Trump pone en duda el escudo naval de EEUU en Ormuz

Buque petrolero Foto de Scott Tobin en Unsplash

El pulso por Ormuz erosiona la credibilidad de Washington en la ruta marítima más sensible del planeta.

20 millones de barriles diarios y en torno al 25% del comercio marítimo mundial de petróleo pasan por el estrecho de Ormuz. En ese punto exacto se está midiendo hoy algo más que el precio del crudo: se está midiendo la fiabilidad estratégica de Estados Unidos. Donald Trump ha combinado amenazas de castigo masivo contra Irán con un mensaje igual de inquietante para los aliados: que sean otros quienes asuman la protección de la ruta. Lo más grave no es solo la escalada militar. Lo más grave es la duda que introduce sobre un principio que ha sostenido el comercio global durante décadas: que Washington, con todos sus errores, seguía siendo el último garante de la libertad de navegación. Cuando esa convicción se agrieta, el mercado descuenta riesgo antes incluso de que llegue el siguiente misil.

El estrecho que fija el precio del mundo

Ormuz no es un cuello de botella más. Es la válvula central del sistema energético internacional. Según la Agencia Internacional de la Energía, por ese paso transitaron en 2025 unos 20 millones de barriles al día, equivalentes a una cuarta parte del comercio marítimo mundial de petróleo, con el agravante de que el 80% de esos flujos se dirige a Asia. A eso se añade otra capa de vulnerabilidad: Qatar y Emiratos canalizan por esa misma zona cerca del 20% de las exportaciones globales de GNL, de modo que un cierre prolongado no solo afecta a gasolineras y refinerías, sino también a eléctricas, fertilizantes, industria pesada y cadenas agroalimentarias. La Organización Marítima Internacional ha confirmado, además, 21 ataques contra buques comerciales desde el 28 de febrero y mantiene el foco sobre 20.000 marinos civiles atrapados en el Golfo. La consecuencia es clara: cuando falla Ormuz, no se encarece un trayecto; se encarece la economía mundial.

El giro de Washington

En ese contexto, el mensaje de Trump ha sido todo menos tranquilizador. Por un lado, el presidente ha endurecido el tono frente a Teherán y ha llegado a lanzar un ultimátum para reabrir el estrecho. Por otro, también ha sostenido que asegurar Ormuz “no es cosa nuestra” y ha instado a los países que dependen del petróleo del Golfo a defender por sí mismos la ruta. Ese doble lenguaje es el núcleo del problema. La potencia que durante décadas ha basado su influencia en ofrecer seguridad a cambio de liderazgo ahora sugiere que la garantía puede convertirse en servicio opcional. Este hecho revela una mutación de fondo: ya no se discute solo la capacidad militar de Estados Unidos, sino su voluntad política de sostener el orden marítimo cuando el coste se dispara. Y en logística global, la percepción pesa casi tanto como los hechos. Un compromiso ambiguo del garante más importante del sistema es, para navieras, aseguradoras y gobiernos importadores, una prima de riesgo en tiempo real.

Prometer dominio y deslizar retirada

La contradicción resulta todavía más severa porque la propia Casa Blanca lleva meses vendiendo el relato contrario. En febrero publicó un plan para una nueva “edad dorada marítima” y en abril de 2025 firmó la orden ejecutiva para “restaurar el dominio marítimo de Estados Unidos”. El discurso oficial habla de reconstruir astilleros, reforzar flota mercante, blindar puertos y recuperar músculo geoeconómico. Sobre el papel, todo apunta a una superpotencia que quiere volver a mandar en el mar. Sin embargo, sobre el terreno, el mando real de la Quinta Flota —responsable de unas 2,5 millones de millas cuadradas, desde el Golfo Arábigo al mar Rojo— depende no solo de destructores, drones o bases en Baréin, sino de algo menos visible: la convicción de que Washington acudirá cuando el paso crítico se bloquee. Ahí es donde Trump abre una grieta. Proclamar dominio y repartir la factura estratégica a terceros son mensajes incompatibles. Y el contraste con otras épocas resulta demoledor.

Los aliados llenan el vacío

Cuando Estados Unidos vacila, los socios se mueven. El 2 de abril, el Reino Unido reunió a más de 40 países y a organismos como la propia IMO y la Unión Europea para coordinar una respuesta ante el cierre de Ormuz. La declaración británica fue rotunda: “el cierre de Ormuz es una amenaza directa para la prosperidad global”. La IMO fue aún más explícita al advertir de que “las respuestas fragmentadas ya no son suficientes”. Ese lenguaje institucional importa porque confirma que el problema ha dejado de ser regional. Ya no se trata solo de una escalada entre Washington y Teherán, sino de la necesidad de improvisar una arquitectura de seguridad alternativa o complementaria ante la duda sobre el papel estadounidense. Lo que emerge no es todavía un relevo del poder naval de EEUU, pero sí algo muy significativo: una coalición de gestión del riesgo sin plena confianza en la tutela americana. Para la Casa Blanca, ese desplazamiento diplomático debería ser una señal de alarma.

La factura recae sobre Asia y Europa

Trump se apoya en la idea de que la autosuficiencia energética estadounidense reduce su exposición. Es una verdad a medias. Estados Unidos produce hoy más hidrocarburos que hace una década, pero el crudo se forma en un mercado mundial y las perturbaciones en Ormuz golpean precios, fletes, seguros y expectativas de inflación en todas partes. Aun así, los más expuestos no están en Texas, sino en Asia y Europa. La AIE recuerda que cuatro de cada cinco barriles que cruzan el estrecho tienen destino asiático, mientras que Europa sigue muy pendiente del GNL qatarí y de la estabilidad de los flujos energéticos del Golfo. En los últimos días, el barril ha vuelto a superar la cota de los 107 dólares y ha rozado los 111, un nivel suficiente para reactivar temores de inflación importada, encarecimiento logístico y presión adicional sobre tipos de interés y consumo. El diagnóstico es inequívoco: Washington puede sentirse menos dependiente del Golfo, pero el sistema económico que lidera no lo es.

La lección ya estaba en el mar Rojo

Lo ocurrido en Ormuz no surge en el vacío. Llega después de más de dos años de tensión acumulada en el mar Rojo y de una degradación progresiva de los grandes corredores marítimos. La propia Casa Blanca admitió en 2025 que el tráfico anual por el mar Rojo había caído de 25.000 a 10.000 buques tras los ataques hutíes. UNCTAD, por su parte, documentó que los tránsitos por Suez y Panamá llegaron a situarse más de un 40% por debajo de sus máximos. Es decir, el comercio global ya venía operando con desvíos, plazos más largos y sobrecostes sostenidos. Ormuz añade ahora el chokepoint más delicado del planeta a una cadena de vulnerabilidades que ya estaba tensionada. La diferencia es que, en el mar Rojo, Washington aún intentó presentarse como coordinador de una respuesta multinacional. En Ormuz, el tono presidencial ha sido más errático: fuerza militar por un lado, descarga de responsabilidad por otro. Ese cambio de actitud es el que daña la confianza.