Trump desafía a Europa con foto de Groenlandia como 51º Estado
La última provocación de Donald Trump no ha llegado en forma de discurso, sino de imagen. El presidente de Estados Unidos ha difundido en su cuenta de Truth Social una fotografía —aparentemente generada con inteligencia artificial— en la que aparece plantando la bandera estadounidense en Groenlandia, flanqueado por su vicepresidente JD Vance y su secretario de Estado, Marco Rubio. A sus espaldas, un cartel reza: “Greenland – US Territory est. 2026”. El mensaje visual encaja con una agenda que ya no es retórica: Trump lleva más de un año defendiendo que Washington debe hacerse con el control del gigantesco territorio ártico, clave para las rutas marítimas y los minerales del futuro.
Una imagen que parece algo más que una broma
Trump no ha explicado si la foto de la bandera en Groenlandia es oficial, satírica o producida con IA. Pero en su universo político, la ambigüedad no es un accidente, sino una herramienta. Desde 2019, cuando ya deslizó por primera vez la idea de “comprar” la isla, el republicano ha usado chistes, memes y guiños gráficos para testar reacciones y desplazar los límites de lo aceptable.
Ahora, a diferencia de entonces, ocupa de nuevo la Casa Blanca y cuenta con un equipo alineado con su agenda territorial. La imagen incluye un rótulo con fecha: “est. 2026”, que sugiere un calendario político. No es descabellado leerla como un mensaje tanto hacia dentro —a su base, que ve en Groenlandia un símbolo de poderío nacional— como hacia fuera: Copenhague, Bruselas, Pekín y Moscú.
Más que un fotomontaje aislado, el gesto se suma a una serie de declaraciones públicas y movimientos diplomáticos: en marzo de 2025 Trump prometió ante el Congreso que Estados Unidos obtendría Groenlandia “por las buenas o por las malas”, y su administración ha respaldado incluso un proyecto de ley para autorizar formalmente su adquisición. El resultado es un nuevo foco de tensión en el tablero atlántico, con un fuerte componente económico.
Groenlandia, viejo anhelo estratégico de Washington
Groenlandia no es un territorio cualquiera. Con 2,17 millones de kilómetros cuadrados, es la mayor isla del planeta y apenas cuenta con unos 57.000 habitantes, en su mayoría inuit. Aproximadamente el 80% de su superficie está cubierta de hielo, pero el calentamiento global está ampliando la franja costera habitable y explotable.
Estados Unidos ya intentó comprarla a Dinamarca en 1946. Trump recuperó ese viejo sueño durante su primer mandato y lo ha convertido, en su segundo, en un elemento central de su legado: quiere pasar a la historia con un movimiento equiparable, en su narrativa, a la compra de Alaska o al control del Canal de Panamá.
La Ley de Autogobierno de 2009 otorgó a Groenlandia competencias amplias en política interior, pero la defensa y la política exterior siguen en manos de Copenhague. Eso significa que cualquier cambio de estatus requiere el visto bueno danés, aunque el debate sobre una posible independencia ha ido ganando fuerza en la isla, alimentado ahora por la presión estadounidense. El diagnóstico en Copenhague es inequívoco: Groenlandia “no está en venta”, pero los sucesivos roces telefónicos entre Trump y los primeros ministros daneses demuestran que Washington no piensa retirarse del tablero.
El cálculo de Trump: hielo, minerales y rutas árticas
Detrás de la bandera en la nieve hay un cálculo frío. Groenlandia alberga algunos de los mayores recursos potenciales de tierras raras del mundo, esenciales para turbinas eólicas, vehículos eléctricos y armamento avanzado. Hasta ahora, la combinación de hielo, falta de infraestructuras y costes prohibitivos ha frenado la minería a gran escala, pero el deshielo está cambiando la ecuación.
Además, el Ártico se está convirtiendo en una autopista marítima. Las nuevas rutas podrían recortar en torno a un 40% la distancia entre Asia y el norte de Europa, desviando parte del tráfico del Canal de Suez. Controlar Groenlandia significaría controlar una pieza clave de esa red, así como una posición privilegiada para radares, bases militares y sistemas de defensa antimisiles.
Trump y su entorno sostienen que Dinamarca carece de recursos para proteger la isla frente a Rusia y, sobre todo, frente a China, a quien acusan de avanzar mediante inversiones portuarias y mineras. La consecuencia es clara: el debate sobre Groenlandia ya no es solo sobre soberanía simbólica, sino sobre quién dominará las cadenas de suministro estratégicas de la transición energética y las nuevas rutas comerciales del Ártico.
Las líneas rojas de Europa y el papel de Rutte
Mientras Trump banaliza el asunto con imágenes en redes, en Bruselas y Copenhague se habla de “líneas rojas”. Los gobiernos europeos han reiterado su disposición a dialogar sobre seguridad en el Ártico, pero rechazan cualquier cambio de estatus que no pase por el consentimiento explícito de los groenlandeses y de Dinamarca.
En este contexto, el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, se ha visto atrapado entre la presión de Washington y el temor de los aliados a que la Alianza quede instrumentalizada. Según diversas crónicas, en reuniones previas Rutte ya dejó claro que no quiere “arrastrar a la OTAN” a una eventual anexión, aunque sí defiende reforzar la presencia aliada en el Ártico.
La llamada “muy buena” que Trump dice haber mantenido con Rutte sobre Groenlandia encaja en esta pugna: el presidente intenta presentar su proyecto como una cuestión de seguridad transatlántica, mientras varios socios europeos lo ven como una operación unilateral con alto coste diplomático. Lo más grave, a ojos de muchos diplomáticos, es que el vínculo entre Groenlandia y la OTAN se cruce con una guerra de aranceles que ya asoma en el horizonte.
Rubio y Vance, el núcleo duro del proyecto
La foto de Truth Social también tiene lectura interna: junto a Trump aparecen JD Vance y Marco Rubio, dos de las figuras más influyentes de su segundo mandato. Vance, vicepresidente, ha hecho de la autonomía energética y la reindustrialización de Estados Unidos su bandera; Groenlandia encaja en ese relato como una fuente potencial de minerales críticos “sin pasar por China”.
Rubio, por su parte, se ha consolidado como el “secretario de todo”: además de dirigir el Departamento de Estado, ha asumido funciones clave en seguridad nacional y política de ayuda exterior. Fue él quien, a comienzos de 2025, insistió en que el interés de Trump por Groenlandia “no es una broma”, sino una prioridad estratégica equiparable al control del Canal de Panamá.
La presencia de ambos en la imagen refuerza la idea de que no se trata de un capricho aislado del presidente, sino de un proyecto trabajado desde el núcleo del poder ejecutivo. El contraste con 2019, cuando incluso dentro del establishment republicano se tomaba la idea a chanza, resulta demoledor: ahora existe legislación propuesta, presión diplomática constante y un aparato de comunicación muy disciplinado alrededor del objetivo Groenlandia.
Tarjetas sobre la mesa: aranceles y guerra comercial
El conflicto por Groenlandia ya tiene una derivada económica tangible. Trump ha amenazado con imponer aranceles del 10% a los productos de varios países europeos que se opongan frontalmente a su plan, y en algunos discursos ha llegado a hablar de gravámenes de hasta 25% si la resistencia se mantiene.
Para la Unión Europea, que exporta bienes y servicios a Estados Unidos por un valor superior al 2% de su PIB, una escalada arancelaria supondría un nuevo golpe tras años de tensiones comerciales intermitentes. España no sería inmune: el mercado estadounidense absorbe en torno al 5% de sus exportaciones de bienes, con especial peso del sector agroalimentario, el automóvil y los bienes de equipo. Un arancel adicional del 10% podría recortar márgenes en sectores ya ajustados y obligar a desviar flujos hacia otros mercados menos rentables.
En Dinamarca, mientras tanto, el Gobierno ha anunciado incrementos de gasto militar en el Atlántico Norte por valor de miles de millones de coronas para reforzar la vigilancia en y alrededor de Groenlandia. La consecuencia es un círculo vicioso: la presión estadounidense obliga a subir el gasto, tensiona los presupuestos europeos y alimenta el argumento de Trump de que solo Washington puede “garantizar” la seguridad de la isla.