Trump bate el récord de duración del State of the Union con 108 minutos
La noche en que Estados Unidos debía escuchar el tradicional balance del presidente sobre el estado del país se convirtió en un experimento de resistencia política y televisiva. Con 1 hora y 48 minutos de duración, Donald Trump firmó el State of the Union más largo de la historia, superando en unos veinte minutos el hito que Bill Clinton estableció en el año 2000 con su intervención de 1 hora y 28 minutos. No fue un exceso improvisado: el republicano ya había ensayado el formato un año antes, cuando habló durante 1 hora y 39 minutos ante una sesión conjunta del Congreso en 2025, un discurso que no se consideró formalmente State of the Union, pero que ya marcó un récord moderno. Ahora, con el país polarizado, una parte de la oposición ausente de la Cámara y unas encuestas que reflejan un malestar persistente, Trump opta por un mensaje desbordante, cargado de promesas, ataques y gestos simbólicos.
Un récord buscado milimétricamente
El dato es inequívoco: 108 minutos de discurso, 20 más que el récord de Clinton y ocho por encima de la ya interminable alocución de 2025. Trump convierte así la duración en un mensaje político en sí mismo. No se trata solo de informar al Congreso, como exige la Constitución, sino de demostrar fuerza, resistencia y centralidad mediática. En un escenario en el que cada gesto se mide al segundo, hablar más tiempo que cualquier antecesor es una forma de reivindicar liderazgo frente a la historia.
Este hecho revela una estrategia comunicativa muy clara: convertir el State of the Union en un evento de máxima exposición personal. Trump ya se había acostumbrado a discursos más largos que la media en su primer mandato, pero ahora consolida una tendencia que rompe con la tradición de intervenciones de entre 50 y 70 minutos que dominaron buena parte de las últimas décadas.
Lo más significativo es que el presidente no solo rompe un récord técnico; manda también un mensaje interno. A su propia base le indica que sigue teniendo energía y control del escenario. A sus rivales les lanza un aviso: mientras ellos critican, él ocupa durante casi dos horas el centro del espacio político y mediático del país.
Un formato cada vez más largo y más televisivo
El récord de Trump no puede entenderse sin el propio formato del State of the Union moderno. El discurso de 2026 rozó las 9.900 palabras, unos 700 más que el ya extenso mensaje de Joe Biden en 2023, según los recuentos de medios estadounidenses. Pero la duración no depende solo del texto: las ovaciones de pie de los republicanos, las interrupciones, los abucheos aislados y los momentos coreografiados para las cámaras alargan cada minuto.
Desde la presidencia de Clinton, el State of the Union se ha ido transformando en un híbrido entre informe institucional y programa de televisión en directo. La escenografía –invitados en la tribuna, planos cerrados de congresistas aplaudiendo o negando con la cabeza, guiños a la galería– responde a la lógica del prime time. Trump la lleva al límite: cada frase parece pensada para los cortes de vídeo que se viralizarán después en redes, más que para convencer a la minoría demócrata que permanece en la sala.
El contraste con los tiempos en que algunos presidentes enviaban el mensaje por escrito al Congreso, con textos técnicamente más largos pero sin impacto televisivo, resulta demoledor. Hoy el poder no reside en el número de páginas, sino en la imagen de un presidente hablando sin descanso durante casi dos horas, dueño absoluto del plano.
Economía, ‘edad dorada’ y datos disputados
Aunque el récord lo marque el reloj, el núcleo del discurso fue económico. Trump describió una “edad dorada” de prosperidad y aseguró que su administración ha logrado reducir la inflación, bajar el precio de la gasolina y de los alimentos y crear empleo “solo en el sector privado”. Sin embargo, buena parte de esas afirmaciones chocan con los datos oficiales, que muestran una realidad más matizada y, en algunos casos, abiertamente contradictoria.
El presidente presentó iniciativas como la supresión de ciertas compensaciones a grandes corporaciones para redirigir esos recursos directamente a los hogares, o la promesa de frenar la subida de las facturas eléctricas, incluso limitando el consumo energético de centros de datos de inteligencia artificial. El diagnóstico que plantea es claro: las familias soportan el peso de la transición tecnológica y energética, y el Gobierno se presenta como su escudo.
La consecuencia es doble. Por un lado, el discurso consolida a Trump como narrador de una economía que él define como “rescatada” tras los años de Biden. Por otro, refuerza la brecha entre percepción y estadística: mientras el presidente habla de récords de empleo y prosperidad, alrededor de un 60 % de los ciudadanos declara en encuestas recientes sentirse peor o igual que hace un año en términos económicos, según distintos sondeos publicados en las últimas semanas. El choque entre relato y bolsillo será uno de los ejes de la campaña.
Inmigración, enemigos y la política del miedo
Si la economía centró el inicio del mensaje, la parte más incendiaria se reservó para la inmigración y la política exterior. Trump dedicó largos pasajes a construir la imagen de una frontera desbordada y de un país amenazado por enemigos externos, con especial énfasis en Irán, y por supuestos “enemigos internos” vinculados a la delincuencia y al terrorismo.
La retórica, lejos de rebajarse en un discurso de Estado, se intensificó. El presidente atacó a los demócratas por su resistencia a sus medidas migratorias, acusó a determinados colectivos –incluidos inmigrantes somalíes– de poner en riesgo la seguridad nacional y presentó su agenda como la única barrera frente al caos. En paralelo, reivindicó operaciones militares recientes y la captura del líder venezolano Nicolás Maduro como prueba de firmeza en política exterior.
El diagnóstico es inequívoco: el State of the Union se consolida como herramienta de polarización, no de búsqueda de consensos. El contraste con los discursos de otros presidentes, que aprovechaban la cita para anunciar grandes pactos bipartidistas, resulta evidente. Trump no tiende puentes; marca trincheras.
Una oposición ausente y un país partido en dos
La puesta en escena del hemiciclo condensó la fractura política del país. Aproximadamente la mitad de los congresistas demócratas optó por boicotear el acto, mientras otros abandonaron la sala durante el discurso o se limitaron a escuchar en silencio, sin aplaudir los pasajes que la bancada republicana celebraba de pie.
Uno de los momentos más tensos llegó con la expulsión del congresista demócrata Al Green, que mostró un cartel de protesta relacionado con un vídeo de contenido racista difundido por Trump. La escena, retransmitida en directo, subrayó hasta qué punto el State of the Union ya no es solo un informe presidencial, sino un escenario de confrontación simbólica.
Mientras tanto, la réplica oficial de los demócratas, a cargo de la gobernadora de Virginia Abigail Spanberger, se centró en la economía real de las familias, el coste de la vivienda y los medicamentos, y la dureza de las políticas migratorias del presidente. Spanberger cuestionó si Trump está gobernando “para el país o para su propia base”. El resultado de la noche fue nítido: dos relatos paralelos sobre Estados Unidos que apenas se rozan.
Lo que revela la longitud del discurso
Detrás de los 108 minutos hay una tendencia de fondo. En las últimas décadas, los discursos del Estado de la Unión han ido ampliando su duración, empujados por la lógica mediática y por la creciente lista de temas que los presidentes buscan abordar. Pero Trump lleva esa dinámica a un extremo que plantea dudas sobre el propio sentido del formato.
Un discurso tan largo favorece la acumulación de anuncios –muchos de ellos sin concreción legislativa ni respaldo presupuestario– y complica la rendición de cuentas. Para la audiencia, el mensaje se fragmenta en una sucesión de momentos virales: una frase contundente, un invitado homenajeado, un ataque al Tribunal Supremo o a la oposición. La atención se desplaza del contenido a la escena.
Históricamente, otros presidentes han optado por intervenciones mucho más breves o incluso por informes escritos, que superaban ampliamente las 10.000 palabras pero no exigían al país permanecer frente al televisor casi dos horas. La consecuencia es clara: el State of the Union de Trump simboliza un sistema político donde la forma –el espectáculo– se impone sobre el fondo.