Trump declara que Irán carece ya de capacidad para atacar a EEUU con misiles
La última afirmación de Donald Trump sobre Irán es tan rotunda como arriesgada: “Irán se ha quedado sin misiles capaces de amenazar a Estados Unidos”. El presidente sostiene que los lanzadores iraníes estarían prácticamente agotados tras los recientes bombardeos estadounidenses y aliados, lo que supondría un giro de enorme calado en el equilibrio militar en Oriente Medio. El mensaje encaja en la estrategia de la Casa Blanca de presentar la actual ofensiva como un golpe casi definitivo al aparato militar del régimen iraní. Sin embargo, los servicios de inteligencia, los aliados europeos y numerosos expertos en defensa piden cautela: no existe, por ahora, verificación independiente que avale que Teherán haya perdido por completo su capacidad misilística.
Hasta hace unas semanas, el relato oficial de Washington insistía en que Irán estaba desarrollando misiles capaces de alcanzar el territorio continental de EEUU “en pocos años”, una tesis que varios informes de inteligencia matizaban y que organismos independientes calificaban de exagerada. Ahora, el propio Trump asegura que esa amenaza habría desaparecido de golpe porque Teherán habría perdido los lanzadores necesarios para proyectar sus misiles más allá de la región.
Este giro narrativo no es menor. Durante años, la capacidad misilística iraní ha sido presentada como uno de los pilares de su estrategia de disuasión frente a Estados Unidos e Israel. De ella dependen tanto su influencia sobre milicias aliadas en Líbano, Siria, Irak o Yemen como su capacidad de amenazar infraestructuras críticas en el Golfo y el Mediterráneo oriental.
La afirmación de que “Irán ya no puede atacar a EEUU con misiles” se apoya, según la Casa Blanca, en la destrucción de “cientos de lanzadores y sistemas de mando y control” durante la campaña aérea en curso. Pero, en ausencia de datos desclasificados y con Teherán negando categóricamente ese escenario, el diagnóstico está lejos de ser compartido por la comunidad internacional.
Un mensaje pensado para el frente interno
Más allá de su veracidad técnica, el mensaje de Trump cumple una función política evidente: mostrar a la opinión pública estadounidense que la operación militar ha neutralizado la amenaza directa sobre el país. En un contexto de elevada polarización interna, el argumento de que se ha eliminado la capacidad de Irán para golpear el “homeland” refuerza la narrativa de un presidente dispuesto a “golpear primero” y garantizar la seguridad nacional.
No es la primera vez que Trump recurre a mensajes contundentes sobre Irán que después son matizados por los propios servicios de inteligencia. Ya ocurrió cuando habló de misiles iraníes “a punto” de poder alcanzar EEUU, una afirmación que diversos análisis consideraban no respaldada por la evaluación oficial de amenazas. Ahora, el péndulo se mueve al extremo opuesto: de la amenaza inminente a la supuesta neutralización total.
Este hecho revela hasta qué punto la comunicación estratégica se ha convertido en un arma más del conflicto. El discurso presidencial no solo se dirige a Teherán, sino también a los aliados de la OTAN, a Israel, a las monarquías del Golfo y a la propia base electoral republicana. Lo que se diga sobre la capacidad de misiles de Irán condiciona percepciones de riesgo, apoyos parlamentarios, mercados energéticos y, en última instancia, el margen de maniobra diplomático.
La realidad de la capacidad misilística de Irán
Sobre el terreno, la fotografía es mucho más compleja que la presentada por la Casa Blanca. Irán mantiene uno de los arsenales de misiles balísticos más grandes de Oriente Medio, con programas que abarcan desde misiles de corto alcance utilizados contra bases estadounidenses en la región hasta proyectos de alcance medio capaces de golpear objetivos a más de 1.000 kilómetros.
Los ataques masivos de estos días han destruido, según fuentes estadounidenses, cerca de 2.000 objetivos militares en las primeras 100 horas de la operación, incluyendo baterías de defensa aérea, radares y múltiples lanzadores. Pero que una parte sustancial de la infraestructura haya sido golpeada no significa que el arsenal iraní haya quedado anulado. La doctrina militar de Teherán se apoya precisamente en la dispersión, el enterramiento y la duplicación de capacidades para sobrevivir a campañas de bombardeo intensivas.
Lo más probable, según coinciden analistas militares consultados por medios internacionales, es que Irán haya perdido capacidad de lanzar ataques masivos coordinados, pero conserve suficiente arsenal para ejecutar respuestas puntuales, ataques con drones y misiles de corto o medio alcance contra intereses estadounidenses, israelíes o infraestructuras energéticas del Golfo. El diagnóstico, por tanto, es de debilitamiento severo, pero no de eliminación total.
La campaña militar que ha golpeado a Teherán
Las palabras de Trump llegan después de una ofensiva de gran escala. En apenas unos días, Estados Unidos ha desplegado más de 50.000 militares, unos 200 cazas, dos portaaviones y bombarderos estratégicos en el marco de la operación, coordinada estrechamente con Israel. Los ataques han destruido centenares de misiles balísticos en tierra, han hundido al menos 17 buques de la marina iraní y un submarino, y han degradado buena parte de sus sistemas de defensa aérea.
Washington y Jerusalén presentan este despliegue como la mayor concentración militar estadounidense en la región en una generación, con el objetivo declarado de “reducir a cero” la capacidad de Irán para lanzar ataques de largo alcance y reconstituir su programa nuclear militar.
La consecuencia es clara: la correlación de fuerzas se ha inclinado temporalmente de forma abrumadora a favor de Estados Unidos y sus aliados. Sin embargo, la experiencia de conflictos anteriores —desde Irak hasta Siria— demuestra que la destrucción de capacidades convencionales no garantiza la neutralización de actores armados. Cuando los arsenales se agotan, ganan peso las guerras proxy, las milicias y la guerra híbrida en el ciberespacio y los estrechos marítimos.
Riesgos de una percepción de “Irán neutralizado”
El mensaje de que Irán ha perdido su capacidad de ataque puede tener un efecto político inmediato, pero entraña un riesgo evidente: alimentar una sensación de falsa seguridad. Si actores regionales interpretan que Teherán está completamente maniatado, podrían verse tentados a asumir posiciones más agresivas, confiados en que la respuesta iraní será limitada o meramente simbólica.
El contraste con otros episodios históricos resulta demoledor. En 2003, la rápida caída del régimen de Saddam Hussein fue seguida por años de insurgencia, guerra sectaria y ataques asimétricos que costaron miles de vidas y devoraron centenares de miles de millones de dólares. La lección es inequívoca: golpear la estructura militar de un Estado no destruye automáticamente su capacidad de infligir daño mediante otros actores, métodos y tiempos.
Además, la propia narrativa de victoria total dificulta los pasos atrás. Si Washington insiste en que Irán ha quedado “knocked out”, como ya ha sugerido Trump en otras comparecencias, cualquier reconocimiento posterior de ataques exitosos desde territorio iraní o por parte de sus aliados se leería como un fracaso. Esa presión política puede empujar a una escalada en lugar de abrir canales de contención.
Reacciones en Teherán y en las capitales del Golfo
Teherán ha respondido a las declaraciones de Trump con una mezcla de negación y desafío. Portavoces oficiales insisten en que las afirmaciones estadounidenses sobre la destrucción de su programa de misiles son “grandes mentiras” y sostienen que el país mantiene plena capacidad de defensa y represalia. Al mismo tiempo, el régimen dosifica la información interna para preservar la imagen de resiliencia frente a la ofensiva externa.
En las capitales del Golfo, la lectura es más pragmática. Arabia Saudí, Emiratos, Qatar o Kuwait han sufrido ya en el pasado ataques con drones y misiles atribuidos directa o indirectamente a Irán. Para estos países, la pregunta no es si Teherán puede golpear a Estados Unidos continental, sino si conserva capacidad suficiente para paralizar terminales de exportación de crudo, refinerías y rutas marítimas clave.
La región permanece, así, en un estado de alerta máxima. Cualquier nuevo ataque —sea un lanzamiento de misiles desde Irán o un golpe de sus milicias aliadas— pondrá a prueba la narrativa de una capacidad misilística “agotada” y obligará a recalibrar el discurso tanto en Washington como en Teherán.
Europa, Israel y el tablero energético global
La declaración de Trump también se lee en clave europea. Gobiernos como el alemán han mostrado su preocupación por el impacto de la guerra sobre el flujo de petróleo y gas a través del estrecho de Ormuz, crucial para la estabilidad de precios en los mercados internacionales. Aunque un Irán debilitado reduce la posibilidad de cierres prolongados de ese cuello de botella, el riesgo de ataques puntuales a buques o infraestructuras energéticas sigue vigente.
Israel, por su parte, defiende el carácter “existencial” de la operación conjunta y reivindica haber “cortado la cabeza del pulpo iraní”, en referencia a la decapitación de la cúpula militar y al golpe sobre su red de misiles. Sin embargo, en Jerusalén también existe conciencia de que Hezbolá, las milicias chiíes iraquíes y los hutíes yemeníes conservan capacidad para seguir hostigando a Israel y a las rutas comerciales.
En este contexto, la afirmación de que Irán carece ya de capacidad para atacar a EEUU con misiles se percibe, en muchas capitales, como una herramienta retórica más que como una descripción técnica precisa. Lo determinante, a corto plazo, será la combinación de tres factores: la rapidez con la que Teherán pueda reconstruir parte de sus capacidades, el grado de implicación de Rusia y China en su apoyo y la disposición de Washington a abrir una vía de negociación cuando el polvo aún no se ha asentado.