Trump prepara un ataque «masivo» contra Irán sin orden definitiva
El presidente de Estados Unidos asegura que la nueva ofensiva sería «mayor que nunca» y abre la puerta a la participación de Israel.
Donald Trump está «cerca» de autorizar una nueva ofensiva militar contra Irán, una operación que, según sus propias palabras, superaría la escala de los ataques ejecutados durante la denominada Operación Epic Fury. El presidente estadounidense asegura que las fuerzas están preparadas, aunque todavía no ha comunicado una orden definitiva al Pentágono.
La amenaza llega en pleno deterioro de las relaciones entre Washington y Teherán y después de varias jornadas de ataques, represalias y tensión en torno al estrecho de Ormuz. Una escalada de mayor intensidad podría afectar al suministro energético, al comercio marítimo y a la estabilidad de todo Oriente Próximo.
Una decisión cada vez más próxima
Trump afirmó en una entrevista con Axios que está considerando «un ataque masivo, mayor que nunca» y que se encuentra cerca de adoptar una decisión. Dos funcionarios estadounidenses citados por el medio señalaron, sin embargo, que las Fuerzas Armadas todavía no habían recibido nuevas instrucciones operativas.
La diferencia no es menor. La retórica presidencial cumple una función de presión sobre Irán, pero también permite a la Casa Blanca mantener cierta ambigüedad estratégica. Washington puede intensificar su despliegue, elevar el coste psicológico para Teherán y conservar al mismo tiempo una vía de negociación.
«Estamos preparados para ello», sostuvo el presidente estadounidense al describir el estado de los planes militares.
Una ofensiva superior a Epic Fury
La referencia utilizada por Trump es la Operación Epic Fury, iniciada el 28 de febrero de 2026 por orden presidencial. El objetivo declarado de aquella campaña era degradar el aparato de seguridad iraní, su capacidad balística y las instalaciones consideradas una amenaza inmediata para Estados Unidos y sus aliados.
La posibilidad de una operación todavía mayor sugiere una ampliación tanto del número de objetivos como de la profundidad de los ataques. El Pentágono podría pasar de acciones limitadas alrededor del estrecho de Ormuz a una campaña contra infraestructuras militares, centros de mando, defensas aéreas o instalaciones estratégicas.
Washington ya había anunciado el traslado de decenas de aviones cisterna adicionales a la región, un movimiento compatible con una ofensiva aérea más extensa y prolongada.
Israel espera una petición de Washington
Trump aseguró que Israel se incorporaría a la operación si Estados Unidos lo solicitara. No obstante, añadió que su país «no necesita a nadie» para ejecutar los ataques planteados.
La eventual participación israelí multiplicaría el alcance militar de la ofensiva, pero también elevaría el riesgo de una respuesta directa contra territorio israelí. El Gobierno de Benjamin Netanyahu estudia sus propias alternativas militares mientras refuerza la coordinación logística y de inteligencia con Washington.
Lo más grave es que una intervención conjunta podría transformar una campaña estadounidense limitada en un conflicto regional abierto, con posibles represalias contra bases norteamericanas, puertos, instalaciones energéticas y aliados del Golfo.
El estrecho que condiciona la economía mundial
El estrecho de Ormuz constituye el principal punto de vulnerabilidad económica de la crisis. Por esta ruta circula una parte sustancial del petróleo y del gas natural licuado consumidos en los mercados internacionales.
Cualquier interrupción prolongada tendría una consecuencia clara: subida del crudo, encarecimiento del transporte y nuevas presiones inflacionistas. Las aseguradoras marítimas elevarían las primas de riesgo y las navieras podrían optar por rutas más largas o suspender temporalmente determinados trayectos.
La crisis ya ha afectado a la navegación comercial y ha alimentado la inquietud sobre la seguridad energética. Una ofensiva «mayor que nunca» podría trasladar rápidamente el conflicto desde el terreno militar hasta los precios de los combustibles en Europa y Estados Unidos.
La negociación continúa sobre la mesa
Pese a endurecer su discurso, Trump sostiene que Irán quiere negociar. El problema, según el presidente, es que Teherán todavía no estaría preparado para aceptar un acuerdo satisfactorio.
Esta combinación de amenaza militar y oferta diplomática ha sido una constante de la estrategia estadounidense. Antes de Epic Fury, Washington mantuvo conversaciones mientras acumulaba fuerzas en Oriente Próximo. La presión pretende obligar al régimen iraní a elegir entre nuevas concesiones o una campaña militar de mayor alcance.
Sin embargo, el margen se estrecha. Cada ataque reduce la confianza entre las partes y aumenta la posibilidad de que una represalia mal calculada desencadene una reacción difícil de contener.
El poder de guerra divide a Washington
La escalada también ha abierto una batalla institucional dentro de Estados Unidos. La Cámara de Representantes aprobó por 214 votos frente a 208 una resolución destinada a exigir autorización del Congreso para continuar las operaciones militares contra Irán.
Aunque su efecto práctico puede resultar limitado, la votación revela un creciente malestar ante una guerra sin objetivos finales suficientemente definidos. La Constitución reserva al Congreso la capacidad de declarar la guerra, pero presidentes republicanos y demócratas han ordenado operaciones militares sin autorización formal durante más de 75 años.
El diagnóstico es inequívoco: Trump dispone de medios para intensificar el conflicto, pero deberá asumir un coste político, económico y estratégico mucho mayor si la campaña se prolonga.
Una amenaza con consecuencias globales
La decisión final todavía no está tomada, pero los preparativos militares y el lenguaje empleado por Trump indican que la opción de una nueva ofensiva es real. El riesgo no reside únicamente en el primer ataque, sino en la cadena de respuestas que podría desencadenar.
Irán mantiene capacidad para golpear bases estadounidenses y objetivos aliados, mientras Israel contempla nuevas acciones propias. Un enfrentamiento sostenido dañaría el comercio regional, elevaría el precio de la energía y obligaría a Washington a destinar decenas de miles de millones de dólares adicionales al despliegue.
Trump busca presentar la superioridad militar como una herramienta para lograr un acuerdo. La incógnita es si Teherán interpretará la amenaza como una invitación a negociar o como el anuncio de una guerra inevitable.