Trump eleva al 90% la opción de atacar Irán en semanas
Estados Unidos podría lanzar en cuestión de semanas un ataque directo contra Irán, en una operación que altos cargos describen ya como una “campaña masiva, de semanas” y más intensa que los bombardeos del año pasado sobre instalaciones nucleares iraníes. La alerta saltó este miércoles en los terminales financieros de Baha News, que recogía una exclusiva del portal estadounidense Axios basada en fuentes anónimas de la Administración Trump. Según esas fuentes, el presidente Donald Trump estaría “cada vez más harto” de la estrategia iraní y algunos colaboradores elevan al 90% la probabilidad de ver “acción cinética” —bombardeos o ataques directos— en las próximas semanas. La operación, que previsiblemente involucraría a Israel como socio principal, se parecería más a una guerra a gran escala que a un simple castigo puntual.
El aviso llega en el momento más delicado: Teherán ha cerrado temporalmente el Estrecho de Ormuz para maniobras con fuego real, en plena reanudación de las conversaciones nucleares en Ginebra, y amenaza con responder a cualquier ataque golpeando bases estadounidenses y el tráfico petrolero en la zona. Por ese estrecho pasa alrededor de un 20% del petróleo que se consume en el mundo y cerca de un tercio del crudo que se mueve por mar, según datos de la Agencia Internacional de la Energía y la administración energética estadounidense.
Un aviso que suena a cuenta atrás
Lo que hasta hace unas semanas parecía un pulso controlado ha pasado a percibirse como una cuenta atrás. Axios describe a una Casa Blanca convencida de que el “factor sorpresa” se agota y de que la disuasión frente al régimen iraní se ha erosionado tras años de misiles, drones y guerras por delegación en la región.
«Será una campaña masiva, de varias semanas, más amplia que los ataques del año pasado», resumen fuentes citadas por la prensa estadounidense. El mensaje, filtrado a los mercados a través de Baha News, no es casual: busca preparar a la opinión pública y testar la reacción internacional ante un conflicto que, en palabras de uno de los asesores consultados, “no se parecería a Venezuela”.
Lo más grave es que este discurso convive con un calendario diplomático todavía vivo. Washington ha mantenido varias rondas de contactos con emisarios iraníes para explorar un nuevo marco nuclear que limite el enriquecimiento de uranio y acote el programa de misiles. Sin embargo, la sensación en la capital estadounidense es que Teherán utiliza las reuniones para ganar tiempo mientras consolida posiciones militares en el Golfo. La consecuencia es clara: cuanto más se perciban esas conversaciones como estériles, más fácil será justificar ante la opinión pública un salto al uso de la fuerza.
De las reuniones en Ginebra al lenguaje de la fuerza
En paralelo a las filtraciones, continúan los contactos discretos en Suiza. Asesores de Trump como Jared Kushner y el empresario Steve Witkoff —convertido en una figura inesperada en la diplomacia de esta segunda presidencia— se han reunido en Ginebra con el ministro de Exteriores iraní, Abbas Araghchi, en un intento de salvar la vía del diálogo.
Sobre la mesa, un esquema ya conocido: alivio gradual de sanciones a cambio de límites verificables al programa nuclear. Pero el contexto es muy distinto al de otros ciclos negociadores. Irán llega con un historial reciente de represión interna que ha dejado más de 7.000 muertos, según fuentes occidentales, y con el recuerdo fresco de la operación conjunta de Estados Unidos e Israel contra instalaciones nucleares el año pasado.
En este clima, los incentivos para que Teherán haga concesiones son limitados. Cada gesto de apertura es castigado por los sectores más duros del régimen, mientras que la línea oficial subraya que el programa nuclear es “pacífico” y que cualquier intromisión será respondida. Para Washington, a su vez, asumir otro acuerdo percibido como débil tendría un coste político elevado para Trump, que ha hecho del lema de “mano dura” un eje central de su regreso a la Casa Blanca. El diagnóstico es inequívoco: la diplomacia sigue viva, pero cada nueva maniobra militar en el Golfo la hace menos creíble.
El chokepoint energético que todos observan
Si algo convierte esta crisis en sistémica es la geografía. El Estrecho de Ormuz es uno de los tres grandes cuellos de botella energéticos del planeta. Por sus apenas 30 millas de ancho transitan unos 20 millones de barriles de crudo al día, el equivalente a alrededor del 20% del consumo mundial de petróleo y casi el 30% del comercio marítimo de crudo, según estimaciones de la Agencia Internacional de la Energía (AIE) y la Administración de Información Energética de EE UU.
A esa cifra hay que añadir el gas natural licuado (GNL): cerca del 20% del comercio mundial de GNL procede de Qatar y Emiratos y sale también por Ormuz. No existen rutas alternativas de escala comparable; los oleoductos que permiten sortear el estrecho apenas podrían reencaminar una fracción de esos flujos.
El contraste con lo sucedido en el mar Rojo es revelador. Mientras muchas navieras han podido desviar sus buques alrededor del Cabo de Buena Esperanza para esquivar los ataques hutíes, en Ormuz no hay “plan B” logístico de la misma magnitud. Cualquier cierre prolongado, incluso parcial, tensaría de inmediato las primas de seguro, las tarifas de flete y los precios del crudo y del GNL. Los ejercicios de fuego real ordenados esta semana por Teherán —que forzaron cierres temporales del tráfico— han sido leídos en los mercados como una demostración de esa capacidad de daño.
Mercados del petróleo ante un nuevo shock geopolítico
Paradójicamente, la crisis estalla en un momento en el que el mercado del petróleo estaba relativamente holgado. La AIE calcula que, tras el fuerte aumento de producción en 2025, la oferta mundial supera la demanda en algo menos de 4% del consumo global, con una producción cercana a los 106,6 millones de barriles diarios frente a un consumo que ronda los 104-105 millones.
Ese pequeño colchón, sin embargo, se evapora en un escenario de guerra de semanas contra Irán. El país bombea en torno a 3,5 millones de barriles diarios y exporta más de un millón, pese a las sanciones. Un conflicto que afecte al conjunto de la región del Golfo —con posibles ataques cruzados y sabotajes— podría dejar fuera del mercado volúmenes mucho mayores si otros productores se ven obligados a recortar o desviar sus envíos.
Los antecedentes no invitan al optimismo. En crisis anteriores, bastó con que se percibiera un riesgo creíble de interrupción en el Golfo para que el Brent se disparara entre un 20% y un 40% en pocas semanas. Los operadores ya están recomponiendo posiciones: suben las coberturas en derivados, aumenta el interés por opciones de compra muy fuera de dinero y se aprecia una rotación hacia valores energéticos. El mensaje es nítido: si la Casa Blanca cruza el Rubicón militar, el “descuento de guerra” se incorporará de inmediato al precio del barril.