Donald Trump y Xi Jinping vuelven a mirarse a la cara en Pekín en la semana más sensible del trimestre.
La cita llega con el mercado encadenado a dos variables: energía e inflación, ambas tensionadas por la guerra con Irán y la amenaza sobre rutas críticas.
Entre medias, los bancos centrales reciben munición estadística y las cotizadas abren sus cuentas. El calendario no da respiro: un dato mal leído o un gesto diplomático a destiempo puede mover divisas, deuda y tecnología.
La cumbre de Pekín, bajo la sombra de la tregua comercial
El encuentro del 14-15 de mayo no es una foto más: es el intento de sujetar una tregua comercial frágil mientras Washington vuelve a mezclar comercio y seguridad nacional. La Casa Blanca llega con la carpeta de Irán encima de la mesa y con un historial reciente de sanciones y advertencias a empresas chinas por presunto apoyo tecnológico o logístico al esfuerzo iraní.
A cambio, Trump busca un paquete de compromisos “comprables”: más compras de agricultura, energía o aeronáutica, y una rebaja quirúrgica de controles en sectores no estratégicos. Pero el margen es estrecho: el Congreso estadounidense vigila cualquier concesión tecnológica, mientras Pekín exige gestos en exportaciones y un tono menos beligerante sobre Taiwán. El diagnóstico es inequívoco: sin estabilidad bilateral, el coste del capital sube solo.
Hormuz como variable oculta de la negociación
Lo más grave es que la agenda económica ya no se explica sin geopolítica. La guerra con Irán, iniciada a finales de febrero, ha elevado el valor de cada palabra en Pekín porque afecta al nervio del comercio mundial: el estrecho de Ormuz. La Administración Trump presiona para que China use su influencia y contribuya a “normalizar” el flujo energético, consciente de que Pekín depende en gran medida del crudo que pasa por esa ruta.
El mercado lo entiende en cifras: se habla de hasta un 20% del suministro mundial de petróleo potencialmente en riesgo si el conflicto se enquista. En las mesas de trading se resume así: si baja el riesgo en Ormuz, baja la prima de todo lo demás; si no, manda el petróleo. La consecuencia es clara: la inflación deja de ser un fenómeno doméstico y vuelve a ser importada.
Bessent en Tokio, antesala de la foto con Xi
Antes de Pekín, el itinerario pasa por Tokio. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, prepara una gira de tres días en Japón con reuniones al más alto nivel y contactos con el Banco de Japón. No es un trámite protocolario: Japón es termómetro de dos tensiones simultáneas.
La primera, el cruce dólar-yen y el riesgo de intervenciones si la volatilidad se dispara. La segunda, el anclaje de las rentabilidades globales en un entorno donde el Banco de Japón sigue condicionando flujos hacia deuda estadounidense y europea. Bessent además prevé pasar por Corea del Sur antes de incorporarse a la delegación en China, en una señal de que Washington quiere alineamiento asiático justo cuando el Indo-Pacífico pierde foco por el frente iraní. El contraste con otros episodios es demoledor: ahora, la negociación llega con más frentes abiertos y menos colchón.
Inflación: el dato que decide el guion de la Reserva Federal
El martes, el mercado se juega la narrativa con el IPC de EEUU. No es solo la cifra: es la lectura sobre si el shock energético se está filtrando a servicios y márgenes. El consenso se mueve en torno a una inflación general próxima al 3,6% interanual y un componente subyacente cercano al 2,6%, con una sensibilidad extrema a cualquier sorpresa.
A ese pulso se suma Europa con su propia foto de precios y con un patrón inquietante: inflación más resistente de lo que desearían los bancos centrales, crecimiento demasiado débil como para absorber más endurecimiento. El jueves, además, llega el dato final de España, con una tasa del 3,4%, que vuelve a poner presión política sobre el coste de vida y los salarios. Este hecho revela un riesgo: si el petróleo aprieta, la desinflación se convierte en un espejismo estadístico.
PIB europeo: crecimiento mínimo y sensibilidad máxima
El miércoles se concentra otra pieza clave: la Eurozona llega con un crecimiento que ya no permite errores. En el primer trimestre, el PIB avanzó solo un 0,1% trimestral, una cifra que deja a la región sin margen ante nuevas tensiones externas.
La lectura es incómoda: con actividad casi plana, el espacio para “tolerar” inflación se reduce, porque el freno monetario se nota antes. Reino Unido también publica su PIB preliminar, con un avance trimestral igualmente cercano al 0,1% y un crecimiento interanual alrededor del 1%, otra señal de economía caminando sobre hielo fino. La consecuencia es clara: en Europa, cualquier repunte de precios o deterioro energético se traduce más rápido en revisión de beneficios, inversión y empleo.
Resultados: la semana de la verdad para tecnología e industria
A la macro se le superpone el micro, y ahí el riesgo se amplifica. La temporada de resultados entra en su tramo más ruidoso, con empresas de medios, industria, automoción, banca y tecnología poniendo números a un entorno de costes inciertos y demanda desigual.
El miércoles destaca por densidad: conglomerados industriales y grandes tecnológicas publican en la misma ventana, convirtiendo la sesión en un referéndum sobre márgenes y guías para el resto del año. El jueves, nuevas referencias desde el ecosistema tecnológico y la automoción completan el cuadro. Si la geopolítica dispara costes y la inflación se atasca, el mercado no perdona: se penaliza el beneficio futuro, se encarece la financiación y se estrecha el múltiplo.