Trump amenaza con sacar a EE.UU. de la OTAN
La crisis abierta por la guerra con Irán y el bloqueo de Ormuz eleva la tensión con Europa al punto de cuestionar la arquitectura de seguridad occidental.
La mera posibilidad de una salida de Estados Unidos de la OTAN ya no puede despacharse como una excentricidad retórica. Donald Trump aseguró en una entrevista publicada este miércoles 1 de abril que está “considerando seriamente” romper con la Alianza Atlántica tras el rechazo europeo a implicarse en la guerra con Irán. El problema no es solo militar. También es energético, jurídico y económico: el pulso coincide con la crisis del estrecho de Ormuz, por donde pasa en torno al 20% del consumo mundial de líquidos petrolíferos, y con un repunte del coste energético que amenaza con volver a golpear a Europa.
Un aviso que rompe un tabú
Trump ha vuelto a tocar el nervio más sensible de la seguridad transatlántica. Según el resumen de la entrevista difundido por varios medios, el presidente estadounidense describió a la OTAN como un “tigre de papel” y vinculó su enfado a la negativa de varios aliados a participar en una operación para reabrir el estrecho de Ormuz. También cargó contra Keir Starmer y ridiculizó la capacidad naval británica, en un momento en que Londres intenta pilotar una respuesta diplomática y marítima, pero sin entrar de lleno en la guerra. Este hecho revela algo más profundo que una simple discrepancia táctica: Washington ya no discute solo el reparto de costes, sino la propia utilidad política de la alianza si Europa no acompaña sus prioridades fuera del teatro atlántico.
OTAN, sí; guerra de Irán, no
Aquí aparece la primera gran clave jurídica y estratégica. La OTAN es una alianza defensiva de 32 países y su principio central, el artículo 5, establece que un ataque contra un aliado se considera un ataque contra todos. Pero esa cláusula no obliga a los miembros a entrar automáticamente en cualquier guerra emprendida por Washington, y menos aún en un conflicto como el de Irán, que no nace de un ataque directo contra territorio aliado en Europa o Norteamérica en los términos clásicos del Tratado. De hecho, la propia organización recuerda que el artículo 5 solo se ha activado una vez, tras el 11-S. El diagnóstico es inequívoco: que varios socios europeos se negaran a participar en la campaña contra Irán puede irritar a Trump, pero no constituye una quiebra formal de las obligaciones atlánticas.
Ormuz, el verdadero detonante
La disputa no se entiende sin mirar al mapa de la energía. El estrecho de Ormuz sigue siendo el cuello de botella más importante del planeta para el petróleo y el gas. En 2024 transitaron por allí 20 millones de barriles diarios, equivalentes a cerca del 20% del consumo mundial de productos petrolíferos, además de alrededor de una quinta parte del comercio global de gas natural licuado. Con la guerra, la presión sobre esa ruta disparó el precio del crudo, alteró el tráfico marítimo y empujó a Washington a exigir a sus aliados una implicación más directa. Trump ha trasladado una idea de enorme dureza: si Europa y Asia dependen de ese petróleo, deben asumir también el coste militar de garantizar su paso. La consecuencia es clara: el desacuerdo con la OTAN nace menos de la doctrina de defensa y más de una factura energética global.
Europa ya no es la de 2014
La tesis de Trump tropieza, además, con una realidad incómoda para su propio relato. En 2025, todos los aliados de la OTAN están ya en disposición de cumplir o superar el antiguo objetivo del 2% del PIB en defensa, frente a solo tres en 2014. NATO Europe and Canada alcanzó el 2,27% del PIB, mientras Estados Unidos se situó en el 3,22%. Aún más relevante: los aliados europeos y Canadá invirtieron 574.000 millones de dólares en defensa en 2025 y han más que duplicado su gasto en términos reales desde 2014. El contraste con la narrativa habitual de la Casa Blanca resulta demoledor. Europa sigue lejos de igualar el peso militar estadounidense, pero ya no puede describirse sin matices como un bloque que vive gratis bajo el paraguas de Washington. Lo que existe hoy es otra cosa: una divergencia estratégica sobre dónde y cuándo usar esa capacidad.
La salida no sería automática
Hay otro elemento que enfría el dramatismo inmediato sin eliminar el riesgo político. Desde 2023, una ley aprobada en Estados Unidos impide al presidente retirarse unilateralmente de la OTAN sin el aval de dos tercios del Senado o una ley específica del Congreso. En teoría, por tanto, Trump no puede liquidar la pertenencia estadounidense por simple decreto. Sin embargo, lo más grave no es el procedimiento formal, sino el daño previo. Un presidente decidido a vaciar de contenido la alianza puede bloquear decisiones, sembrar dudas sobre el compromiso de Washington, paralizar la planificación y erosionar el valor disuasorio de la OTAN mucho antes de una retirada efectiva. En seguridad, la incertidumbre también cuenta como coste. Y a veces cuenta casi tanto como la deserción.
El mensaje que recibe Moscú
La dimensión geopolítica de esta amenaza es todavía mayor si se proyecta sobre Rusia. Trump llegó a afirmar que Vladímir Putin sabe que la OTAN es un “tigre de papel”, una frase que, más allá de su carga retórica, transmite debilidad a la principal potencia revisionista del continente. La alianza ha sostenido durante décadas que su fuerza reside precisamente en la credibilidad de su compromiso colectivo. Si esa credibilidad se erosiona, el flanco oriental queda expuesto a un cálculo distinto en el Kremlin. No se trata solo de Ucrania. También de los bálticos, de Polonia, del mar Negro y de toda la cadena de disuasión que descansa sobre la presencia militar y nuclear de Estados Unidos. El efecto dominó que viene, si este discurso se consolida, no sería una salida inmediata de la OTAN, sino una alianza más insegura, más cara y menos previsible.
El golpe económico ya está aquí
Mientras tanto, la economía empieza a pagar la factura del desacoplamiento estratégico. El Brent llegó a caer temporalmente por debajo de los 100 dólares tras las señales de una posible desescalada, aunque cerró en 102,98 dólares, todavía en una zona muy elevada para una Europa dependiente de importaciones energéticas. La Comisión Europea ya ha advertido de que los precios no volverán a la normalidad de forma inmediata incluso aunque la guerra termine pronto. Según su cálculo, el conflicto ha elevado un 60% el precio del petróleo y un 70% el del gas, con 14.000 millones de euros adicionales en la factura fósil europea. Alemania, por ejemplo, ya ha recortado su previsión de crecimiento para 2026 al 0,6%. El contraste es brutal: mientras Trump exige apoyo militar, Europa mide el impacto en inflación, industria y poder adquisitivo.