Trump encomienda a Marco Rubio una negociación de alto riesgo con Cuba
El presidente estadounidense aseguró que “estamos hablando con Cuba ahora mismo” y que es su secretario de Estado, Marco Rubio, quien lleva las riendas de esa comunicación. Al mismo tiempo, calificó a la isla de “nación fallida” y habló de una “amenaza humanitaria” agravada por la falta de combustible, incluso de queroseno para que despeguen los aviones. El giro es significativo: por primera vez en este mandato, la Casa Blanca admite contactos políticos de alto nivel con La Habana tras haber endurecido el embargo y castigar con aranceles a los países que envían petróleo a la isla. Trump asegura que no contempla, por ahora, una réplica “a la venezolana” en Cuba, pero deja abierta la puerta a “otras opciones” si el diálogo fracasa.
Una frase que reabre un tablero congelado
Las palabras de Trump llegaron en un intercambio informal con periodistas, durante un vuelo de regreso a Washington. Según las crónicas del “press pool”, el presidente habló de Cuba como “una nación fallida, sin combustible para que despeguen los aviones y con las pistas saturadas de aparatos varados”.
Inmediatamente después, reveló que Marco Rubio está en contacto directo con las autoridades cubanas y que las partes “deberían llegar a un acuerdo” para evitar que la crisis humanitaria se desborde.
El contraste es llamativo. Durante décadas, la retórica oficial de Estados Unidos sobre Cuba ha oscilado entre la hostilidad abierta y los tímidos deshielos, pero rara vez ha señalado con nombre y apellidos al responsable de una negociación. Esta vez, Trump coloca a Rubio en el centro del tablero, lo exhibe como su enviado de confianza y vincula el diálogo a una narrativa de “emergencia humanitaria” que puede justificar casi cualquier decisión futura: desde un alivio selectivo de sanciones hasta un nuevo giro de tuerca.
En paralelo, el presidente evita concretar qué ocurrirá si las conversaciones fracasan. “No voy a responder a eso… sería una operación nada complicada”, deslizó cuando se le preguntó por un eventual uso de la fuerza.
La ambigüedad es deliberada: multiplica la presión sobre La Habana y alimenta la expectativa entre los exiliados cubanos en Florida, atentos a cualquier señal de cambio de régimen.
Cuba, de socio incómodo a “nación fallida”
La descripción de Cuba como “nación fallida” no surge en el vacío. La isla atraviesa la peor crisis económica desde el llamado “Periodo Especial” de los años noventa. Los cortes de electricidad se han disparado, los apagones se prolongan durante horas y los hospitales denuncian falta de combustible para alimentar generadores y sistemas de bombeo de agua.
La escasez de carburante ha llegado al corazón de los servicios básicos. En La Habana, apenas 44 de los 106 camiones de recogida de basura siguen operativos, lo que ha provocado montañas de residuos en las calles y problemas sanitarios crecientes.
En los aeropuertos internacionales, las autoridades han emitido avisos de que no hay queroseno disponible durante al menos un mes, obligando a aerolíneas a cancelar rutas o a enviar aviones cargados de combustible solo para repatriar a miles de turistas atrapados.
La ONU estima que más de 10 millones de personas en la isla se ven afectadas por la combinación de falta de combustible, escasez de alimentos y problemas de abastecimiento de agua potable, y ha advertido de un deterioro acelerado de las condiciones humanitarias.
Mientras tanto, el Gobierno de Díaz-Canel insiste en que la causa central de la crisis es el “bloqueo” estadounidense y las sanciones recientes sobre el petróleo, mientras minimiza los efectos de su propia política económica.
Este diagnóstico parcial permite a Trump construir su relato: un Estado incapaz de garantizar servicios básicos, un régimen que pierde aliados y una población que emigra en cifras récord. Sobre ese escenario, hablar de “nación fallida” deja de ser solo un eslogan y se convierte en la antesala de una posible doctrina de intervención condicionada por razones humanitarias.
El embargo, los aranceles al petróleo y el colapso energético
Más de sesenta años después de su imposición, el embargo estadounidense sigue siendo el marco jurídico que condiciona cualquier relación entre Washington y La Habana. Sin embargo, la actual escasez de combustible no se explica solo por esa arquitectura heredada de la Guerra Fría, sino por una escalada de medidas específicas en los últimos meses.
En enero, Trump firmó una orden ejecutiva que amenaza con aranceles punitivos a cualquier país que exporte petróleo a Cuba, bajo el argumento de que el régimen representa una “amenaza inusual y extraordinaria” para la seguridad nacional de Estados Unidos.
La respuesta ha sido inmediata: Venezuela, antiguo proveedor clave de crudo subvencionado, ha reducido drásticamente sus envíos; México y otros socios tradicionales se lo piensan dos veces ante el riesgo de sanciones secundarias.
El resultado es un déficit energético que se refleja en todos los indicadores: menos transporte público, colas kilométricas en gasolineras, caída del turismo por la falta de vuelos y un encarecimiento de los alimentos que golpea a los hogares cubanos. En la práctica, los aranceles han convertido el embargo en una especie de bloqueo de facto sobre el combustible, un recurso que el propio Trump utiliza ahora como palanca negociadora al hablar de “acuerdos” y “ayuda humanitaria” si La Habana cede en determinadas exigencias políticas.
La consecuencia es clara: cualquier eventual entendimiento entre ambos países pasará por algún tipo de mecanismo que garantice un flujo mínimo de petróleo y queroseno hacia la isla, ya sea vía excepciones humanitarias, corredores energéticos controlados o acuerdos triangulados con terceros países.
Rubio, del exilio de Florida al timón de la diplomacia
Que sea Marco Rubio quien lidere estos contactos no es un detalle menor. Hijo de inmigrantes cubanos y figura central del exilio de Florida, el hoy secretario de Estado ha construido buena parte de su carrera política sobre una línea dura frente al castrismo.
Desde su llegada al Departamento de Estado en 2025, Rubio se ha convertido en una especie de “secretario de todo”, acumulando funciones de asesor de Seguridad Nacional y supervisando directamente parte de la política hacia América Latina, lo que le ha valido comparaciones con Henry Kissinger.
Su discurso combina un nacionalismo conservador, la defensa de la “civilización occidental” y una apuesta explícita por la “paz a través de la fuerza”, como volvió a subrayar en la reciente Conferencia de Seguridad de Múnich.
Durante años, Rubio ha defendido que el régimen cubano está “al borde del colapso” y ha presionado para endurecer las sanciones, convencido de que solo un aumento de la presión externa precipitará un cambio de poder en La Habana.
Ahora, paradójicamente, es el mismo Rubio quien se sienta a hablar con los interlocutores a los que lleva décadas intentando arrinconar.
Este hecho revela una doble apuesta. Por un lado, Trump refuerza el perfil presidencial de Rubio, al situarlo como arquitecto de una posible transición en Cuba. Por otro, se asegura de que cualquier concesión quede blindada frente a las críticas del ala más dura del exilio: nadie podrá acusar al presidente de “blando” si el negociador es precisamente el político que más ha exigido mano dura con el castrismo.
La jugada electoral: el peso del voto cubanoamericano
Más allá de la geopolítica, la carta cubana tiene una lectura doméstica evidente. En Florida residen más de 1,5 millones de estadounidenses de origen cubano, concentrados en el área de Miami y decisivos en una de las plazas electorales más disputadas del país.
Trump sabe que buena parte de esa comunidad aplaudió la ruptura con el deshielo impulsado por Barack Obama y la vuelta a una política de presión máxima sobre La Habana. Al mismo tiempo, la crisis humanitaria en la isla y las imágenes de basura acumulada, hospitales sin suministro estable y turistas varados comienzan a generar incomodidad también entre sectores del exilio que mantienen lazos familiares estrechos con Cuba.
En este contexto, poner a Rubio al frente de una negociación le permite a la Casa Blanca hablar de “ayuda” y “responsabilidad” sin perder el apoyo del núcleo duro anticastrista. Si se logra una mejora tangible en el suministro de combustible o en el acceso a alimentos y medicinas sin un levantamiento general del embargo, la administración podrá presentarlo como una victoria humanitaria “sin cheques en blanco” para el régimen.
El cálculo electoral es transparente: cualquier avance que reduzca la presión migratoria desde la isla —los cruces irregulares de cubanos por la frontera sur se han disparado en los últimos años— y refuerce la imagen de Trump como negociador duro pero eficaz será capitalizado en clave interna, especialmente de cara a futuras batallas legislativas y presidenciales.
Riesgos de una transición improvisada en la isla
Sin embargo, el escenario que algunos imaginan —una transición rápida pilotada desde Washington— entraña riesgos difíciles de controlar. Analistas de seguridad y veteranos de la política exterior estadounidense recuerdan el precedente de otros intentos de “cambio de régimen” en la región y advierten de que un colapso abrupto del Estado cubano podría desencadenar una ola migratoria sin precedentes, inestabilidad regional y la entrada de nuevos actores externos.
El aparato de seguridad de la isla sigue siendo denso, y las Fuerzas Armadas controlan sectores clave de la economía. Una negociación mal calibrada, percibida internamente como una imposición extranjera, podría fracturar esos equilibrios y abrir la puerta a luchas de poder internas, con consecuencias imprevisibles.
Además, potencias como Rusia y China han mantenido vínculos estratégicos con La Habana y han criticado abiertamente el endurecimiento de las sanciones estadounidenses.
Una transición auspiciada por Washington podría empujarles a reforzar su presencia económica, militar o de inteligencia en otros puntos sensibles del Caribe y de América Latina, como respuesta.
En términos domésticos, también existen riesgos para Rubio. Si el diálogo no produce resultados visibles o se interpreta como un salvavidas para el régimen sin avances democráticos, el secretario de Estado podría convertirse en blanco de los mismos sectores que hoy lo aclaman. Lo más grave, para la imagen de Trump, sería asociar su nombre a un proceso fallido que ni resuelve la crisis humanitaria ni produce cambios políticos significativos.