El presidente de EE UU eleva su órgano paralelo, nacido en Gaza, a posible alternativa al sistema multilateral levantado tras la Segunda Guerra Mundial

Trump plantea que su Board of Peace sustituya a la ONU

EPA/JIM LO SCALZO

Donald Trump sugirió en la Casa Blanca que su recién creado “Board of Peace” podría “sustituir” algún día a Naciones Unidas. El mandatario, en el primer aniversario de su segundo mandato, insistió en que la ONU “nunca le ha ayudado” y que “no ha estado a la altura de su potencial”, mientras se atribuye la mediación de varias treguas y acuerdos de alto impacto, empezando por Gaza. El nuevo organismo, respaldado formalmente por una resolución del Consejo de Seguridad pero diseñado y controlado desde Washington, nace ya con una ambición declarada: ir más allá de Oriente Próximo y convertirse en dirección alternativa de los conflictos globales. La pregunta, ahora, es si se trata de una pieza táctica de la diplomacia trumpista o de un auténtico intento de reescribir las reglas del orden internacional.

Un órdago directo a Naciones Unidas

Trump lleva años cuestionando el valor de la ONU, pero nunca había ido tan lejos como al plantear que su Board of Peace “podría” reemplazar a la organización con sede en Nueva York. Lo hizo en una rueda de prensa de casi dos horas, en la que presumió de su lista de “logros” en política exterior y subrayó que, en sus conflictos clave, “nunca” ha considerado recurrir a Naciones Unidas. El mensaje es doble: deslegitimar un sistema multilateral que considera lento e ineficaz, y presentar su estructura ad hoc como herramienta más ágil, jerárquica y alineada con los intereses de Washington.

En público, Trump matiza que “hay que dejar que la ONU continúe” porque “su potencial es enorme”, pero el propio diseño del Board de Peace apunta a algo distinto: una instancia paralela que concentra poder político, militar y financiero en manos de un núcleo reducido de aliados. El contraste con la lógica de equilibrios, vetos y contrapesos del Consejo de Seguridad es evidente. Lo que en un principio se presentó como un mecanismo transitorio de gestión de la posguerra en Gaza empieza a perfilarse como proyecto alternativo de gobernanza global.

Un organismo nacido en Gaza con vocación global

El Board of Peace se concibió en 2025 como parte de un plan de 20 puntos para poner fin a la guerra de Gaza y reconstruir la Franja, aprobado por la resolución 2803 del Consejo de Seguridad. El texto otorgaba al organismo personalidad jurídica internacional y un mandato acotado: supervisar la administración interina, coordinar la reconstrucción y canalizar fondos de donantes. Sobre el papel, era una estructura de estabilización territorial, similar a misiones anteriores en Kosovo o Timor Oriental, aunque con una huella estadounidense mucho más marcada.

En apenas dos meses, ese mandato ha empezado a estirarse. Washington ya ha lanzado la idea de que el Board pueda abordar otros “puntos calientes” como Ucrania o Venezuela, abriéndose paso como foro de resolución de conflictos al margen –o por encima– de la ONU. El propio Trump lo define como un “nuevo enfoque audaz” para gestionar crisis y movilizar capital a gran escala, no sólo en Oriente Próximo, sino allí donde se combinen guerra, reconstrucción y oportunidades de negocio.

Ese giro de misión, de Gaza al mundo, preocupa a diplomáticos y expertos que ven cómo una estructura supuestamente temporal se convierte, de facto, en un embrión de organización internacional paralela.

Cuotas millonarias y poder concentrado

Si el modelo institucional de la ONU se construyó sobre la base de cuotas proporcionales y voto igual por país en la Asamblea General, el Board of Peace se define por una lógica distinta: la del “pay-to-play”. El borrador de estatutos remitido a unas 60 capitales establece que, para gozar de un asiento permanente más allá de tres años, los Estados deberán aportar 1.000 millones de dólares en efectivo. La membresía temporal, en cambio, sería gratuita pero rotatoria, consolidando un núcleo duro de grandes aportantes.

Trump presidirá el organismo de por vida y tendrá la capacidad de nombrar y destituir a sus miembros, además de influir directamente en la agenda, en un esquema sin equivalente en el sistema de la ONU, donde el secretario general es elegido por la Asamblea tras propuesta del Consejo. La ejecutiva fundacional incluye al secretario de Estado, Marco Rubio, al empresario y enviado especial Steve Witkoff, al ex primer ministro británico Tony Blair y a su yerno Jared Kushner, consolidando una constelación de figuras de confianza del presidente.

“Es un tribunal imperial centrado en Trump”, ha llegado a describirlo un influyente medio británico, que cuestiona tanto la falta de contrapesos como la vinculación entre dinero, acceso político y capacidad de decisión. El diagnóstico es inequívoco: el diseño de gobernanza concentra poder y diluye la noción clásica de representación interestatal.

Reacciones europeas: cautela, recelo y alguna adhesión

La ofensiva diplomática de la Casa Blanca ha enviado cartas de invitación a alrededor de 60 países, priorizando aliados en Europa, Oriente Próximo, Asia y África. Sin embargo, la respuesta está lejos de ser entusiasta. Hungría se ha alineado de forma explícita con el proyecto, mientras que Marruecos ha confirmado su adhesión y explora el papel que el Board podría desempeñar en la región del Magreb. Otros gobiernos, en cambio, optan por el silencio público y las reservas en privado.

El ministro de Exteriores belga ha acusado abiertamente a Trump de intentar “suplantar a Naciones Unidas”, reflejando un malestar que se comparte en varias cancillerías europeas, incluidas París y Berlín. La coincidencia es clara: si el Board de Peace pasa de ser un mecanismo para Gaza a un foro generalista, el daño a la legitimidad de la ONU sería difícilmente reversible.

Al mismo tiempo, las capitales que desconfían del proyecto son conscientes de que quedarse fuera puede implicar perder influencia en decisiones estratégicas y en la asignación de miles de millones en contratos de reconstrucción. Este dilema –participar y legitimar, o ausentarse y ceder terreno– explica la extrema prudencia con la que se está calibrando cada paso.

Riesgos para el multilateralismo y el derecho internacional

La coexistencia de la ONU con un Board de Peace de vocación global plantea interrogantes de fondo. ¿Qué ocurre si ambas estructuras emiten resoluciones contradictorias sobre un mismo conflicto? ¿Cuál prevalece cuando los mandatos choquen sobre el terreno? Para muchos juristas, la creación de un órgano paralelo con capacidad de desplegar fuerzas y administrar territorios abre una zona gris en el derecho internacional.

El riesgo no es sólo jurídico, sino práctico. La experiencia en Gaza ya es inquietante: pese al alto el fuego pactado, más de 460 palestinos –al menos 100 menores– y tres soldados israelíes han muerto desde su entrada en vigor, según cifras citadas por la propia administración estadounidense. La consecuencia es clara: un órgano que nace como garante de la paz empieza su andadura gestionando un acuerdo frágil, con violencia persistente y sin una presencia robusta de Naciones Unidas en el terreno.

Además, la casi nula participación palestina en las estructuras decisorias del Board y la oposición de parte del Gobierno israelí a algunos nombres propuestos para la autoridad ejecutiva alimentan la percepción de que la prioridad no es tanto la reconstrucción sostenible como el control político del enclave.

La comparación histórica: de la Sociedad de Naciones al tablero Trump

La tentación de crear estructuras paralelas al orden existente no es nueva. Tras la Primera Guerra Mundial, la Sociedad de Naciones no logró impedir el ascenso de las potencias revisionistas, y el resultado fue la Segunda Guerra Mundial y, después, la fundación de la propia ONU. Hoy, el movimiento de Trump recuerda, salvando las distancias, a aquel momento de ruptura: una potencia cuestiona la eficacia del sistema y propone un club alternativo, más reducido y a su medida.

Sin embargo, el contraste con otras regiones resulta demoledor. Mientras la Unión Europea ha invertido décadas en reforzar foros multilaterales –del G20 a la OMC–, Washington explora una vía mucho más personalista, centrada en la figura del presidente y en un círculo limitado de aliados. En lugar de reformar los mecanismos de veto del Consejo de Seguridad o de revisar el sistema de financiación de la ONU, la apuesta pasa por construir un organismo cuya piedra angular es el liderazgo de Trump y la aportación económica de quienes deseen asiento preferente.

El precedente que se sienta es delicado: si mañana otra gran potencia decidiera promover un “consejo de seguridad alternativo” bajo sus propias reglas, el resultado sería una fragmentación aún mayor del tablero internacional.