Trump lanza la Junta de Paz que revoluciona la diplomacia global

Trump lanza la Junta de Paz que revoluciona la diplomacia global
Donald Trump impulsa una Junta de Paz con 26 países fundadores y más de 5.000 millones en ayuda para Gaza, desafiando a la ONU y aumentando la tensión geopolítica en Oriente Medio con un ultimátum a Irán.

Donald Trump ha vuelto a sacudir los cimientos de la diplomacia internacional desde Washington con la presentación de su denominada Junta de Paz, un mecanismo financiero y político diseñado para gestionar la reconstrucción de la Franja de Gaza. Con un compromiso inicial de 5.000 millones de dólares aportado por 26 naciones fundadoras, la iniciativa nace con una declaración de intenciones demoledora: eludir sistemáticamente la estructura de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Este movimiento no es solo un plan de infraestructuras, sino un órdago directo a la arquitectura multilateral vigente desde 1945, sustituyendo el consenso burocrático por un pragmatismo de "chequera y resultados".

El ocaso del multilateralismo tradicional

La creación de esta Junta de Paz responde a un diagnóstico crítico que Trump y sus aliados han mantenido durante años: la incapacidad operativa de la ONU en escenarios de crisis persistentes. Según los impulsores del proyecto, el organismo internacional se ha convertido en un laberinto de vetos cruzados y una burocracia ineficiente que consume más recursos en su propio mantenimiento que en la ayuda real sobre el terreno. El contraste con las misiones tradicionales es absoluto; mientras que los fondos de la ONU suelen quedar diluidos en estructuras administrativas, la Junta de Paz pretende aplicar una lógica corporativa a la diplomacia.

Este hecho revela una tendencia creciente hacia el unilateralismo coordinado, donde la legitimidad no emana de una asamblea general, sino de la capacidad de ejecución financiera. La consecuencia es clara: se está gestando un sistema paralelo de gobernanza global donde las potencias que aportan el capital son las únicas con derecho a dictar las condiciones de la paz. Este enfoque pragmático podría, efectivamente, acelerar los plazos de reconstrucción en una Gaza devastada, pero a costa de dinamitar los canales diplomáticos que han servido de contención —aunque precaria— durante décadas.

Una chequera de 5.000 millones frente al bloqueo

La potencia de fuego financiera de la Junta no es desdeñable. Los 5.140 millones de dólares comprometidos inicialmente superan con creces los llamamientos de emergencia realizados por las agencias humanitarias tradicionales en el último semestre. Los fondos, según el borrador de la Junta, no se entregarán a autoridades locales bajo sospecha de desvío de capitales, sino que serán administrados por un comité técnico compuesto por representantes de los países donantes. Este control férreo sobre el flujo de caja es el corazón de la propuesta de Trump, quien busca evitar que la reconstrucción financie indirectamente capacidades militares hostiles.

Lo más grave para la ONU es que este capital proviene, en gran medida, de naciones que históricamente han sido contribuyentes netos a sus programas de refugiados. Al desviar estos fondos hacia una estructura privada y externa, la asfixia financiera de organismos como la UNRWA podría ser irreversible. El diagnóstico es inequívoco: se está produciendo un trasvase de soberanía financiera desde el multilateralismo hacia una alianza de conveniencia liderada por Washington, donde el 80% de las inversiones previstas se destinarán a contratos directos de infraestructuras críticas, energía y desalinización.

El eje de los 26: una fractura geopolítica evidente

La composición de la Junta de Paz dibuja un mapa nítido de las nuevas alianzas globales. Entre los 26 países fundadores destacan monarquías árabes moderadas y potencias emergentes del sudeste asiático que ven en este foro una oportunidad de participar en el "negocio de la paz" sin las trabas ideológicas de Nueva York. Sin embargo, el contraste con las ausencias resulta demoledor. Francia, Reino Unido, Rusia y China se han negado tajantemente a participar, calificando la iniciativa de "unilateral" y "peligrosa para la estabilidad regional".

Esta división no es meramente técnica, sino profundamente política. Al fracturar el consenso de las grandes potencias, la Junta de Paz corre el riesgo de convertir la reconstrucción de Gaza en un tablero de competición geopolítica. Mientras que los aliados de Trump defienden la agilidad del nuevo foro, los críticos advierten de que una paz gestionada exclusivamente por un bloque de países carecerá de la legitimidad necesaria para ser duradera. «No se puede reconstruir una nación bajo un modelo de franquicia sin contar con el consenso de las potencias que tienen derecho de veto en el Consejo de Seguridad», señalan fuentes diplomáticas europeas en Washington.

El ultimátum a Irán: la sombra del conflicto militar

El anuncio de la Junta de Paz no ha venido solo. En una maniobra que ha elevado la tensión regional a niveles críticos, Trump ha lanzado un ultimátum de diez días a Teherán. Esta exigencia de cese de hostilidades y fin del apoyo a milicias proxy es el "garrote" que acompaña a la "zanahoria" de los 5.000 millones de dólares. La estrategia es meridiana: no habrá reconstrucción sin una capitulación geopolítica previa de Irán. Este hecho revela que la Junta de Paz no es un organismo humanitario, sino una herramienta de presión de máxima intensidad.

La consecuencia de este ultimátum es una incertidumbre total en los mercados energéticos y en las cancillerías de Oriente Medio. Si Irán ignora la advertencia, la Junta de Paz podría transformarse en una coalición de guerra en menos de dos semanas. Este escenario de confrontación directa pone en entredicho la viabilidad de cualquier proyecto de ingeniería civil en la zona. La estabilidad regional, lejos de fortalecerse, pende ahora de un hilo diplomático de apenas 240 horas, lo que sitúa a la comunidad internacional ante un dilema de seguridad sin precedentes en la historia reciente.

Reconstrucción bajo demanda: ¿Diplomacia o negocio?

El modelo propuesto por la Junta de Paz se aleja de la ayuda al desarrollo tradicional para acercarse a la inversión en capital riesgo. El plan contempla la creación de "Zonas Económicas Especiales" en la periferia de Gaza, donde las empresas de los países fundadores tendrían prioridad absoluta en las licitaciones. Se estima que el 65% del presupuesto inicial se canalizará a través de consorcios privados internacionales, lo que ha levantado suspicacias sobre los verdaderos beneficiarios de la iniciativa.

Este enfoque de "paz por prosperidad" ha sido la piedra angular de la visión de Trump para la región. Al vincular la reconstrucción con el beneficio empresarial, se pretende crear un ecosistema de intereses que haga que el retorno a las armas sea económicamente inviable. Sin embargo, el riesgo es que la Franja se convierta en un protectorado corporativo, carente de instituciones políticas sólidas y dependiente de un cordón umbilical financiero manejado desde despachos en Washington y Dubái. La eficacia contra la legitimidad; ese es el gran debate que la Junta de Paz ha puesto sobre la mesa.

Las lecciones del pasado y el vacío de poder

La historia de las reconstrucciones internacionales está plagada de fracasos, desde Irak hasta Afganistán, donde la inyección masiva de capital no logró consolidar estructuras estatales. La Junta de Paz parece ignorar estas lecciones al intentar construir una solución sobre el vacío que deja la marginación de la ONU. La exclusión de actores como la Unión Europea —principal donante histórico de la zona— supone un riesgo de duplicidad de esfuerzos y de descoordinación que podría terminar en un despilfarro de recursos similar al de décadas anteriores.

Lo más grave es la falta de un interlocutor local validado por todas las partes. Al operar fuera del marco de la ONU, la Junta de Paz carece de los mecanismos de mediación necesarios para tratar con las facciones palestinas de manera equilibrada. Este vacío de mediación tradicional suele ser llenado por la fuerza o por el dinero, pero raramente por la política. El diagnóstico de los analistas de inteligencia es reservado: una reconstrucción impuesta desde fuera, sin un proceso político inclusivo, suele ser el preludio de un nuevo ciclo de violencia una vez que los fondos iniciales se agotan o el interés político se desplaza hacia otro foco.

El efecto dominó en el sistema global

¿Qué puede pasar ahora? Si la Junta de Paz logra sus primeros objetivos operativos —como la restauración del suministro eléctrico en un 40% del territorio en menos de seis meses—, el modelo podría replicarse en otros conflictos, vaciando definitivamente de contenido a la ONU. Estaríamos ante el fin de la era del multilateralismo humanitario para entrar en la era de las coaliciones de inversión para la estabilidad. Por el contrario, si la tensión con Irán escala hacia un conflicto armado, los 5.000 millones de la Junta se convertirán en una anécdota contable en comparación con el coste de una guerra regional.

El precedente que sienta Washington es de una gravedad extrema para la arquitectura global. La legitimidad internacional ya no se debate en la Asamblea General, sino que se compra en el mercado de las alianzas de seguridad. La erosión de los pilares que han sostenido el sistema global desde la posguerra es ya una realidad palpable. La Junta de Paz es, en definitiva, el certificado de defunción de un orden mundial que Trump ha decidido que ya no le es útil. El tiempo dirá si este nuevo mecanismo es capaz de construir algo más que edificios sobre las ruinas de la diplomacia tradicional.