Trump evalúa enviar tropas para capturar el uranio iraní
La Casa Blanca sopesa una operación terrestre de alto riesgo para asegurar el material enriquecido de Irán mientras refuerza su despliegue militar y lanza señales contradictorias sobre el final de la guerra.
La posibilidad ya no pertenece al terreno de la especulación marginal, sino al de la planificación militar. CBS reveló el 18 de marzo de 2026 que Donald Trump estudia opciones para enviar fuerzas estadounidenses a Irán con el objetivo de asegurar el stock de uranio enriquecido del régimen. Dos días después, The Washington Post y AP confirmaron que el Pentágono ha reforzado el teatro regional con miles de efectivos adicionales, aunque sin una orden final sobre una incursión terrestre. La cuestión es decisiva: si Washington quiere impedir de verdad que Teherán conserve capacidad nuclear, puede que los bombardeos no basten.
Un plan sin calendario
El punto de partida es nítido: no existe todavía una orden de invasión, pero sí un menú de opciones militares sobre la mesa presidencial. CBS informó de que Trump ha comentado en privado que tiene “muchas decisiones que tomar”, mientras la Casa Blanca evita descartar el uso de tropas para recuperar el material nuclear iraní. La propia portavoz presidencial, Karoline Leavitt, admitió que esa posibilidad sigue abierta, aunque insistió en que el presidente no ha tomado una decisión definitiva.
Ese matiz importa. En Washington, la diferencia entre “no planificado” y “descartado” es enorme. The Washington Post elevó el nivel de alarma al señalar que el Pentágono ha desarrollado opciones que incluirían varios miles de paracaidistas de la 82ª División Aerotransportada para áreas clave de Irán. CBS añadió que una eventual incursión podría involucrar a unidades de operaciones especiales para una misión extremadamente sensible. El diagnóstico es inequívoco: la Administración aún no ha cruzado el Rubicón, pero ya está midiendo la profundidad del agua.
El material que sigue bajo los escombros
La razón de fondo es técnica, no retórica. Según el último informe del OIEA, Irán acumulaba 440,9 kilos de uranio enriquecido al 60% antes de los ataques de junio de 2025, una cantidad que el organismo considera especialmente preocupante porque se trata de material cercano al grado militar. AP traduce esa cifra a una dimensión política todavía más cruda: aproximadamente 970 libras, suficientes para alimentar la hipótesis de hasta 10 armas nucleares si el material se refinara más y se militarizara.
El problema es que ese stock no ha desaparecido con los bombardeos. Rafael Grossi, director general del OIEA, señaló esta semana que la impresión del organismo es que el uranio “no ha sido movido” y que una parte sustancial seguiría en Isfahán, con cantidades menores en Natanz y Fordow. CBS, por su parte, recuerda que la agencia internacional no pudo verificar sobre el terreno el destino del material tras los ataques y que imágenes satelitales sugieren accesos cubiertos con tierra, lo que complica cualquier recuperación. “Dudar que el programa pueda destruirse solo por medios militares” no es un juicio ideológico; es la conclusión del árbitro nuclear internacional.
La contradicción estratégica
Aquí emerge la mayor fractura del relato oficial. Trump asegura que Estados Unidos está cerca de cumplir sus objetivos y ha llegado a insinuar una reducción de operaciones. Sin embargo, AP informó el 21 de marzo de 2026 de que Washington enviará tres nuevos buques anfibios y unos 2.500 marines adicionales a la región, después de haber redirigido días antes otro contingente similar. En total, más de 50.000 militares estadounidenses ya están desplegados en Oriente Próximo.
Este hecho revela una incoherencia difícil de esconder. Si la guerra estuviera realmente cerca de su clausura, no tendría sentido acelerar una arquitectura militar pensada para operaciones anfibias, combate litoral y control de puntos costeros. The Washington Post va más lejos al explicar que esas unidades están entrenadas precisamente para escenarios como la toma de zonas del litoral iraní o la reapertura del estrecho de Ormuz. La consecuencia es clara: la desescalada verbal convive con una escalada logística. Y en las guerras, casi siempre manda la segunda.
Ormuz, el otro frente decisivo
No se trata solo del uranio. La Casa Blanca asocia esa posible operación a la necesidad de impedir que Irán siga perturbando el tráfico energético en el estrecho de Ormuz. CBS recoge que Trump teme especialmente la capacidad iraní para sembrar minas navales, una táctica barata y eficaz en un cuello de botella por el que pasa una parte decisiva del comercio mundial de hidrocarburos. El presidente llegó a reprochar a sus aliados que no aportaran siquiera dragaminas, lo que muestra hasta qué punto el frente marítimo se ha convertido en una obsesión operativa.
El contraste con otras crisis regionales resulta demoledor. Aquí no se está discutiendo únicamente una instalación nuclear, sino la interacción de dos amenazas simultáneas: proliferación y estrangulamiento energético. AP subraya que el Brent ronda los 106 dólares por barril, frente a unos 70 dólares antes de la guerra, mientras The Washington Post añade que el precio de la gasolina en Estados Unidos ha subido un 33% en el último mes. Ese deterioro económico explica buena parte del nerviosismo de Washington. La guerra no solo se mide en objetivos destruidos, sino en surtidores, inflación y castigo electoral.
Por qué bombardear no basta
La idea de que unos ataques aéreos puedan resolver de forma definitiva el problema nuclear iraní ha ido perdiendo consistencia. AP recoge que expertos y exresponsables de seguridad consideran factible capturar o inutilizar el uranio, pero solo con una presencia física considerable. Brandan Buck, del Cato Institute, estimó que una operación de extracción o neutralización podría requerir más de 1.000 soldados por emplazamiento, además de tiempo, seguridad perimetral y maquinaria pesada para retirar escombros. ABC coincide: incluso un empleo de fuerzas especiales exigiría un despliegue mucho mayor de lo que sugiere el imaginario de una misión quirúrgica.
Ese es el núcleo incómodo del debate. La Administración vendió en junio de 2025 que los golpes habían “obliterado” la infraestructura nuclear iraní. Pero si meses después el material sigue enterrado, sin verificar y potencialmente recuperable, la operación aérea no cerró el expediente: solo lo desplazó del plano industrial al plano militar-terrestre. Lo más grave es que cada día que pasa sin inspección internacional aumenta la opacidad. Y en materia nuclear, la opacidad no es un detalle administrativo; es una amenaza estratégica.
El coste político en Washington
La discusión ya ha salido del Pentágono y ha aterrizado en el Capitolio. AP cita al senador demócrata Richard Blumenthal advirtiendo de que algunos de los objetivos declarados por Trump no pueden lograrse sin presencia física en Irán. Incluso entre republicanos, la incomodidad es visible. El senador Rick Scott admitió que nadie le ha explicado cómo se aseguraría el uranio sin “boots on the ground”. La traducción política es inmediata: el presidente prometió evitar nuevas guerras largas en Oriente Próximo, pero su estrategia puede empujarle justamente a eso.
Además, la factura humana y económica ya pesa. AP señala que el conflicto ha causado más de 1.300 muertos en Irán, 15 en Israel y 13 militares estadounidenses fallecidos. A eso se suma la petición de 200.000 millones de dólares adicionales para financiar la guerra, en paralelo a un encarecimiento del combustible que erosiona el discurso de fortaleza. El contraste con la retórica de operación limitada resulta difícil de sostener. Y cuanto más se prolongue esa ambigüedad, más probable será que la Casa Blanca quede atrapada entre dos fracasos: no asegurar el uranio o verse obligada a invadir para intentarlo.