Trump expulsa a Canadá del ‘Board of Peace’ y reabre la brecha con los aliados

El acuerdo comercial entre Estados Unidos y Canadá podría estar listo para la cumbre de la APEC - EPA / SHAWN EL NUEVO​​​​​​​​
La Casa Blanca castiga el discurso de Carney en Davos, mientras suma a Netanyahu, potencias árabes y hasta Lukashenko a un órgano que pretende competir con la ONU en Gaza

La arquitectura de la posguerra en Gaza ya se ha convertido en una demostración de fuerza geopolítica. En una carta tan cortés en la forma como demoledora en el fondo, Donald Trump ha retirado la invitación a Canadá para integrarse en el Board of Peace, el órgano que la Casa Blanca presenta como el “consejo de líderes más prestigioso jamás reunido” para supervisar la reconstrucción del enclave tras más de dos años de conflicto. El destinatario, el primer ministro Mark Carney, acababa de ser aplaudido en Davos por denunciar que el “viejo orden mundial está muerto” y advertir contra la coerción económica de las grandes potencias.

El giro no se queda en un gesto simbólico: Washington confirma que Canadá queda fuera mientras mantiene invitaciones activas para Israel, para un bloque de siete países musulmanes y hasta para Alexander Lukashenko, el autócrata bielorruso aliado de Putin. Al mismo tiempo, Trump insiste en que la “estructura” sobre Groenlandia avanza y su secretario de Comercio tacha el discurso de Carney en el Foro de Davos de mera “ruido político”. Ottawa encaja así un doble golpe: se le niega asiento en el nuevo órgano de poder en Oriente Medio y se cuestiona su papel en la renegociación del T-MEC.

TS

Un portazo por carta abierta al primer ministro canadiense

El tono de la misiva de Trump a Carney es inequívoco. En una carta abierta publicada en Truth Social, el presidente estadounidense escribe: «Please let this Letter serve to represent that the Board of Peace is withdrawing its invitation to you regarding Canada’s joining, what will be, the most prestigious Board of Leaders ever assembled, at any time». El cierre –«Thank you for your attention to this matter!»– añade una ironía velada: cortesía formal para certificar un auténtico portazo diplomático.

Hasta esta semana, fuentes canadienses daban por hecho que Ottawa aceptaría la invitación. Carney había trasladado a la prensa que se preparaba para entrar en el dispositivo de la Casa Blanca, y un alto cargo del Gobierno reconocía que la invitación estaba “en estudio” pero con intención favorable. La decisión de Trump revienta ese guion en un momento especialmente delicado: Canadá contaba con estar en la primera línea de la reconstrucción de Gaza, tras años de apoyo financiero y político a la UNRWA y a otros mecanismos multilaterales.

El contraste resulta aún más llamativo si se observa la lista de invitados que sí se mantienen: Israel como miembro fundador, el bloque de países árabes encabezados por Arabia Saudí, y la presencia al menos tentativamente ofrecida a Vladimir Putin y Lukashenko. El mensaje implícito es que Carney ha cruzado una línea política que Washington no está dispuesto a tolerar en su nuevo “club”.

Un ‘Board of Peace’ que compite con la ONU en Gaza

El Board of Peace nace como instrumento alternativo a la ONU para gestionar la posguerra en Gaza. Según la nota de la Casa Blanca, el órgano será responsable de aplicar los 20 puntos del plan de paz de Trump, con funciones de “supervisión estratégica, movilización de recursos internacionales y garantía de rendición de cuentas” mientras Gaza transita de la guerra a la reconstrucción.

La presidencia recae en el propio Trump, acompañado por un núcleo duro de confianza: el secretario de Estado Marco Rubio, el enviado Steve Witkoff, el yerno presidencial Jared Kushner y el ex primer ministro británico Tony Blair. Sobre el terreno, la operativa será dirigida por Ali Shaath, ingeniero y antiguo alto cargo de la Autoridad Palestina, que coordinará un comité palestino de gobierno diario.

En paralelo, la Casa Blanca ha diseñado un segundo órgano, el “Gaza Executive Board”, encargado de “apoyar la gobernanza efectiva y la prestación de servicios de primera clase”. Su composición mezcla a figuras del círculo de Trump con responsables regionales: Witkoff, Kushner, Blair, el CEO de Apollo Marc Rowan, el ex enviado de la ONU Nickolay Mladenov, el ministro de Exteriores turco Hakan Fidan, diplomáticos de Qatar y Egipto, la ministra emiratí Reem Al-Hashimy, el empresario Yakir Gabay y la ex vice primera ministra neerlandesa Sigrid Kaag.

El diseño revela la ambición de Washington: construir un ecosistema propio de gobernanza para Gaza, basado en alianzas ad hoc, capital privado y aliados seleccionados, y situarlo en paralelo –cuando no en competencia– con el marco de Naciones Unidas.

De Davos a la desinvitación: el coste del discurso de Carney

La decisión de Trump llega pocos días después del discurso inaugural de Carney en el Foro de Davos, que ha marcado buena parte del relato de esta edición. El primer ministro canadiense advirtió de que “el viejo orden mundial está muerto” y reclamó que las “potencias medias” se coordinen para resistir la coerción económica de los grandes bloques.

Las palabras tuvieron amplio eco entre líderes europeos, que llevan meses alertando de una ruptura estructural de las alianzas tradicionales de defensa y comercio. La reacción de Washington, sin embargo, fue mucho menos amable. El secretario de Comercio Howard Lutnick descalificó la intervención como “ruido político”, acusó a Carney de quejarse pese a tener “el segundo mejor acuerdo del mundo” y advirtió de que el reciente acercamiento de Ottawa a China puede complicar la revisión del acuerdo de libre comercio norteamericano (T-MEC) prevista para este año.

En su primer gran discurso doméstico tras Davos, Carney dobló la apuesta. “Canadá no puede resolver todos los problemas del mundo, pero puede ser un faro”, afirmó, antes de subrayar que “en un tiempo de auge del populismo y el nacionalismo étnico, podemos demostrar que la diversidad es una fuerza, no una debilidad”. El contraste con la respuesta de la Casa Blanca es evidente: mientras el primer ministro reivindica un papel de “ejemplo” democrático, Washington le recuerda que su asiento en los nuevos foros se decide, en última instancia, en el Despacho Oval.

Poilievre aprovecha la brecha y aprieta en política interna

En el frente doméstico, la desinvitación llega en un momento en que el líder conservador Pierre Poilievre intenta consolidar el relato de que Carney habla mucho y logra poco. En un comunicado, el jefe de la oposición conservadora concedió al primer ministro un elogio envenenado por su discurso en Davos –“bien escrito y bien pronunciado”– para inmediatamente después dinamitar el balance de su primer año:

“Hasta ahora, el señor Carney ha tenido la suerte de ser juzgado por su retórica (…) porque, casi un año después, la realidad no ha cambiado. Hay una ilusión de propósito, pero ningún resultado que lo respalde”, afirmó. Y remató: “Necesitamos hacer cosas, no solo decirlas”.

Poilievre anunció además que los conservadores introducirán una moción para aprobar la Canadian Sovereignty Act cuando el Parlamento vuelva a reunirse, en una clara maniobra para capitalizar el malestar ante lo que presenta como pérdida de influencia internacional. El riesgo para Carney es evidente: que la expulsión del Board of Peace se convierta en símbolo de una diplomacia más moralista que eficaz, justo cuando su Gobierno intenta vender la idea de una Canadá “faro” en un mundo agitado.

Un club heterogéneo: de Netanyahu a Lukashenko y Putin

La lista de países y líderes que sí mantienen invitación al Board of Peace subraya el carácter marcadamente geopolítico del órgano. Benjamin Netanyahu ha aceptado ya el asiento como miembro fundador, en un contexto en el que la legitimidad de Israel para diseñar la posguerra de Gaza está en el centro del debate internacional.

Según diversas cancillerías, también han recibido invitación el presidente bielorruso Alexander Lukashenko, calificado reiteradamente como “el último dictador de Europa”; el presidente ruso Vladimir Putin, que todavía “estudia” la oferta; y un bloque de países de mayoría musulmana integrado por Egipto, Indonesia, Jordania, Pakistán, Qatar, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos. A ellos se suman nombres como Marruecos, Vietnam, Kazajistán, Hungría, Argentina, así como Bielorrusia, Eslovenia, Tailandia y la Comisión Europea.

El mosaico dibuja un espacio donde conviven democracias liberales, autocracias consolidadas y regímenes híbridos, bajo la batuta directa de Trump. Que Canadá quede fuera mientras se corteja a Putin y Lukashenko es una señal política en sí misma: el criterio no es solo el expediente democrático, sino la funcionalidad del aliado para la estrategia de Washington en Oriente Medio y, sobre todo, la disposición a alinearse con el diseño trumpiano del “nuevo orden”.

Groenlandia en paralelo: la otra pieza del nuevo tablero

Mientras se consumaba la ruptura con Carney en el tablero de la paz en Gaza, Trump aprovechaba su regreso desde Davos para insistir en otro de sus proyectos estrella: la “estructura de Groenlandia”. En un mensaje en Truth Social, el presidente explicó que el marco sobre la isla “se está trabajando”, y volvió a calificar el eventual acuerdo como “increíble” para Estados Unidos.

El primer ministro groenlandés Jens-Frederik Nielson ha reconocido que sus diplomáticos mantienen contactos con Washington, pero admite no conocer aún los elementos “concretos” del plan. La simultaneidad de ambos movimientos —avanzar en el diseño de un protectorado funcional en el Ártico mientras se desplaza a Canadá del núcleo decisorio en Gaza— refuerza la percepción de que Trump está redibujando la jerarquía de aliados: algunos pasan a ocupar un lugar central en su arquitectura de poder, otros quedan relegados a un segundo nivel, y otros, como Canadá, reciben un aviso claro de las consecuencias de desafiar el relato estadounidense en foros como Davos.

Qué significa para Canadá, Europa y las “potencias medias”

La desinvitación de Canadá del Board of Peace va más allá de un choque de egos. Para Ottawa, supone perder capacidad de influencia directa sobre el diseño de la posguerra en Gaza, un terreno donde ha invertido capital diplomático y recursos durante años. Para Europa, que ha acogido con entusiasmo el discurso de Carney sobre el fin del viejo orden, es un recordatorio incómodo: quien se alinea discursivamente con las “potencias medias” pero depende de la seguridad y el mercado estadounidense, paga un precio cuando Washington decide apretar.

El episodio puede tener un efecto doble. Por un lado, puede reforzar la convergencia europea-canadiense en torno a una agenda de defensa del multilateralismo, la ONU y la limitación de la coerción económica. Por otro, puede acelerar la reflexión de muchos gobiernos sobre cómo relacionarse con un Estados Unidos que combina invitaciones selectivas con exclusiones punitivas, tanto en seguridad como en comercio y reconstrucción.

El diagnóstico que se escucha cada vez más en pasillos diplomáticos es sencillo, pero contundente: el atlantismo ya no es automático, sino negociado. Y episodios como la expulsión de Canadá del Board of Peace confirman que la nueva moneda en circulación no son solo las armas ni los aranceles, sino también los asientos –otorgados o retirados– en los órganos donde se decide la paz, la guerra y la reconstrucción en las zonas calientes del planeta.