Trump sella un pacto nuclear de 30 años con Arabia Saudí

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El acuerdo, valorado en decenas de miles de millones de dólares, situará a las empresas estadounidenses en el centro del programa atómico saudí, pero despierta dudas por la posibilidad de enriquecer uranio dentro del reino.

Donald Trump ha aprobado formalmente un acuerdo de cooperación nuclear civil con Arabia Saudí que tendrá una vigencia de 30 años y podría generar contratos por decenas de miles de millones de dólares para la industria estadounidense. El pacto pretende blindar la presencia de Washington en uno de los mayores proyectos energéticos de Oriente Próximo y dejar fuera a competidores de China y Rusia.

Sin embargo, el alcance del acuerdo va mucho más allá de la construcción de reactores. La posibilidad de que Riad desarrolle capacidad propia para enriquecer uranio ha encendido las alarmas entre legisladores y expertos en no proliferación. La misma tecnología que alimenta una central puede convertirse, con un mayor grado de enriquecimiento, en la base de un arma nuclear.

Un contrato para tres décadas

El pacto será firmado previsiblemente por el secretario de Energía estadounidense, Chris Wright, y su homólogo saudí, el príncipe Abdulaziz bin Salman. Ambos países ya habían anunciado la finalización de las negociaciones sobre cooperación nuclear pacífica, paso previo al entendimiento ahora autorizado por Trump.

La duración de tres décadas refleja la dimensión estratégica del proyecto. Arabia Saudí no busca únicamente diversificar su producción eléctrica, sino desarrollar una infraestructura tecnológica completa: centrales, suministro de combustible, formación de especialistas y, eventualmente, instalaciones vinculadas al ciclo del uranio.

Para Estados Unidos, el objetivo es igualmente claro: convertir el programa saudí en un mercado de largo plazo para su industria nuclear.

Miles de millones en juego

La operación podría aportar decenas de miles de millones de dólares a compañías estadounidenses. Westinghouse aparece como una de las empresas mejor posicionadas para participar en la construcción de reactores y en el suministro tecnológico.

El acuerdo también funcionará como una barrera comercial frente a Pekín y Moscú, que llevan años ofreciendo financiación, tecnología y calendarios de ejecución más flexibles a los países que quieren incorporarse a la energía nuclear.

La consecuencia es clara: Washington no está vendiendo únicamente reactores, sino influencia política durante una generación. Quien suministra la tecnología controla buena parte del mantenimiento, el combustible, la seguridad y la actualización de las instalaciones.

El punto más delicado

La cuestión central será determinar si Arabia Saudí puede enriquecer uranio dentro de su territorio. El texto contempla estudiar conjuntamente la viabilidad de esa actividad y podría permitir la construcción de una instalación sometida a restricciones estadounidenses.

El problema reside en los controles. Según las primeras informaciones, el pacto no incorporaría el Protocolo Adicional del Organismo Internacional de Energía Atómica, que concede a los inspectores mayores facultades para verificar instalaciones y actividades no declaradas.

La diferencia entre un programa nuclear civil y uno militar no está únicamente en la tecnología, sino en el nivel de enriquecimiento, la transparencia y la capacidad internacional de inspección.

El precedente de Emiratos

El contraste con Emiratos Árabes Unidos resulta significativo. Abu Dabi aceptó renunciar al enriquecimiento de uranio y al reprocesamiento de combustible gastado como condición para acceder a tecnología estadounidense. Ese modelo, conocido como el estándar de oro de la cooperación nuclear, reducía considerablemente el riesgo de proliferación.

Arabia Saudí, en cambio, se ha resistido durante años a asumir una renuncia equivalente. Riad sostiene que debe conservar todos los derechos asociados al uso pacífico de la energía atómica, especialmente porque dispone de reservas de uranio.

Este hecho revela un cambio en la posición estadounidense: Washington parece dispuesto a flexibilizar sus exigencias para evitar que el reino elija proveedores chinos o rusos.

Un equilibrio regional más frágil

El acuerdo llega en un entorno marcado por la tensión nuclear con Irán. El príncipe heredero Mohamed bin Salman ha afirmado anteriormente que Arabia Saudí buscaría disponer de armamento atómico si Teherán llegara a obtenerlo.

Aunque el pacto se presenta como estrictamente civil, conceder capacidad de enriquecimiento a Riad podría alimentar una carrera tecnológica regional. Turquía, Egipto y otros países observarán de cerca las concesiones obtenidas por el reino.

Lo más grave no es que Arabia Saudí construya centrales. Es que el nuevo marco puede alterar el listón político aplicado hasta ahora a los aliados de Estados Unidos que solicitan tecnología nuclear sensible.

El examen del Congreso

El acuerdo deberá pasar por un periodo de revisión parlamentaria. Los llamados acuerdos 123, necesarios para transferir tecnología nuclear estadounidense, están sometidos al escrutinio del Congreso, aunque el procedimiento no siempre exige una votación afirmativa para entrar en vigor.

La oposición se concentrará en tres aspectos: los límites al enriquecimiento, las facultades de los inspectores internacionales y las garantías contra un posible uso militar.

Trump obtiene así una gran victoria comercial y diplomática. Pero también asume un riesgo de largo alcance: el contrato durará 30 años; sus consecuencias estratégicas podrían prolongarse mucho más.