Trump quiere volar el filibuster y su muro de 60 votos

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El presidente de Estados Unidos ha reabierto una de las batallas más sensibles de Washington al exigir el fin de la regla que permite a la minoría bloquear leyes en el Senado, en plena crisis por el cierre parcial del Departamento de Seguridad Nacional.

Más de 450 agentes de la TSA ya han dimitido, los controles de seguridad han superado en algunos aeropuertos las cuatro horas de espera y el cierre parcial del Departamento de Seguridad Nacional, iniciado el 14 de febrero, ha convertido una disputa presupuestaria en una crisis operativa visible para millones de viajeros. En ese contexto, Donald Trump ha optado por elevar el pulso: el jueves 26 de marzo de 2026 reclamó en Truth Social que los republicanos acaben con el filibuster para sortear a los demócratas y aprobar su agenda sin los 60 votos que exige la regla de cierre del debate. Lo más relevante no es solo el tono, sino el momento. Porque la ofensiva del presidente llega cuando el atasco ya no retrata únicamente la fractura entre partidos, sino también una división cada vez más evidente dentro del propio bloque republicano.

Una mayoría que no basta

La escena revela una contradicción central de la política estadounidense: ganar el Senado ya no garantiza gobernar el Senado. La regla de cloture obliga, en la práctica, a reunir tres quintos de la Cámara, es decir, 60 senadores, para cerrar el debate sobre la mayoría de las leyes. El Senado mantiene esa lógica desde 1975, cuando redujo el umbral desde dos tercios a tres quintos, y hoy sigue aplicándose a la legislación ordinaria. Ese hecho explica por qué la mayoría republicana puede dominar la agenda, pero no siempre rematarla. En la última gran votación sobre el DHS, el recuento fue 53-47, insuficiente para romper el bloqueo. El diagnóstico es inequívoco: Trump no está denunciando una anomalía coyuntural, sino una arquitectura institucional que limita incluso al partido que controla la Cámara alta. Y ahí aparece la tensión con el liderazgo republicano clásico, representado por John Thune, que conoce mejor que nadie que destruir esa barrera hoy puede dejar a su partido desprotegido mañana.

El cierre que convirtió una regla en crisis real

Hasta hace unas semanas, el debate sobre el filibuster podía sonar abstracto, casi académico. Ya no. El cierre parcial del DHS ha dado a esa discusión una factura visible y diaria. Las cifras reflejan el deterioro con claridad: tasas de absentismo superiores al 11,8% entre el personal de seguridad aeroportuaria, con algunos puntos de control rozando el 40%, mientras varios aeropuertos llegaron a recomendar a los pasajeros acudir con hasta cuatro horas de antelación. A ello se añade otro dato demoledor: casi 500 agentes han dejado el servicio desde que comenzó el impago, y distintos reportes sitúan en torno a 50.000 empleados de la TSA a la plantilla afectada por la falta de sueldo. La consecuencia es clara: una regla parlamentaria concebida para proteger a la minoría ha terminado impactando en la primera línea del funcionamiento del Estado. Trump ha entendido esa imagen y la está explotando con precisión política. Cuando pide acabar con el filibuster, no habla solo a senadores; habla a viajeros atrapados, a trabajadores sin nómina y a una opinión pública que asocia bloqueo con ineficacia.

La fractura republicana que Trump intenta tapar

Sin embargo, el relato de la Casa Blanca omite un elemento decisivo: el atasco no depende solo de los demócratas. De hecho, el episodio más revelador de las últimas horas ha sido el colapso del acuerdo que el propio Senado había empezado a tejer. Thune y Chuck Schumer impulsaron una salida para reabrir gran parte del DHS, dejando fuera a ICE y parte de la Patrulla Fronteriza, una fórmula pensada para aliviar el caos aeroportuario sin resolver todavía la batalla sobre inmigración. El Senado llegó a aprobar esa vía para financiar la mayor parte del departamento, pero la Cámara de Representantes, bajo el control de Mike Johnson, la dinamitó con rapidez y optó por otra propuesta de corto plazo que el Senado considera inviable. Este hecho revela algo más profundo: Trump exige volar la regla de los 60 votos cuando ni siquiera existe cohesión plena en el partido que debería beneficiarse de ese cambio. El contraste con el discurso presidencial resulta demoledor. El problema no es solo el filibuster; es también la incapacidad republicana para sostener una estrategia común entre ambas cámaras.

El precedente que inquieta a Washington

La tentación de acudir a la llamada “opción nuclear” no es nueva. Ya ocurrió en 2013, cuando los demócratas rebajaron a mayoría simple el umbral para la mayoría de nominaciones ejecutivas y judiciales, y volvió a suceder en 2017, cuando los republicanos extendieron ese precedente a las nominaciones al Tribunal Supremo. Pero hay una diferencia decisiva: la legislación ordinaria sigue bajo el paraguas del filibuster. Ese límite es el último gran dique de la lógica supermayoritaria del Senado. Romperlo supondría transformar la cámara en un espacio mucho más parecido a la Cámara de Representantes: más ágil, sí, pero también más volátil. Y ahí reside el miedo transversal en Washington. Lo que hoy serviría a Trump para aprobar una ley presupuestaria o blindar medidas electorales podría servir mañana a una mayoría demócrata para sacar adelante reformas fiscales, sociales o incluso migratorias sin negociar con nadie.

“There comes a time when you must do what should have been done a long time ago”, escribió Trump al exigir ese salto. El problema es que, en el Senado, casi todo precedente termina volviéndose contra quien lo inaugura.

El cálculo político detrás del asalto al Senado

Trump no solo quiere desbloquear una financiación. Quiere convertir una regla institucional en una prueba de lealtad. Su mensaje en Truth Social apuntó contra los republicanos “débiles e ineficaces” y vinculó el fin del filibuster con la aprobación de su agenda, incluida la SAVE America Act, descrita como un paquete de endurecimiento electoral con exigencias de prueba de ciudadanía y otras restricciones defendidas por el presidente. Lo más grave es que el debate deja de ser técnico para convertirse en plebiscito interno: o se acepta la demolición de la regla, o se entra en la lista de senadores sospechosos ante la base trumpista. Esa presión complica especialmente a Thune, heredero de una tradición republicana que durante años defendió el filibuster como protección frente a cambios bruscos de mayoría. Ahora, el presidente le exige lo contrario. El movimiento tiene lógica táctica: desplaza la culpa hacia el Senado, endurece el discurso frente a Schumer y moviliza a la base con un enemigo reconocible. Pero también encierra una admisión de debilidad: cuando un presidente pide alterar las reglas, reconoce que no le basta con ganar bajo las reglas vigentes.