Trump enfría el pacto de Ormuz y empuja el Brent a 108 dólares

Donald Trump

La Casa Blanca estudia la oferta iraní para reabrir el estrecho, pero Washington se niega a aparcar el expediente nuclear.

El Brent cerró por encima de los 108 dólares por barril, un nivel un 50% superior al de antes del estallido de la guerra, mientras la diplomacia vuelve a encallar en su punto más tóxico: el programa nuclear iraní.
Donald Trump ha dejado claro en privado que difícilmente aceptará la propuesta de Teherán de reabrir el estrecho de Ormuz y dar por terminado el conflicto a cambio de posponer —para “más adelante”— cualquier negociación nuclear. 

La oferta: Ormuz primero, lo nuclear después

La propuesta iraní, canalizada a través de mediadores regionales —con Pakistán en el centro— plantea un intercambio aparentemente simple: reapertura de Ormuz y fin de la confrontación a cambio de que Estados Unidos levante el bloqueo sobre los puertos iraníes, dejando la carpeta nuclear para una fase posterior.
Washington lo lee justo al revés. Para la Administración Trump, aceptar esa secuencia equivaldría a conceder el principal incentivo —el oxígeno comercial— sin asegurar el objetivo declarado del conflicto: que Irán no pueda acercarse al umbral nuclear. De ahí el escepticismo instalado en la sala de crisis desde el lunes 27 de abril de 2026, cuando el presidente reunió a su núcleo de seguridad nacional.

La línea roja: “ningún acuerdo” sin atar el enriquecimiento

El mensaje de Marco Rubio ha sido deliberadamente áspero. El secretario de Estado descartó un trato que deje fuera el programa nuclear y lo resumió con una frase que en Washington suena a ultimátum: “We can’t let them get away with it”.
La consecuencia es clara: si la negociación se parte en dos —tráfico marítimo por un lado, átomo por otro—, la Casa Blanca teme que Irán convierta Ormuz en un interruptor reversible: abre para cobrar, cierra para presionar. En ese marco, el debate sobre el stockpile de uranio altamente enriquecido vuelve a ocupar el centro, porque es el activo que define la confianza —o su ausencia— entre las partes.

El cuello de botella que contagia a toda la economía

Ormuz no es un símbolo: es un número. En 2024 y el primer trimestre de 2025, los flujos por el estrecho representaron más de una cuarta parte del comercio marítimo mundial de petróleo y alrededor de una quinta parte del consumo global de crudo y derivados, según la EIA.
La IEA eleva el foco sobre 2025: casi 15 millones de barriles diarios —aprox. el 34% del comercio global de crudo— cruzaron el paso, con Asia como destino dominante; China e India absorbieron el 44% de esas exportaciones.
Y hay más: cerca de un 20% del LNG mundial también transita por ese corredor, principalmente desde Qatar. El resultado es un efecto dominó inmediato sobre electricidad, fertilizantes y alimentos.

El termómetro del mercado: Brent a 108 y gasolina en campaña

La tensión se ha trasladado al precio con una violencia que incomoda a cualquier banco central. El Brent —referencia internacional— cerró por encima de 108 dólares el lunes, y el propio cálculo de la AP lo sitúa un 50% por encima del nivel previo al inicio de la guerra.
Ese dato tiene traducción política: la AP subraya que la escalada de petróleo y gasolina presiona a Trump a las puertas de las midterm de noviembre, y también desgasta a sus aliados del Golfo, atrapados entre exportar y no provocar.
En paralelo, la liberación de reservas estratégicas se ha convertido en herramienta de contención: un informe parlamentario británico recoge que los países de la IEA han llegado a poner sobre la mesa 400 millones de barriles.

Un mando iraní fracturado y una negociación sin “firmante” claro

La incertidumbre no es solo el contenido del pacto, sino quién puede garantizarlo. Funcionarios estadounidenses han trasladado inquietud por divisiones internas en Teherán y por la falta de claridad sobre quién tiene la última palabra en un acuerdo que afecta al núcleo de seguridad del régimen.
Sobre el terreno, Irán mantiene la palanca: según The Washington Post, ha reforzado el control del chokepoint con lanchas y al menos 20 minas, mientras el mando estadounidense asegura haber redirigido 37 embarcaciones desde el inicio del bloqueo naval.
Este hecho revela un riesgo estructural: incluso con “alto el fuego”, el estrecho funciona en modo cuentagotas. Entre el 21 y el 24 de abril, cinco o menos buques al día llegaron a transitar, según datos citados por el Post.

La factura humana y el desgaste de una guerra sin salida limpia

La negociación llega con un saldo que ya condiciona cualquier narrativa de victoria. Desde el comienzo del conflicto, la AP contabiliza 3.375 muertos en Irán, 2.521 en Líbano, 23 en Israel, además de 13 militares estadounidenses en la región y seis cascos azules.
Con estas cifras, cada día adicional sin acuerdo complica el “cómo salir”, la frase que en Europa empieza a repetirse como reproche estratégico. En paralelo, la diplomacia rusa se ofrece como paraguas para Teherán: el encuentro del ministro Abbas Araghchi con Putin se interpreta como búsqueda de respaldo, pero también como mensaje de que Irán no llega solo a la mesa.

Qué queda en la mesa: un canje imperfecto y un riesgo de recaída

El margen real pasa por un trueque más complejo que el que ofrece Teherán: reapertura verificable de Ormuz, garantías sobre seguridad marítima y, a la vez, un carril nuclear que no sea “después”, sino desde el primer día. Si Trump percibe que el estrecho puede reabrirse sin ceder en el átomo, tenderá a endurecer el bloqueo. Si, por el contrario, el petróleo vuelve a acelerar y la inflación se cuela en la campaña, aumentará el incentivo a un acuerdo aunque sea imperfecto.
Lo que nadie quiere ver es la derivada más probable: un corredor que abre y cierra en función de la presión militar, con efectos persistentes sobre primas de seguro, rutas alternativas y el precio final que paga el consumidor europeo.