Trump asegura que en Irán “no queda nada por bombardear”
El presidente da por casi concluida la campaña mientras Israel habla de guerra sin límite en plena crisis del Estrecho de Ormuz.
La guerra entre Estados Unidos e Irán entra en una fase peligrosa: la de la victoria proclamada desde el despacho mientras sobre el terreno siguen cayendo bombas. En una entrevista telefónica de apenas cinco minutos con Axios, el presidente estadounidense, Donald Trump, afirmó que el conflicto está “muy cerca de su final” porque, según él, hay “practically nothing left to target” en Irán.
«Little this and that… Any time I want it to end, it will end», añadió, en una frase que condensa su narrativa de control absoluto sobre una guerra que ya ha sacudido los mercados de energía y puesto al límite la seguridad en Oriente Medio.
Trump presumió además de la destrucción de 16 embarcaciones iraníes que se preparaban supuestamente para sembrar minas en el Estrecho de Ormuz, el paso por el que transita alrededor del 20% del petróleo mundial. Sin embargo, desde Israel, el ministro de Defensa, Israel Katz, respondía con un mensaje muy distinto: la campaña conjunta continuará «sin límite temporal» hasta lograr todos los objetivos. La brecha entre ambos discursos revela que, pese al triunfalismo de la Casa Blanca, la guerra dista de haber terminado.
Un mensaje de victoria anticipada
Las palabras de Trump encajan en un patrón conocido: anunciar una victoria casi total cuando aún quedan incógnitas críticas por despejar. Su afirmación de que hay “prácticamente nada que bombardear” sugiere que la mayoría de los grandes objetivos militares —bases aéreas, centros de mando, instalaciones de misiles— habrían sido ya alcanzados en una campaña que apenas supera las dos semanas de duración. Sobre el papel, el relato es impecable: guerra corta, daños masivos al adversario y control total del calendario.
Pero el propio diseño del poder militar iraní cuestiona esa lectura. El país lleva años invirtiendo en capacidades asimétricas y dispersas, precisamente para resistir a un ataque de alta intensidad: redes de misiles móviles, drones de bajo coste, milicias aliadas en la región y una flota de lanchas rápidas difícil de neutralizar por completo. Lo más grave es que, incluso aunque la infraestructura militar visible esté devastada, la capacidad de Irán para hostigar buques, lanzar ataques de represalia indirectos o desestabilizar a sus vecinos puede sobrevivir en células pequeñas y difíciles de localizar.
Cuando un presidente afirma que la guerra puede terminar “cuando él quiera”, el mensaje se dirige tanto a la opinión pública doméstica —cansada de conflictos interminables— como a los mercados. Sin embargo, la historia reciente de Estados Unidos demuestra que declarar el final de una guerra es mucho más sencillo que cerrarla realmente.
La batalla del Estrecho de Ormuz
El elemento central de esta fase del conflicto no está en el desierto iraní, sino en una estrecha franja de agua de apenas 50 kilómetros en su punto más angosto: el Estrecho de Ormuz. Trump aseguró que el martes las fuerzas estadounidenses destruyeron 16 barcos iraníes que se preparaban para colocar minas navales en la zona. El objetivo: evitar que Teherán bloquee el tránsito de crudo y gas de los grandes productores del Golfo.
Irán lleva décadas anunciando que, si se siente acorralado, puede “cerrar Ormuz”. Para ello no necesita una gran flota convencional, sino minas baratas, lanchas rápidas y misiles costeros. Se estima que dispone de varios miles de artefactos explosivos, capaces de convertir cualquier petrolero de 200.000 toneladas en un casco inutilizado en cuestión de segundos. La consecuencia es clara: aunque Estados Unidos destruya una parte de las plataformas minadoras, el mero riesgo percibido es suficiente para disparar las primas de seguro, desviar rutas y encarecer el transporte.
La destrucción de 16 embarcaciones reduce la capacidad operativa inmediata de Teherán, pero no elimina el problema de fondo. Basta con que uno o dos buques resulten dañados para que los precios del crudo vuelvan a dispararse por encima de los 90 o 100 dólares por barril. Por eso, pese al tono triunfalista de la Casa Blanca, los analistas de seguridad marítima insisten en que la batalla por Ormuz será, por definición, prolongada y de baja visibilidad.
Los números ocultos de la campaña
Mientras Trump subraya que la operación ha ido “más rápido de lo previsto” y ha causado “más daño del esperado”, la realidad es que no existe todavía un balance público y verificable de los efectos militares y humanos de la campaña. Fuentes de defensa hablan de centenares de objetivos alcanzados en todo el territorio iraní y de una tasa de éxito cercana al 80% en los ataques de precisión, pero reconocen que parte de la infraestructura puede ser reparada o sustituida en cuestión de meses.
En términos de coste, los cálculos preliminares apuntan a que cada semana de bombardeos y despliegue naval supone para Estados Unidos entre 4.000 y 6.000 millones de dólares, sumando municiones de alta tecnología, horas de vuelo, combustible y logística. A ello hay que añadir el impacto indirecto sobre el presupuesto por el aumento del precio del crudo y las necesidades de apoyo a aliados regionales. El contraste con el mensaje de “guerra corta y barata” resulta evidente.
Además, la opacidad sobre las bajas civiles y militares en Irán alimenta la percepción de un relato cuidadosamente controlado. En anteriores campañas, como en Irak o Siria, el desajuste entre las cifras oficiales y las estimaciones de organizaciones independientes llegó a superar el 200%. Este hecho revela que, aunque el Pentágono haya mejorado sus mecanismos de evaluación, la guerra informativa sigue siendo un frente tan relevante como el puramente militar.
Choque con el relato israelí
La frase de Israel Katz de que la campaña continuará “sin límite temporal” hasta cumplir todos los objetivos choca frontalmente con la narrativa de cierre inminente que transmite Trump. Para el ministro de Defensa israelí, la prioridad es desmantelar por completo la arquitectura regional de Irán: su programa de misiles, sus redes de milicias aliadas y su capacidad para reconstituir su fuerza militar en pocos años.
Este objetivo, por definición, exige un esfuerzo mucho más prolongado que el que la Casa Blanca parece dispuesta a vender a su opinión pública. La divergencia no es solo semántica: afecta al diseño de la operación. Mientras Washington enfatiza ataques de alta intensidad pero limitados en el tiempo, Israel presiona por mantener una campaña sostenida, incluso a costa de asumir un mayor desgaste diplomático y humanitario.
El contraste con otras regiones resulta demoledor: en anteriores conflictos, como la guerra de Gaza o las operaciones contra Hizbulá, las discrepancias entre Estados Unidos e Israel se ventilaban en privado. Ahora, en cambio, aparecen a plena luz en declaraciones públicas. El riesgo es que Teherán perciba este desencuentro como una oportunidad para resistir unos meses más, confiando en que las presiones internas en Washington acaben imponiendo una salida negociada menos dura de lo que hoy se proclama.
Riesgos para los mercados energéticos
Cada frase de Trump sobre Irán se traduce casi de inmediato en movimientos en los mercados. Desde el inicio de la ofensiva, el precio del Brent ha acumulado repuntes diarios que, en algunos momentos, han superado el 15% respecto al mes anterior, con oscilaciones bruscas cada vez que se menciona el Estrecho de Ormuz. Las aseguradoras marítimas ya han incrementado las primas para los buques que transitan la zona en más de un 30%, encareciendo de forma indirecta el coste final de la energía.
La consecuencia es clara: aunque no se produzca un corte total del suministro, los consumidores europeos y asiáticos se enfrentan a un nuevo shock de precios, en un contexto en el que la inflación apenas empezaba a remitir. Para países importadores netos de energía, un encarecimiento sostenido del crudo por encima de los 100 dólares puede detraer entre 0,5 y 1 punto de PIB en un año, vía aumento de costes para empresas y pérdida de renta disponible para los hogares.
El diagnóstico es inequívoco: la aparente fortaleza militar puede traducirse en vulnerabilidad macroeconómica si el conflicto se prolonga. Y es aquí donde el calendario que dibuja Trump —guerra corta, impacto limitado— tropieza con la realidad de unos mercados que descuentan precisamente lo contrario: un conflicto sin fecha clara de caducidad mientras no exista un acuerdo firme sobre la seguridad en Ormuz.