Trump acelera relevo en la Fed y presume de un S&P 7.000

EPA/KENT NISHIMURA / POOL Trump
El presidente cuestiona los tipos “inaceptablemente altos”, celebra récords bursátiles y se atribuye mediaciones con Putin, Hamas y Venezuela en una misma jornada política

Estados Unidos vuelve a situar el centro de gravedad de la economía y la geopolítica en la Casa Blanca. Donald Trump ha anunciado que nombrará un nuevo presidente de la Reserva Federal “la semana que viene”, al tiempo que redobla las presiones para forzar “el tipo de interés más bajo del mundo”, entre dos y tres puntos por debajo del nivel actual. En la misma reunión de gabinete, el presidente presumió de haber llevado el S&P 500 por encima de los 7.000 puntos, se atribuyó el mérito de que Estados Unidos produzca hoy más acero que Japón por primera vez en 26 años y defendió que sus tarifas han traído “una seguridad nacional tremenda”.
La coreografía se completa con un despliegue de diplomacia personalista: asegura que Putin aceptó no bombardear Kiev durante una ola de frío extremo, que Hamas estaría a las puertas de la desmilitarización, que abrirá el espacio aéreo comercial con Venezuela “muy pronto” y que la relación con la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum es “excelente”. Mientras, los mercados han empezado a digerir con más cautela un relato que mezcla récords bursátiles, presión sobre la Fed y frentes abiertos en Ucrania, Gaza, Irán y América Latina.

Un relevo en la Fed bajo presión directa de la Casa Blanca

El anuncio estrella llegó envuelto en una crítica frontal al banco central. Trump adelantó que presentará a su nuevo presidente de la Fed “la semana que viene” y dejó claro qué espera de él: tipos mucho más bajos. “Pagamos demasiado interés a la Fed. El tipo es demasiado alto, inaceptablemente alto. Deberíamos tener el tipo más bajo del mundo”, afirmó, insistiendo en que los tipos deberían estar “dos o tres puntos por debajo” del nivel actual.

El mensaje choca con la advertencia de Jerome Powell, el actual presidente, que ha instado a su sucesor a “mantenerse fuera de la política” y preservar la independencia de la institución. La filtración de un relevo inminente, acompañada de instrucciones públicas sobre el nivel deseado de tipos, refuerza la percepción de que la Casa Blanca pretende subordinar la política monetaria al ciclo electoral.

Para los mercados de bonos, la señal es inequívoca: un presidente que presiona para abaratar el coste de la deuda en plena etapa de déficit récord multiplica el riesgo de que el ancla de credibilidad de la Fed se debilite. El resultado probable son primas de riesgo más altas a largo plazo, aunque a corto una parte del mercado pueda celebrar cualquier recorte que alivie el coste de financiación.

Tipos “inaceptablemente altos” y la batalla por el dinero barato

Detrás del pulso está un debate de mayor calado: ¿hasta qué punto puede Estados Unidos permitirse volver a un entorno de dinero casi gratis con una inflación aún volátil y una deuda pública que supera holgadamente el 100% del PIB? Trump sostiene que el país está “pagando demasiado” por su propio dinero y que la Fed se ha quedado anclada en un régimen de tipos “innecesariamente restrictivo”.

El presidente enlaza este argumento con su relato de éxito económico: presume de que el rally bursátil desde su elección habría añadido 9 billones de dólares a ahorros y planes de jubilación y de haber atraído 18 billones en inversiones en menos de un año. En su narrativa, unas bolsas en máximos y unos tipos más bajos no son contradictorios, sino dos caras del mismo triunfo de política económica.

La cuestión es que el S&P 500 que él reivindica como logro se ha mostrado extraordinariamente sensible a cada giro en las expectativas de tipos. El propio discurso triunfal sobre los 7.000 puntos llegó apenas horas antes de que el índice retrocediera por debajo de los 6.910 puntos, con caídas intradía del 1%, en un contexto de tensión con Irán y corrección de las grandes tecnológicas. La consecuencia es clara: cuanto más se presiona para “dopar” el mercado con tipos bajos, más vulnerable se vuelve a cualquier decepción.

Tarjetas arancelarias y acero: seguridad nacional a golpe de tarifa

Trump no se limitó a hablar de tipos. Volvió a defender su política arancelaria agresiva como pilar de la seguridad nacional. “Las tarifas nos han dado una seguridad nacional tremenda”, proclamó, añadiendo que podría haber impuesto gravámenes “mucho más altos” a otros países pero decidió “ser amable”. De paso, destacó que Estados Unidos produce hoy “más acero que Japón por primera vez en casi 30 años”.

El mensaje conecta con su visión del comercio internacional como partida de suma cero: si la industria estadounidense cae, es porque otros países “se han llevado” su producción. En ese marco, las tarifas son presentadas como herramienta legítima para “recuperar” empleo y músculo industrial, aunque el coste real lo acaben pagando consumidores y empresas que importan insumos más caros.

En paralelo, el presidente presumió en redes sociales de que podría recaudar “mucho más dinero” mediante nuevos aranceles “con un simple giro de bolígrafo”. El subtexto es evidente: el mismo instrumento que se usa para negociar con socios comerciales sirve también como fuente potencial de ingresos fiscales en un contexto de déficit creciente. Para los socios de Estados Unidos, el mensaje es poco tranquilizador: la política arancelaria se mantiene como arma disponible en cualquier momento.

Un S&P 7.000 que ya no se cree todos los milagros

En materia bursátil, Trump aprovechó la reunión de gabinete para celebrar que el S&P 500 había superado por primera vez los 7.000 puntos, algo “impensable hace un año”, y atribuir el hito a sus políticas. Sin embargo, el mercado se encargó de matizar el entusiasmo: a media jornada, el Dow Jones caía un 0,27%, el Nasdaq 100 se hundía un 1,72% y el propio S&P cedía en torno al 1%.

El contraste entre el discurso y la pantalla refleja un cambio de fase. Los inversores empiezan a preguntarse si la combinación de tipos aún altos, tensiones geopolíticas con Irán, Ucrania y Gaza, y beneficios muy concentrados en un puñado de tecnológicas justifica seguir pagando múltiplos crecientes. Cada nueva amenaza —o promesa— de la Casa Blanca añade capas de volatilidad a unos índices que ya cotizan con expectativas de perfección.

La consecuencia para el ahorrador es clara: el relato de un mercado que solo sube, y que lo hace como reflejo directo de la política presidencial, no encaja con la realidad de correcciones del 1%-2% en cuestión de horas cuando saltan titulares sobre Irán, Microsoft o la propia Fed.

Hamas, Kiev y Gaza: diplomacia personalizada con riesgo extremo

Si la agenda económica ya parecía cargada, la parte internacional añadió un grado más de controversia. Trump aseguró que Hamas estaría “a punto de desarmarse”, gracias a la estrategia de “paz a través de la fuerza” y a las gestiones de su enviado, Steven Witkoff, quien habló de estar en la “segunda fase” de negociaciones sobre la desmilitarización de Gaza. El presidente llegó a afirmar que el grupo islamista habría sido “un factor importante” en la liberación de rehenes y que ahora “no tiene otra opción” que entregar las armas.

En el frente ucraniano, el presidente se atribuyó una mediación directa con Vladimir Putin, a quien habría pedido no bombardear Kiev y otras ciudades durante una semana por las temperaturas extremas. “Muchos me dijeron que perdería el tiempo, que no conseguiría nada, y lo hizo”, explicó, añadiendo que Ucrania estaba “contenta” con la tregua temporal, aunque el país “lo está pasando muy mal”.

Este tipo de diplomacia personalista —en la que el presidente presenta las grandes crisis internacionales como resultado de llamadas telefónicas exitosas— puede reforzar su imagen ante parte de su electorado, pero deja a analistas y aliados europeos con más preguntas que respuestas: ¿qué compromisos hay detrás de esas concesiones puntuales? ¿Qué margen real tiene la Casa Blanca para garantizar que un gesto táctico de Moscú se convierta en un cambio estratégico en la guerra?

Apertura con Venezuela y sintonía con Sheinbaum

La jornada dejó también un capítulo de aparente distensión en América Latina. Trump anunció que Estados Unidos reabrirá “muy pronto” el espacio aéreo comercial sobre Venezuela, levantando las restricciones que obligaban a evitar la zona. Aseguró haber hablado con la presidenta interina Delcy Rodríguez y afirmó que los ciudadanos estadounidenses podrán viajar “con seguridad” al país, dando por hecho un mejor clima político entre Washington y Caracas.

En paralelo, el presidente calificó de “extremadamente buena” su conversación con la mandataria mexicana Claudia Sheinbaum, centrada en frontera, combate al narcotráfico y comercio. En su mensaje en Truth Social, la describió como “una líder maravillosa y muy inteligente” y anunció nuevas conversaciones y reuniones en ambos países.

Éxitos diplomáticos, apertura de rutas aéreas y retórica de cooperación contrastan, sin embargo, con la realidad de una región marcada por la inseguridad, los flujos migratorios y las tensiones comerciales. Para los mercados, el giro abre potenciales oportunidades en aerolíneas y turismo, pero también introduce una dosis adicional de incertidumbre regulatoria en uno de los entornos políticos más volátiles del continente.

Una agenda sin contrapesos que inquieta a los mercados

La suma de todos estos frentes —presión abierta sobre la Fed, reivindicación de la política arancelaria, exhibición de récords bursátiles, mediación personal en Ucrania y Gaza, gestos hacia Venezuela y México— dibuja la imagen de una presidencia hiperactiva y centralizada, en la que las instituciones independientes y los canales diplomáticos tradicionales quedan en segundo plano.

Para los inversores, el balance es ambiguo. Por un lado, tipos más bajos, impulso al acero y récords en el S&P 500 son ingredientes atractivos en el corto plazo. Por otro, la erosión de la independencia de la Fed, el uso intensivo de tarifas como herramienta de negociación y la apertura simultánea de múltiples frentes geopolíticos generan un ruido de fondo que se traduce en más volatilidad, no en más certidumbre.

Desde Europa, y muy particularmente desde España, la inquietud se mide en variables muy concretas: coste de financiación soberana, impacto de las tensiones comerciales sobre exportaciones, riesgo energético si se agrava la crisis con Irán y sensibilidad de la bolsa europea a los bandazos de Wall Street. El relato que hoy se construye en una reunión de gabinete en Washington acaba, inevitablemente, filtrándose a las carteras de un ahorrador de Valencia o Bilbao.

La cuestión, a medio plazo, es si los mercados seguirán celebrando una agenda tan personalista mientras los beneficios acompañen, o si empezarán a exigir instituciones fuertes y reglas claras como condición para seguir financiando a la primera economía del mundo sin exigir una prima creciente por el riesgo político.