La Casa Blanca endurece el tono sobre el programa nuclear iraní mientras crecen las dudas sobre su alcance real y el riesgo de una escalada militar en Oriente Medio

Trump avisa a Irán: “Patrocinador número uno del terror”

Trump

La nueva advertencia de Donald Trump a Irán llega en el momento de mayor tensión estratégica desde la ruptura del acuerdo nuclear de 2015. En su último discurso sobre el Estado de la Unión, el presidente estadounidense afirmó que “Estados Unidos nunca permitirá que el patrocinador número uno del terror tenga un arma nuclear”, al tiempo que acusó a Teherán de desarrollar misiles capaces de alcanzar territorio norteamericano. El mensaje mezcla dos vectores explosivos —nuclear y balístico— sobre un país que ya acumula uranio enriquecido al 60 %, según el organismo nuclear de la ONU, pese a los bombardeos de 2025 contra instalaciones clave. Trump asegura que prefiere la vía diplomática, pero respalda esa declaración con portaaviones, cazas de quinta generación y un régimen de sanciones que asfixia la principal fuente de ingresos de la República Islámica: el petróleo.

Un mensaje calculado para dentro y fuera de Estados Unidos

La frase de Trump —“el patrocinador número uno del terror no tendrá nunca un arma nuclear”— no es nueva en su arsenal retórico, pero el contexto ha cambiado. Ahora se pronuncia tras una campaña de bombardeos sobre instalaciones en Fordow, Natanz o Esfahán y en medio de negociaciones discretas en Ginebra con delegaciones iraníes, lideradas por emisarios de confianza del presidente.

En el plano interno, el mensaje permite al republicano presentarse como garante de la seguridad nacional frente a un enemigo tradicional de la política exterior estadounidense. Pero a la vez envía una señal a Israel, a las monarquías del Golfo y a los socios europeos: Washington está dispuesto a seguir presionando a Teherán incluso si eso complica el cierre de un nuevo acuerdo.

Trump combina el lenguaje duro con un guiño explícito a la diplomacia. “Preferimos resolver esto por medios pacíficos”, subrayó, para inmediatamente recordar que dispone de “todas las opciones” sobre la mesa. Esa dualidad —amenaza militar e invitación a negociar— define una estrategia de máxima presión que ya demostró sus límites cuando la primera Administración Trump abandonó el pacto nuclear de 2015 y provocó, como respuesta, que Irán acelerara de nuevo su programa atómico.

El programa nuclear: del JCPOA a la era del uranio al 60 %

El acuerdo nuclear de 2015 (JCPOA) fijó límites estrictos al programa iraní: enriquecimiento de uranio máximo del 3,67 % durante 15 años, desmantelamiento de centrifugadoras y reconversión de la planta de Fordow en centro de investigación, entre otras restricciones. A cambio, Teherán obtenía un levantamiento gradual de sanciones y el regreso al sistema financiero internacional.

En 2018, Trump rompió unilateralmente el acuerdo y restableció las sanciones, alegando que el pacto era “débil” y no abordaba ni el programa de misiles ni el papel regional de Irán. Desde entonces, y especialmente tras la guerra con Israel en 2025, el régimen ha ido elevando el nivel de enriquecimiento hasta el 60 %, muy por encima del umbral civil y a pocos pasos técnicos del 90 % necesario para un arma nuclear.

Los inspectores del OIEA alertan de que gran parte del material nuclear sigue intacto pese a los ataques de EE. UU. e Israel y advierten de que, en un escenario sin controles, el tiempo de ruptura —el plazo para obtener material fisible suficiente para una bomba— podría reducirse a semanas. Este hecho revela la paradoja central de la estrategia de presión: cuanto más se debilita el marco de inspección, más difícil resulta verificar que Irán no cruza la línea roja.

Teherán insiste en que no busca el arma nuclear y que su programa tiene fines civiles y de disuasión. Sin embargo, la acumulación de uranio enriquecido y la opacidad creciente tras la salida del JCPOA alimentan la percepción de que el país se reserva la opción de convertirse en potencia umbral, capaz de fabricar un artefacto en poco tiempo si lo considera imprescindible.

Misiles de largo alcance: del Golfo Pérsico a un hipotético ICBM

La segunda pata de la advertencia de Trump apunta a los misiles. El presidente sostiene que Irán ya dispone de cohetes capaces de amenazar bases estadounidenses y ciudades europeas y que trabaja en sistemas que podrían “alcanzar pronto Estados Unidos”.

Los datos disponibles muestran que la República Islámica posee uno de los mayores arsenales de misiles de Oriente Medio, con más de 3.000 proyectiles balísticos y un abanico de alcances que supera los 2.000 kilómetros en varios modelos, suficiente para cubrir Israel, Arabia Saudí o el sureste europeo.

En los últimos meses, medios oficiales iraníes han llegado a presumir de un supuesto misil intercontinental con hasta 10.000–12.000 kilómetros de alcance, teóricamente capaz de golpear parte del territorio continental de EE. UU. Otros análisis, sin embargo, recuerdan que, a día de hoy, no hay pruebas concluyentes de que Teherán disponga de un ICBM plenamente operativo y señalan que los sistemas probados hasta ahora no han demostrado ese rango.

La consecuencia es un escenario de incertidumbre técnica pero de riesgo político muy real. Para Washington, la combinación de uranio enriquecido al 60 % y misiles de alcance creciente es inaceptable. Para Teherán, renunciar al vector balístico equivaldría a desmontar su principal capacidad de disuasión frente a adversarios mucho mejor armados. El choque es estructural.

Diplomacia bajo presión: negociaciones en Ginebra y portaaviones en el Mediterráneo

Trump insiste en que su prioridad es un “gran acuerdo” que incluya no solo el programa nuclear, sino también misiles y apoyo iraní a grupos armados en la región. Según fuentes diplomáticas, emisarios cercanos al presidente negocian en Ginebra mientras la maquinaria militar se despliega en paralelo.

En las últimas semanas, Estados Unidos ha desplegado más de 150 aeronaves de combate y apoyo en Europa y Oriente Medio, además de concentrar al menos dos grupos de portaaviones, encabezados por el USS Gerald R. Ford y el USS Abraham Lincoln. La acumulación recuerda a los prolegómenos de la invasión de Irak en 2003, aunque la Casa Blanca insiste en que el objetivo es presionar en la mesa de negociación, no lanzar una campaña terrestre.

Irán, por su parte, intenta proyectar normalidad y señala que está dispuesto a aceptar inspecciones adicionales si se garantiza el levantamiento efectivo de sanciones. Sin embargo, la desconfianza es mutua: en Teherán se percibe cualquier inspección como una puerta abierta a nuevos sabotajes, mientras que en Washington se teme que un acuerdo limitado repita, con peores condiciones, el esquema del JCPOA que Trump rompió en 2018.

El riesgo de error de cálculo es evidente. Un incidente en el Golfo, un ataque de milicias aliadas de Irán contra intereses occidentales o un fallo de comunicación podrían desencadenar una escalada que ninguno de los dos lados parece desear abiertamente, pero para la que ambos se preparan.

El impacto económico: petróleo, sanciones y la factura global

Más allá de la retórica, el pulso entre Washington y Teherán se libra también en los mercados de energía. Irán exporta en torno a 1,5–2 millones de barriles diarios de crudo, gran parte de ellos con descuento y a través de rutas opacas hacia refinerías chinas y asiáticas. Pese a las sanciones, sus ventas han alcanzado máximos de los últimos años, demostrando las dificultades de aplicar un embargo total.

Cada amenaza de nuevas restricciones o de ataque a infraestructuras petroleras se traduce de inmediato en el precio del barril. En los últimos días, el temor a un choque directo entre EE. UU. e Irán ha impulsado subidas superiores al 4 %, con el Brent rondando los 70 dólares y acumulando en torno a un 15 % de revalorización en lo que va de año, incluso en un contexto de holgura de oferta global.

Lo más grave es que un escenario de conflicto abierto o de bloqueo del Estrecho de Ormuz —por donde transita cerca del 20 % del crudo mundial— podría disparar los precios muy por encima de los niveles actuales y reavivar una ola inflacionista que los bancos centrales daban por controlada. El contraste con otras regiones resulta demoledor: mientras EE. UU. y algunos productores del Golfo disponen de capacidad de reserva para amortiguar un shock, Europa sigue siendo el eslabón más vulnerable de la cadena energética.

Al mismo tiempo, el endurecimiento de las sanciones secundarias que Trump amenaza con aplicar a países que compren petróleo iraní apunta directamente a China y a refinerías independientes que dependen del crudo barato de Teherán. El tablero energético se convierte así en un instrumento más de presión geopolítica.

Europa, entre la amenaza de misiles y la dependencia energética

Aunque el discurso de Trump se dirige principalmente a la audiencia norteamericana, Europa está en la línea de fuego. Las bases de la OTAN en Italia, Grecia o España, así como infraestructuras críticas en el Mediterráneo oriental, se encuentran dentro del radio de acción de buena parte del arsenal iraní de medio alcance.

Al mismo tiempo, la UE intenta mantener un hilo diplomático con Teherán para evitar el colapso total del régimen de no proliferación. Las capitales europeas son conscientes de que un Irán nuclear o casi nuclear, sumado a una guerra abierta en el Golfo, tendría un efecto dominó sobre precios energéticos, flujos migratorios y estabilidad política interna.

Sin embargo, la capacidad de Bruselas para influir en la estrategia estadounidense es limitada. La experiencia del JCPOA —que la UE consideraba un logro diplomático— y su posterior desmantelamiento unilateral por parte de Washington ha dejado cicatrices profundas. El diagnóstico es inequívoco: Europa paga el precio económico de las decisiones de seguridad que toman otros, con un margen de maniobra reducido.

En este contexto, las palabras de Trump sobre Irán no son solo un aviso a Teherán, sino también un recordatorio de la fragilidad de la arquitectura de seguridad europea, dependiente del paraguas estadounidense pero expuesta a las consecuencias de cada escalada en Oriente Medio.