Trump explora una salida a la guerra mientras arde un petrolero en Dubái

Ataques de Irán

La Casa Blanca sopesa cerrar la ofensiva contra Irán sin reabrir de inmediato el estrecho de Ormuz, justo cuando el ataque al buque Al Salmi vuelve a golpear el corazón energético del Golfo.

La noticia no es solo militar. Es, sobre todo, económica. Mientras Donald Trump habría trasladado a sus asesores que está dispuesto a dar por terminada la guerra incluso sin recuperar todavía la navegación plena en Ormuz, un dron impactó este 31 de marzo contra el petrolero kuwaití Al Salmi cerca de Dubái, provocando un incendio que fue controlado sin heridos ni vertido confirmado. El dato decisivo es otro: por ese paso marítimo circula en condiciones normales alrededor del 20% del consumo mundial de líquidos petrolíferos y más de una quinta parte del comercio global de GNL. 

Una retirada sin victoria completa

La información publicada este 31 de marzo apunta a un giro relevante en Washington: Trump estaría dispuesto a cerrar la campaña contra Irán sin exigir como condición previa la reapertura inmediata de Ormuz. No es un matiz menor. Supone admitir que el objetivo político de la Casa Blanca ya no sería restaurar por la fuerza la normalidad comercial en el Golfo, sino encontrar una rampa de salida antes de que el coste económico y militar se vuelva más difícil de sostener. El conflicto, según los recuentos difundidos hoy, entró en su día 32 tras arrancar el 28 de febrero.

Lo más grave es que esa eventual retirada no equivaldría a una normalización. Si el paso marítimo más sensible del planeta sigue operando bajo amenaza, el mercado no compra paz: compra tiempo. Y el tiempo, en energía, se traduce en primas de riesgo, seguros disparados y cargamentos retrasados. Ese hecho revela el corazón de la crisis actual: Washington puede dejar de bombardear antes de que el comercio vuelva a funcionar. Para las refinerías asiáticas, las navieras y los bancos que financian el tráfico marítimo, esa diferencia lo cambia todo.

El golpe al Al Salmi

La madrugada del 31 de marzo dejó una escena muy concreta y muy elocuente. El petrolero kuwaití Al Salmi, fondeado en aguas de Dubái, fue alcanzado por un dron, según informaron medios oficiales de Kuwait y confirmó la oficina de medios de Dubái. El fuego fue extinguido, los 24 tripulantes resultaron ilesos y las autoridades emiratíes aseguraron que no había fuga de crudo. Kuwait atribuyó el ataque a Irán; otras coberturas internacionales añadieron que no existía todavía una verificación independiente completa sobre la autoría.

Sin embargo, el daño estratégico va más allá de la nave afectada. Que un petrolero sea golpeado en el entorno de Dubái demuestra que el problema ya no se limita al estrecho en sí, sino a todo el ecosistema logístico y financiero del Golfo. Un buque inmóvil, en fondeo, también puede convertirse en objetivo. Y cuando eso ocurre, el mensaje a armadores y aseguradoras es demoledor: ni siquiera esperar fuera del corredor más caliente garantiza seguridad. El diagnóstico es inequívoco: el ataque al Al Salmi encarece cada barril antes incluso de que salga del puerto.

Ormuz, el cuello que estrangula al planeta

Conviene recordar por qué cada incidente en esa franja tiene un efecto tan desproporcionado. La Administración de Información Energética de Estados Unidos estima que en 2024 pasaron por Ormuz unos 20 millones de barriles diarios, el equivalente a cerca del 20% del consumo mundial de líquidos petrolíferos. En el caso del gas natural licuado, la dependencia tampoco es marginal: en 2024 transitó por allí alrededor del 20% del comercio mundial de GNL, con Qatar como actor central y China como principal destino de buena parte de esos flujos.

El contraste con la situación actual resulta demoledor. El FMI advirtió en marzo de que el tráfico por Ormuz había caído un 90%, mientras su plataforma PortWatch eleva el impacto potencial al señalar que la zona facilita aproximadamente el 25% del comercio marítimo mundial de petróleo. Es decir, no hace falta una clausura formal, ni siquiera un minado total, para desencadenar una crisis: basta con una combinación de ataques, miedo asegurador y retirada preventiva de navieras. El origen de la ineficiencia del mercado no está solo en los misiles, sino en la desaparición de la confianza.

La estrategia contradictoria de Trump

Mientras sopesa una salida, Trump mantiene un lenguaje de máxima presión. En las últimas horas ha vuelto a amenazar con destruir infraestructuras energéticas iraníes si no hay acuerdo, y la posibilidad de actuar sobre Kharg Island, por donde pasa alrededor del 90% de las exportaciones de crudo iraní, ha reaparecido en el debate estratégico estadounidense. Esa combinación de mensajes —retirada posible y escalada potencial— no transmite una doctrina clara; transmite urgencia.

“Observamos disrupciones del comercio, subidas de la energía y volatilidad en los mercados”, resumió el FMI a comienzos de marzo. La frase sirve también para describir la política de Washington. Porque un presidente que habla de terminar la guerra pero mantiene sobre la mesa la destrucción del aparato energético enemigo no está cerrando el conflicto: está intentando renegociarlo desde el aire. Y ese método tiene un límite evidente. Si Teherán interpreta que la oferta estadounidense es, en realidad, un alto el fuego sin garantías, la tentación de seguir castigando el tráfico comercial seguirá viva.

El coste que ya pagan Asia y Europa

Los mercados han entendido esa contradicción mejor que muchos gobiernos. Tras rozar niveles próximos a 117 dólares, el Brent seguía este 31 de marzo moviéndose en el entorno de 107-111 dólares por barril, con un avance acumulado desde el inicio de la guerra cercano al 40% en algunas mediciones y con referencias que hablan de la mayor subida mensual en décadas. El simple rumor de una desescalada bastó para moderar algo el precio intradía; no bastó, ni de lejos, para borrar la prima de guerra.

La consecuencia es clara: el golpe no recae solo sobre Oriente Medio. Asia es especialmente vulnerable por su exposición directa a las rutas energéticas del Golfo, y Europa, aunque más diversificada, vuelve a enfrentarse al riesgo clásico de energía cara, inflación y crecimiento más débil. El FMI mantiene una previsión de crecimiento global del 3,3% para 2026, pero ya ha avisado de que el nuevo conflicto pone a prueba esa resiliencia y añade presión sobre comercio, actividad y mercados financieros. Los países con más deuda, además, tendrán menos margen para amortiguar el golpe.

Qué gana Irán al alargar la crisis

La lógica iraní, al menos vista desde el tablero económico, no exige cerrar Ormuz de manera absoluta. Le basta con convertirlo en una ruta demasiado cara, demasiado incierta o demasiado lenta. Ese es el punto ciego de la estrategia occidental. Un solo ataque exitoso, una amenaza sobre aseguradoras o la simple sospecha de nuevos drones puede vaciar el corredor tanto como una gran operación naval. Por eso el descenso del tráfico ha sido tan severo sin necesidad de una fotografía definitiva de bloqueo total.

Además, al golpear buques e infraestructuras en el Golfo, Teherán desplaza parte del coste hacia los socios regionales de Washington y hacia los grandes compradores asiáticos. Estados Unidos sufre por el precio del petróleo y por el desgaste geopolítico, pero no depende de Ormuz en la misma proporción que Europa o Asia. La lectura que se desprende de las posiciones oficiales y de los datos energéticos es incómoda: Irán puede perder capacidad militar y, aun así, conservar poder de daño económico. Ese equilibrio explica por qué una “salida” estadounidense dista mucho de equivaler a una victoria.

El efecto dominó que viene

Hay otro elemento que los mercados no pierden de vista: esta crisis no actúa sola. El análisis de Thomson Reuters Institute advirtió ya en marzo del riesgo de una doble crisis de cuellos de botella, combinando la parálisis de Ormuz con el deterioro de la seguridad en el corredor del mar Rojo. Si ambos ejes permanecen dañados al mismo tiempo, el problema deja de ser exclusivamente petrolero y pasa a ser logístico, industrial y financiero. Se encarece el crudo, sí, pero también el transporte, los seguros, los fertilizantes y los tiempos de entrega.

Ese es el dato que nadie quiere ver. Una paz imperfecta puede ser casi tan costosa como una guerra limitada si conserva intactos los mecanismos del miedo económico. Los buques tardan más en volver que los titulares. Las pólizas no bajan porque un presidente cambie de tono en una rueda de prensa. Y los bancos no reabren líneas de crédito marítimo relevantes mientras siga existiendo la posibilidad de otro Al Salmi mañana, pasado o dentro de una semana. El contraste con otras crisis energéticas recientes es nítido: aquí confluyen oferta, transporte y percepción de riesgo a la vez.