Trump abre la puerta a María Corina Machado en la transición venezolana
Donald Trump sorprende con una nueva postura hacia Venezuela al invitar a María Corina Machado a participar en la gestión de transición, marcando un giro en la política internacional alrededor del país sudamericano.
La política venezolana, ya sacudida por la captura de Nicolás Maduro y la conformación de una administración interina, suma ahora un giro inesperado: Donald Trump ha mostrado su disposición a incluir a María Corina Machado en el proceso de transición hacia un nuevo gobierno en Caracas. La líder opositora, ganadora del Premio Nobel de la Paz y hasta hace poco orillada del esquema negociador, irrumpe de nuevo en el tablero con el respaldo explícito del mandatario estadounidense.
En una entrevista con Fox News, Trump la calificó como una persona “muy agradable” y deslizó que podría reunirse con ella en Washington el 13 o 14 de enero, una cita que, de materializarse, reordenaría prioridades y alianzas en torno al futuro político de Venezuela.
Detrás del guiño personal late un cálculo de poder mucho más profundo: Washington explora un nuevo equilibrio entre la administración interina de Delcy Rodríguez, la oposición tradicional y los actores regionales, con la vista puesta en el control de la mayor reserva de petróleo del planeta y en la estabilidad del Caribe.
Hasta hace pocas semanas, María Corina Machado parecía relegada a un papel secundario en los planes de transición diseñados a varias bandas entre Washington, la administración interina de Caracas y gobiernos aliados de la región. La lógica dominante pasaba por interlocutores considerados “gestionables” desde el punto de vista institucional, pese a tener menos arraigo simbólico en la oposición histórica.
El gesto de Trump rompe ese esquema. Que el principal impulsor de la estrategia de “máxima presión” hacia el chavismo reconozca ahora el peso de Machado y anuncie una cita en la capital estadounidense equivale a darle un “pasaporte político” de primera categoría en la arquitectura de la transición.
Aunque el expresidente adorna la invitación con una condición irónica —“tendré que pedirle que devuelva su Nobel de la Paz”—, los analistas lo leen como lo que es: una invitación en toda regla a ocupar un lugar en la mesa donde se decidirán los próximos pasos. Para la oposición venezolana, fragmentada y erosionada, esto se traduce en un nuevo centro de gravedad difícil de ignorar.
De la exclusión táctica a la rehabilitación estratégica
La exclusión de Machado del diseño inicial de la transición respondía a varios factores. En primer lugar, su trayectoria confrontacional con el chavismo y su discurso nítidamente liberal hacían temer un choque inmediato con sectores todavía incrustados en el aparato del Estado venezolano. En segundo término, su figura incomodaba a determinados aliados regionales que preferían líderes más “modulados” en el relato ideológico.
La administración interina encabezada por Delcy Rodríguez, apoyada por Washington tras la captura de Maduro, apostaba por minimizar el peso de liderazgos considerados “incontrolables” para no añadir más pólvora a un proceso ya explosivo. El resultado fue una especie de veto implícito a Machado en las conversaciones de alto nivel.
El anuncio de Trump corrige ese trazado. Al abrir la puerta a una reunión formal en Washington, envía un mensaje doble: por un lado, reconoce el capital político y simbólico de la opositora, reforzado tras la concesión del Nobel; por otro, lanza una advertencia silenciosa a quienes creían que el guion de la transición estaba blindado. A partir de ahora, cualquier hoja de ruta que no la incluya corre el riesgo de nacer coja ante la opinión pública internacional.
Washington, realpolitik y el uso del Nobel como moneda simbólica
El guiño de Trump al Premio Nobel de la Paz de Machado no es un mero chascarrillo. El mandatario lleva años utilizando los galardones internacionales como termómetro de legitimidad y herramienta de relato, tanto para sus aliados como para sí mismo. Colocar el Nobel en el centro de la conversación le permite, al mismo tiempo, subrayar la dimensión moral de la figura de Machado y relativizarla con su estilo característico.
Ese juego tiene una lectura clara en términos de realpolitik. Estados Unidos busca articular una transición venezolana que combine legitimidad externa, viabilidad interna y estabilidad económica mínima. Para ello necesita figuras que, como Machado, puedan aglutinar apoyo en sectores de la diáspora, el tejido empresarial y parte de la clase media urbana, sin dinamitar de inmediato los puentes con estructuras aún controladas por el viejo régimen.
El Nobel funciona como sello internacional de respetabilidad, útil a ojos de Europa y de organismos multilaterales; la bendición televisada de Trump, como llave de acceso al núcleo duro de la estrategia estadounidense. La combinación de ambos factores convierte a Machado en un activo demasiado valioso como para dejarlo al margen.
Tensión con la administración interina y el chavismo residual
La otra cara de este movimiento es el impacto que puede generar en la arquitectura institucional provisional. La administración de Delcy Rodríguez, legitimada a regañadientes por una parte de la comunidad internacional tras la operación que sacó a Maduro del poder, ve ahora cómo se abre un segundo canal de interlocución de alto nivel.
A corto plazo, esto puede traducirse en fricciones internas: reparto de cargos en un eventual gobierno de unidad, prioridades en materia económica, relación con las Fuerzas Armadas y gestión de la justicia transicional. Ninguna de estas cuestiones es menor, y todas se complican si se incorpora a una figura con perfil propio, agenda propia y respaldo externo creciente.
Desde el lado chavista residual —cuadros que aún manejan palancas clave en empresas públicas, gobernaciones y estructuras armadas—, la señal es aún más inquietante. La entrada de Machado en el circuito de negociación alimenta el temor a una “vuelta de tuerca” liberal en la reconstrucción económica, con privatizaciones selectivas, revisión de subsidios y un reposicionamiento del sector privado nacional e internacional.
El impacto en la oposición y la diáspora venezolana
El anuncio de la posible reunión en Washington también reconfigura el mapa de la oposición venezolana en el exilio. Buena parte de la diáspora, dispersa entre Estados Unidos, España, Colombia y otros países de la región, veía con frustración cómo los grandes acuerdos se cocinaban sin figuras que consideraban genuinamente representativas de su lucha de años.
La posible incorporación de Machado a la primera línea negociadora puede actuar como catalizador de nuevas alianzas entre plataformas opositoras, organizaciones de la sociedad civil y grupos empresariales de origen venezolano. A la vez, plantea un reto: evitar que la pugna por cuotas de poder diluya la oportunidad de una transición más ordenada.
En términos de opinión pública, la narrativa de una Nobel de la Paz sentada en la Casa Blanca para hablar del futuro de su país tiene un enorme potencial simbólico. Puede ayudar a reencuadrar la crisis venezolana como un caso no solo de colapso institucional, sino de resistencia democrática reconocida internacionalmente, algo que podría traducirse en mayor apoyo financiero y político.
Las incógnitas regionales: Brasil, Colombia, México y la UE
La jugada de Trump no se produce en el vacío. En paralelo, España, Brasil, México y Colombia han tratado de articular una posición común que priorice una transición liderada desde dentro, recelando de imposiciones unilaterales de Washington. La irrupción de Machado en el primer plano, de la mano del expresidente estadounidense, reabre un debate incómodo: ¿quién diseña realmente la hoja de ruta venezolana?
Para gobiernos que han mantenido canales abiertos tanto con la administración interina como con sectores de la oposición, este movimiento les obliga a recalibrar su agenda de contactos. Bruselas, por su parte, podría ver en la figura de Machado una oportunidad de alinear el discurso de derechos humanos con la estrategia energética, tras años de equilibrio difícil entre los principios y la necesidad de diversificar suministros.
La clave estará en si Trump y su entorno convierten la reunión del 13–14 de enero en un evento puramente doméstico, pensado para consumo electoral interno, o en la piedra angular de una nueva coalición internacional en torno a la transición venezolana.
¿Hacia una nueva arquitectura de poder en Caracas?
La gran pregunta es qué papel concreto podría desempeñar María Corina Machado en un eventual nuevo gobierno. Las opciones van desde un rol institucional de alto rango —vicepresidencia, cartera económica o de relaciones exteriores— hasta una figura más transversal, encargada de pilotar reformas clave y garantizar compromisos con la comunidad internacional.
En cualquier caso, su inclusión formal implicaría revisar equilibrios internos, tanto en el bloque opositor como en la propia administración interina. Y, sobre todo, obligaría a aterrizar en políticas concretas cuestiones que hasta ahora se han quedado en enunciados: reforma del sector petrolero, mezcla de capital público y privado, garantías de seguridad jurídica, cronograma electoral y gestión de responsabilidades penales del pasado.
Los analistas coinciden en que la puerta abierta por Trump no garantiza nada por sí sola, pero sí marca un cambio de fase. La transición venezolana deja de ser una conversación entre tecnócratas y diplomáticos para incorporar, por fin, a una líder que ha construido su legitimidad en el terreno, en la persecución y en el reconocimiento internacional.