertura parcial del sector petrolero de Caracas a las compañías estadounidenses. La combinación de estos movimientos dibuja un nuevo mapa de dependencias: Washington se reserva el control del grifo venezolano, redirige a India y tiende la mano a Pekín, todo en un momento en el que el mercado del petróleo sigue tensionado por guerras, sanciones y una transición energética aún incompleta.

Un giro estratégico en la diplomacia del crudo

Las palabras de Trump no son un comentario aislado, sino el último capítulo de una estrategia que mezcla sanciones, licencias selectivas y mensajes públicos dirigidos a socios y rivales. En los últimos meses, Estados Unidos ha empezado a relajar de forma parcial las sanciones que durante años estrangularon las exportaciones de crudo de Venezuela, permitiendo que compañías estadounidenses vuelvan a negociar con la estatal PDVSA bajo una licencia general emitida por la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC).

El nuevo marco permite a empresas norteamericanas comprar, revender y participar en la producción de petróleo venezolano, pero deja fuera a buena parte de las compañías de terceros países. Es, en la práctica, un acceso preferente al mayor yacimiento de reservas probadas del mundo, valoradas en alrededor de 300.000 millones de barriles. Este hecho revela una lógica nítida: si Washington controla tanto el origen (Venezuela) como el destino (India, y potencialmente China), controla también una parte relevante de los flujos globales de crudo. Y lo hace en un momento en el que la guerra en Ucrania, la inestabilidad en Oriente Medio y el lento avance de las renovables generan una volatilidad elevada en los precios.

China, el cliente que puede cambiar el tablero

El guiño explícito de Trump a China, al ofrecer un “gran acuerdo petrolero” si Pekín decide comprar crudo estadounidense, supone un contraste frontal con la etapa de guerras arancelarias y acusaciones de “prácticas desleales” que marcaron la relación bilateral en años anteriores. Hoy, China es el mayor importador de petróleo del mundo, con compras superiores a los 11 millones de barriles diarios, y cualquier mínima variación en su mix de proveedores tiene impacto inmediato en precios y en la arquitectura de alianzas energéticas.

Un acuerdo de largo plazo que desplazara parte de las compras chinas desde Rusia, Oriente Medio o África hacia crudo controlado por Estados Unidos —ya sea producción propia o de Venezuela bajo paraguas estadounidense— reordenaría el tablero. Reduciría la dependencia de Pekín de rutas sensibles como el estrecho de Ormuz, aumentaría la interdependencia entre las dos mayores economías del planeta y, al mismo tiempo, otorgaría a Washington una nueva palanca de presión sobre el gigante asiático. El contraste con otras regiones resulta demoledor: mientras Europa intenta diversificar discretamente y a precios elevados, la Casa Blanca ofrece a China volumen, flexibilidad y, previsiblemente, descuentos estratégicos a cambio de influencia.

India se desplaza de Irán a Venezuela

La otra pieza clave del anuncio de Trump es India. El presidente ha asegurado que Nueva Delhi comprará crudo venezolano “en lugar de comprarlo a Irán”, un giro que culmina años de presión de Washington sobre la política energética india. Antes del endurecimiento de las sanciones estadounidenses, Irán llegó a suministrar hasta el 13% del petróleo que importaba India, y todavía en el ejercicio 2018-2019 el crudo iraní representó casi el 9% de las importaciones indias, por un valor de 12.300 millones de dólares.

Esa relación se cortó de raíz cuando Estados Unidos decidió no renovar las exenciones que permitían a algunos países comprar petróleo iraní pese a las sanciones. Desde entonces, India había compensado parte de ese suministro con crudo ruso con fuertes descuentos tras la invasión de Ucrania. Trump llegó a elevar los aranceles a las exportaciones indias hasta el 50% para forzar a Nueva Delhi a reducir sus compras a Moscú. Ahora ofrece una salida “aceptable”: sustituir barriles iraníes y rusos por crudo venezolano canalizado bajo reglas estadounidenses. El diagnóstico es inequívoco: India, tercer consumidor mundial de petróleo, se convierte en un pilar de la arquitectura energética diseñada desde Washington.

Venezuela, reservas gigantes y producción limitada

En el centro de esta estrategia aparece Venezuela, un país con reservas colosales pero producción menguante. A pesar de albergar el mayor volumen de crudo probado del planeta, su bombeo actual apenas roza el millón de barriles diarios, según estimaciones recientes, tras años de corrupción, infrafinanciación y sanciones que dejaron los campos en un estado de deterioro extremo.

En los últimos meses, la producción se había acercado a 1,1 millones de barriles diarios, pero el nuevo embargo parcial sobre las exportaciones provocó recortes y redujo los envíos al exterior hasta el entorno de los 500.000 barriles diarios. Al mismo tiempo, el Parlamento venezolano ha aprobado una reforma que otorga mayor control operativo y garantías jurídicas a las compañías privadas, en un intento de atraer inversión y recuperar parte de la capacidad perdida. Lo más grave, para Caracas, es que este renacimiento se produce bajo condiciones negociadas desde Washington: licencias condicionadas, canales de venta autorizados y una prioridad clara para las empresas estadounidenses. El país de Nicolás Maduro deja de ser un exportador “libre” y se convierte en una pieza más de la diplomacia energética de la Casa Blanca.

Irán queda aislado en el nuevo mapa energético

Mientras Estados Unidos abre la puerta a Venezuela y la entreabre a China, el gran ausente del nuevo esquema es Irán. Las sanciones contra el sector petrolero iraní se han endurecido de forma cíclica desde 2011, con períodos de alivio y nuevas rondas de presión. La decisión de impedir que India —históricamente uno de sus principales clientes— retome sus compras, incluso cuando se le ofrece una alternativa en Venezuela, envía un mensaje claro: mientras Teherán no acepte un marco negociado en materia nuclear y regional, seguirá fuera de los flujos comerciales más rentables.

Para India, el coste es doble. Por un lado, pierde acceso a un proveedor cercano y tradicional; por otro, se ve obligada a reconfigurar sus contratos de largo plazo en función de las prioridades de Washington. Para Irán, la consecuencia es aún más severa: cada barril que pasen a suministrar Venezuela o Estados Unidos a clientes como India o, eventualmente, China, será un espacio que difícilmente podrá recuperar en el corto plazo. El efecto dominó puede extenderse a otros compradores asiáticos que, ante el riesgo de sanciones secundarias, opten por la ruta venezolana avalada por Washington.

El uso de las sanciones como arma económica

La secuencia es reveladora. Primero, sanciones para bloquear el crudo iraní y, más tarde, para limitar el acceso al petróleo ruso a través de topes de precios y amenazas de sanciones secundarias. Después, un bloqueo casi total a las exportaciones venezolanas. Finalmente, una apertura selectiva que permite a Estados Unidos decidir quién puede comprar qué, cuándo y bajo qué condiciones.

Las sanciones dejan de ser solo una herramienta punitiva y se consolidan como un mecanismo para redirigir flujos energéticos a conveniencia del sancionador. La oferta de un “gran acuerdo petrolero” a China, el redireccionamiento de India hacia el crudo venezolano y la promesa de que “Venezuela ganará más dinero que nunca”, en palabras del propio Trump, forman parte de un mismo guion: usar el acceso al mercado estadounidense y a su sistema financiero como moneda de cambio para reordenar el mapa del petróleo. El contraste con la retórica de libre mercado de décadas anteriores no puede ser mayor.

Impacto en precios y en la OPEP+

La pregunta inmediata es qué supondrá esta reconfiguración para los precios del crudo y para la cohesión de la OPEP+. Si Venezuela consigue elevar de forma sostenida su producción hasta, por ejemplo, 1,5 millones de barriles diarios bajo paraguas estadounidense, y una parte significativa de esos barriles se dirige a India o China, el resto de productores —desde Arabia Saudí hasta Rusia— se verán obligados a recalibrar sus cuotas para sostener el nivel de precios deseado.

Un aumento sostenido de la oferta venezolana, sumado a la creciente producción estadounidense —que ya roza máximos históricos por encima de los 13 millones de barriles diarios—, podría ejercer presión a la baja sobre los precios a medio plazo. Sin embargo, la incertidumbre geopolítica, las tensiones en el mar Rojo y la posibilidad de represalias de Teherán o de Moscú añaden un riesgo alcista permanente. Para los países importadores netos, como los europeos, el escenario combina una ligera mejora potencial de precios con una dependencia todavía mayor de las decisiones de Washington y de la estabilidad política en Caracas.