Trump combina ‘gran armada’ y aranceles del 25% contra Irán
Primero fue la amenaza militar, luego el golpe económico y, de fondo, la campaña permanente. Donald Trump ha anunciado el envío de una “big armada” hacia Oriente Medio, ha firmado un arancel del 25% contra cualquier país que comercie con Irán y ha advertido de que las consecuencias serán “muy severas” si Teherán no acepta un acuerdo. Todo ello, mientras presume del Dow Jones en 50.000 puntos “tres años antes de lo previsto” y rechaza pedir perdón por un vídeo en el que Barack y Michelle Obama aparecen representados como simios.
En paralelo, Reino Unido ha desplegado seis cazas F-35B en su base de Akrotiri (Chipre) para reforzar sus defensas ante una posible escalada en la región, sumándose a los Typhoon ya presentes en la zona. La tensión militar crece al mismo tiempo que se reabren conversaciones nucleares en Omán.
La estrategia es inequívoca: presión máxima en tres frentes —militar, comercial y comunicativo—. El riesgo, también: que esta mezcla de armadas, aranceles y guerra cultural termine empujando al sistema internacional hacia un punto de difícil retorno. La pregunta es cuánta tensión más puede absorber el tablero sin que salten las costuras.
Escalada en tres frentes
Las últimas 24 horas han condensado la esencia de la doctrina Trump. Por un lado, discurso de fuerza ante Irán, con la promesa de un gran despliegue naval y la advertencia de que “las consecuencias serán muy pronunciadas” si no hay acuerdo. Por otro, una orden ejecutiva que impone un arancel del 25% a “cualquier país” que compre bienes o servicios a Teherán, un paso que extiende el conflicto más allá del eje Washington–Teherán e involucra de lleno a terceros actores.
Al mismo tiempo, el presidente introduce en la ecuación la variable interna: usa el récord del Dow Jones por encima de los 50.000 puntos para reforzar su relato económico y advertir que los demócratas “hundirán la economía” si llegan al poder. A ello se suma su negativa a disculparse por el polémico vídeo de los Obama, que reabre la batalla cultural en pleno contexto de crisis internacional.
Este hecho revela un patrón: la política exterior se comunica y se vende como si fuera campaña electoral permanente. La línea que separa las decisiones estratégicas de los mensajes dirigidos a la base se difumina, elevando el riesgo de que cada gesto hacia fuera esté condicionado por el impacto hacia dentro.
La ‘gran armada’ y el mensaje a Teherán
Trump ha insistido en que una “big armada” se dirige hacia Oriente Medio y llegará “pretty soon”. No es la primera vez que recurre a este lenguaje, pero el momento es clave: se produce mientras se desarrollan nuevas conversaciones nucleares con Irán en Omán y tras asegurar que Teherán “quiere un acuerdo muy desesperadamente” y que ahora estaría dispuesto a ofrecer “mucho más que hace un año o año y medio”.
La combinación de negociación en la mesa y demostración de fuerza en el mar forma parte de la estrategia clásica de presión máxima. Trump recuerda que en la ocasión anterior “decidieron quizá no hacerlo” —en referencia a los contactos fallidos— y deja caer que esta vez podría ser distinto, si Irán percibe que el coste de no pactar es demasiado alto.
El riesgo evidente es el de siempre: que un incidente menor, un error de cálculo o un choque entre fuerzas en la zona convierta la presión en conflicto abierto. Lo que hoy se presenta como “palanca negociadora” puede mañana convertirse en detonante, especialmente en un entorno saturado de actores —milicias, Estados, potencias regionales— con agendas propias y líneas rojas poco claras.
Arancel del 25%: castigo también a terceros
La pieza más disruptiva del paquete es la orden ejecutiva que impone un arancel del 25% a “cualquier país” que directa o indirectamente compre, importe o adquiera bienes y servicios de Irán. No se trata solo de sancionar a Teherán, sino de penalizar a quienes sigan haciendo negocios con el país, desde compradores de petróleo hasta empresas de servicios.
La medida golpea de forma particular a socios que han intentado mantener cierto equilibrio, como China, gran importador de crudo iraní, pero también lanza un mensaje al resto de potencias: alinearse con Washington tiene premio; insistir en una vía autónoma con Teherán puede tener un coste económico directo. Trump se reserva, además, la posibilidad de modificar el arancel si otros países responden con represalias, lo que abre la puerta a una espiral de contramedidas difícil de controlar.
La consecuencia es clara: la política hacia Irán se convierte en prueba de lealtad económica. Países que hasta ahora intentaban navegar entre sanciones estadounidenses y acuerdos comerciales con Teherán deberán elegir. Y, en muchos casos, la elección se hará no tanto por afinidad política como por cálculo frío de coste-beneficio.
Londres mueve ficha en el Mediterráneo oriental
El movimiento no es solo estadounidense. En pleno aumento de tensión, Reino Unido ha desplegado seis cazas F-35B en la base de Akrotiri, en Chipre, para reforzar la defensa de la instalación ante una eventual degradación de la seguridad regional. Estos aparatos se suman a los Typhoon ya estacionados allí y a los que Londres ha enviado también recientemente a Qatar a petición de su Gobierno.
El despliegue británico subraya dos ideas. La primera, que Europa sigue dependiendo en gran medida del paraguas militar anglosajón cuando la tensión en Oriente Medio se dispara. La segunda, que el Mediterráneo oriental se consolida como espacio clave de proyección de poder, donde coinciden intereses energéticos, rutas comerciales y bases estratégicas.
Mientras Washington marca el tono de la escalada con su armada y sus aranceles, Londres intenta anticiparse a escenarios de contagio: ataques a instalaciones, cierres temporales de rutas aéreas o riesgos indirectos para aliados regionales. El resultado es un refuerzo visible de la huella militar occidental en la zona justo cuando se multiplican los focos de fricción.
El Dow 50.000 convertido en eslogan de campaña
En mitad de este contexto, Trump no pierde de vista el tablero interno. El mismo día en que se anuncia la “gran armada” y el arancel del 25%, el presidente celebra que el Dow Jones haya superado los 50.000 puntos “tres años antes de lo previsto” y recuerda que los “expertos” le dijeron que, si alcanzaba esa cifra al final de su mandato, habría hecho “un gran trabajo”. Ahora, subraya, el hito se ha logrado ya, y pide a los votantes que lo tengan en cuenta de cara a las elecciones de mitad de mandato.
El mensaje está calibrado: si la bolsa sube, es prueba de éxito de su agenda; si cae, será culpa de los demócratas o de quienes frenen sus políticas, desde el Congreso hasta el Tribunal Supremo. La economía se convierte así en un arma de campaña más, aunque la realidad sobre el terreno —distribución de la riqueza, salarios, inflación— sea mucho más compleja que un índice bursátil en máximos.
Lo más revelador es el contraste: mientras la Casa Blanca despliega armadas y aranceles en el exterior, la narrativa interna se apoya en gráficos alcistas y en la advertencia de que “los demócratas hundirán la economía”. La interdependencia entre ambos planos —guerra comercial, confianza de mercado, inversión— apenas se menciona en público, pero será decisiva si la tensión internacional se traduce en volatilidad financiera.
El vídeo de los Obama y la guerra cultural permanente
En paralelo a la escalada con Irán, Trump ha tenido que responder de nuevo por el vídeo en el que Barack y Michelle Obama aparecen representados como simios en una pieza sobre supuestas irregularidades en las elecciones de 2020 en Georgia. Pese a la polémica y a que el contenido fue eliminado tras unas 12 horas en su perfil de Truth Social, el presidente ha dejado claro que no se disculpará.
Su defensa se sustenta en un matiz: asegura que solo vio la primera parte del vídeo, centrada en el fraude electoral, y que desconocía la imagen final. “No vi el vídeo entero. Por lo que he oído, había al final una imagen que a la gente no le gusta. A mí tampoco me gustaría”, ha dicho. La Casa Blanca mantiene la versión de que fue un “error” de un miembro del equipo, pero el episodio encaja en una larga serie de controversias similares.
El resultado es doble. Por un lado, reabre el debate sobre los límites del discurso presidencial en materia racial, en un país donde el legado de la segregación sigue siendo una herida abierta. Por otro, refuerza la narrativa de guerra cultural permanente que mantiene movilizada a la base más fiel de Trump. Incluso en medio de una crisis internacional, el presidente sigue dispuesto a invertir capital político en este tipo de pulsos simbólicos.
Riesgos de una estrategia de presión total
La combinación de armada, aranceles y retórica maximalista tiene un efecto a corto plazo: proyecta la imagen de una presidencia que no rehúye el uso de todas las herramientas disponibles para lograr sus objetivos. Pero a medio plazo, eleva de forma significativa el riesgo de error de cálculo.
Militarmente, un despliegue de grandes grupos navales en zonas sensibles nunca está exento de incidentes. Económicamente, un arancel del 25% a terceros países por comerciar con Irán puede generar respuestas en cadena, desde represalias directas hasta la búsqueda acelerada de alternativas financieras que reduzcan la exposición al dólar. Políticamente, el uso de la economía y de la cultura como armas puede profundizar la polarización interna e internacional, dificultando acuerdos incluso cuando todas las partes declaran quererlos.
El diagnóstico es nítido: una estrategia de presión total maximiza también el margen para que cualquier chispa provoque un incendio mayor de lo previsto. Irán puede ceder en parte, resistir o responder de forma asimétrica; aliados como Reino Unido refuerzan posiciones, pero no controlan todos los factores; potencias como China pueden decidir hasta dónde aceptar el coste de alinearse o desafiar las sanciones. El margen de maniobra existe, pero se estrecha.
Trump ha anunciado que las partes volverán a reunirse a comienzos de la próxima semana y ha repetido que Irán “quiere un acuerdo, y debería quererlo”. Si las conversaciones en Omán avanzan, la armada y los aranceles podrían convertirse en moneda de cambio para una rebaja gradual de la tensión: levantamiento parcial de sanciones, límites verificables al programa nuclear, garantías de seguridad.
El escenario alternativo es menos benigno. Si Teherán percibe que ceder significaría simplemente legitimar una política de presión indefinida, puede optar por aguantar, buscar apoyos en otros bloques y responder de forma indirecta, desde ataques a intereses occidentales a movimientos en el estrecho de Ormuz. En ese contexto, cada buque, cada caza y cada orden ejecutiva añade una pieza a un puzzle de estabilidad cada vez más precaria.
Para Europa, y por extensión para España, la posición es incómoda. Depende de la seguridad proporcionada por Estados Unidos y Reino Unido, sufre el impacto de cualquier subida del precio del crudo y mantiene intereses comerciales con la región. La escalada actual es, por tanto, algo más que una disputa lejana: es un test de hasta dónde puede llegar la política de presión máxima de Trump sin desencadenar un shock que acabe golpeando de lleno a la economía global.