Trump comparte con Netanyahu el fin de la guerra con Irán

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El presidente de EEUU admite que la decisión será “mutua… un poco” mientras la ofensiva conjunta dispara el petróleo por encima de los 100 dólares y sacude la economía global.

La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán ha entrado en una fase todavía más delicada. El presidente Donald Trump ha asegurado que la decisión de poner fin a la campaña militar será “mutual… a little bit” con el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, en una entrevista con The Times of Israel que revela hasta qué punto el desenlace del conflicto se está cocinando a dúo entre Washington y Jerusalén.

La ofensiva, iniciada el 28 de febrero con ataques conjuntos que acabaron con la vida del líder supremo Ali Jamenei y golpearon instalaciones nucleares clave, ha provocado una cascada de represalias iraníes y ataques cruzados por toda la región.

Mientras tanto, el cierre de facto del estrecho de Ormuz y los daños sobre infraestructuras energéticas han llevado el precio del petróleo por encima de los 100 dólares por barril, alimentando un nuevo shock inflacionista cuando la economía global apenas empezaba a estabilizarse.

Trump insiste en que Irán “estaba a punto de destruir Israel y todo lo que le rodea” y que ahora “está siendo destruido” por los bombardeos, al tiempo que sugiere que Israel no necesitará seguir lanzando ataques aéreos una vez que Washington considere cumplidos sus objetivos.

Una frase que reabre el debate sobre quién manda en la guerra

La frase de Trump parece improvisada, pero pone negro sobre blanco una realidad incómoda: el fin de la guerra contra Irán no será una decisión puramente estadounidense. Preguntado sobre si él decidirá en solitario cuándo termina el conflicto o si Netanyahu tendrá voz, el presidente respondió: «I think it’s mutual… a little bit. We’ve been talking».

En términos formales, el comandante en jefe de las fuerzas estadounidenses mantiene la última palabra. Sin embargo, el mensaje político es otro: Estados Unidos comparte con Israel la responsabilidad —y el coste— de cuándo levantar el pie del acelerador. Para Netanyahu, que ha defendido durante años la necesidad de atacar las instalaciones nucleares iraníes, la declaración supone un aval público a su influencia en la sala de decisiones de Washington.

Lo más grave es que esta “mutualidad” llega después de que la campaña haya traspasado líneas rojas históricas: la eliminación del líder supremo iraní y los ataques coordinados a infraestructuras estratégicas. Convertir el fin de la guerra en un pacto a dos no solo complica una salida negociada con Teherán, sino que añade una dimensión electoral: ambos líderes tendrán en cuenta sus propios calendarios políticos —las midterms de 2026 en EEUU y la frágil coalición de Netanyahu— a la hora de decidir cuándo es “el momento adecuado” para parar.

De los ataques del 28-F a la “destrucción” de Irán

La ofensiva actual es el clímax de una escalada larvada desde hace años. El 28 de febrero de 2026, bombarderos estadounidenses e israelíes golpearon simultáneamente varios complejos nucleares y militares iraníes, en una operación que mató a Ali Jamenei y abrió una sucesión relámpago que colocó a su hijo Mojtaba al frente de la República Islámica.

Trump presentó aquellos ataques como un movimiento “preventivo” para neutralizar una amenaza inminente, repitiendo el guion de que Irán estaba a meses de disponer de capacidad nuclear operativa. Netanyahu, por su parte, sostuvo que la campaña abría “una oportunidad histórica” para un cambio de régimen en Teherán.

Desde entonces, Israel ha ampliado sus operaciones a objetivos en Beirut y en el interior de Irán, mientras Teherán ha respondido con salvas de misiles y drones contra Israel y bases vinculadas a EEUU en el Golfo.
Trump asegura ahora que Irán “está siendo destruido” y que las cosas “solo van a ir a peor” para el régimen, al tiempo que estima que, una vez que Estados Unidos detenga sus ataques, Israel no necesitará seguir bombardeando. La paradoja es evidente: el presidente vende una victoria casi total mientras otorga a Netanyahu un papel explícito en el freno final.

El diagnóstico es inequívoco: Washington y Jerusalén comparten el mando, pero no necesariamente los mismos incentivos sobre cuánto tiempo debe prolongarse la campaña.

Netanyahu gana peso en la sala de situación

Las palabras de Trump consolidan algo que el propio Netanyahu lleva meses trabajando: presentarse como coprotagonista imprescindible de la estrategia occidental frente a Irán. En entrevistas recientes, el primer ministro ha insistido en que Israel está “muy, muy cerca” de lograr sus objetivos militares en territorio iraní y ha prometido no aceptar una “guerra de desgaste” que deje intactas capacidades clave de Teherán.

Netanyahu ha defendido el conflicto no solo como un golpe defensivo, sino como una oportunidad para que “el pueblo iraní derribe a la República Islámica”, en un mensaje dirigido a la vez a audiencias israelíes, iraníes y occidentales.
En el plano interno, la guerra le permite recomponer apoyos tras años de crisis políticas, protestas por la reforma judicial y críticas por la gestión de los conflictos en Gaza y Líbano.

La consecuencia es clara: cuanto más se personaliza la ofensiva en la figura de Netanyahu, más difícil será para él aceptar un alto el fuego que no parezca una derrota contundente del régimen iraní. Y si Trump ha explicitado que el final de la guerra será “mutuo”, el riesgo es que la parte israelí empuje por prolongar los ataques para consolidar objetivos políticos y militares que vayan más allá de los intereses inmediatos de Estados Unidos.

El contraste con otras alianzas militares resulta demoledor: en conflictos anteriores, Washington intentó mantener un margen claro de autonomía frente a sus socios; ahora, el propio presidente airea una cogestión que puede complicar cualquier negociación futura.

El petróleo por encima de 100 dólares y el estrecho de Ormuz bloqueado

Mientras Trump y Netanyahu calibran el tempo militar, los mercados ya han dictado sentencia: la guerra ha devuelto al mundo a un escenario de petróleo caro. El barril de Brent ha superado los 100 dólares por primera vez desde 2022, con picos que lo sitúan entre 107 y 114 dólares, y subidas superiores al 20% en apenas unos días.

El motivo principal no es solo el miedo, sino la geografía. Por el estrecho de Ormuz pasa alrededor del 20% del petróleo consumido en el mundo y cerca de una quinta parte del comercio global de gas natural licuado.
La amenaza de ataques y minas, unida a los bombardeos sobre terminales y refinerías, ha reducido drásticamente el tráfico de petroleros y obligado a productores como Irak, Kuwait o Emiratos a recortar producción por falta de capacidad de almacenamiento.

El impacto se nota ya en los precios de la gasolina y el diésel, con aumentos de más de 50 centavos por galón en Estados Unidos en apenas dos semanas, y en caídas generalizadas de las bolsas asiáticas y europeas.
Aunque las autoridades estadounidenses insisten en que se trata de un shock “temporal”, el propio Fondo Monetario Internacional calcula que un aumento sostenido del 10% en los precios de la energía podría sumar 0,4 puntos a la inflación global y recortar entre 0,1 y 0,2 puntos el crecimiento mundial.

La consecuencia para empresas y hogares es inmediata: más costes, menos renta disponible y un nuevo capítulo de incertidumbre en una década marcada por crisis encadenadas.

Europa y España ante un nuevo shock energético

Para Europa, que todavía gestiona las cicatrices de la crisis del gas ruso, la guerra de Trump contra Irán supone un déjà vu energético. Aunque la UE ha diversificado proveedores y aumentado la capacidad de regasificación, la realidad es que el continente sigue expuesto a las turbulencias del Golfo: si suben los precios globales, suben también las facturas europeas.

España parte de una posición algo más cómoda por su mezcla energética y su red de plantas de GNL, pero no es inmune. Un petróleo estable por encima de los 100 dólares encarece el transporte, la logística, la aviación y buena parte de la industria, presionando al alza una inflación que el BCE creía ya bajo control.

En el plano político, la guerra ha tensado la relación con Washington. Según reveló la prensa internacional, el Gobierno de Pedro Sánchez se negó a autorizar el uso de bases españolas para la “Operación Furia Épica”, lo que llevó a Trump a amenazar públicamente con “cortar todo comercio con España”, un aviso que inquieta a exportadores y al sector turístico.

Aunque ese escenario extremo parece poco probable, el simple hecho de que se plantee añade una prima de riesgo política sobre las empresas con fuerte exposición al mercado estadounidense. El contraste con otros socios europeos que han ofrecido apoyo logístico a la operación deja a Madrid en una posición delicada: preservar autonomía estratégica sin quedar aislado en la alianza atlántica.

Mensajes cruzados desde Washington: guerra corta, impacto largo

Mientras Trump habla de Irán “siendo destruido” y de una decisión de alto el fuego “a su debido tiempo”, su propio Gobierno intenta rebajar el tono. El secretario de Energía estadounidense insiste en que el conflicto “no será una guerra larga” y que los precios del combustible volverán a niveles inferiores a los 3 dólares por galón pronto, atribuyendo el repunte actual a “temores del mercado” más que a una escasez real.

Sin embargo, este discurso choca con la realidad de un estrecho de Ormuz prácticamente paralizado y con la evidencia, reconocida por el FMI, de que incluso shocks relativamente breves dejan una estela inflacionista y de menor crecimiento que puede durar años.

Lo más preocupante para inversores y banca central es la combinación de guerra, petróleo caro y ciclo electoral en EEUU. En un año de elecciones legislativas, la presión para evitar una recesión puede llevar a la Reserva Federal a recortar tipos antes de tiempo, mientras otros bancos centrales se ven forzados a mantenerlos altos para contener la inflación. El resultado es un cóctel de volatilidad financiera, divisas en tensión y flujos de capital imprevisibles hacia activos refugio.

El diagnóstico que comparte cada vez más la comunidad económica es sencillo: incluso si los misiles dejan de volar en cuestión de semanas, el “impuesto iraní” sobre la economía mundial puede quedarse mucho más tiempo.

Una victoria sin plan de salida

El patrón no es nuevo. Como recuerdan varios analistas, Estados Unidos suele ser muy eficaz en la fase inicial de sus campañas militares y mucho menos en la gestión del día después. En el caso de Irán, la ausencia de un plan detallado de salida resulta particularmente llamativa: no hay un marco público sobre qué condiciones concretas justificarían el cese de los ataques, más allá de la vaga idea de “neutralizar la amenaza” y favorecer un cambio político en Teherán.

La designación de Mojtaba Jamenei como nuevo líder supremo, lejos de abrir una transición moderada, ha reforzado el control de los sectores más duros vinculados a la Guardia Revolucionaria.
En ese contexto, la promesa de Trump de que “todo va a ir a peor” para Irán se convierte también en una amenaza para la estabilidad regional: un régimen acorralado, con incentivos para demostrar resistencia, y con capacidad todavía significativa para golpear intereses estadounidenses y aliados.

Para los mercados, el peor escenario no es necesariamente una escalada inmediata, sino una guerra a fuego lento, con ciclos de ataques y represalias, sanciones más duras, sabotajes a infraestructuras y una prima de riesgo geopolítico permanente sobre la energía y el transporte marítimo. El contraste con el breve conflicto de doce días de 2025, que concluyó con un alto el fuego mediado por EEUU y Qatar, resulta cada vez más evidente.