La UE amenaza a EE.UU. con aranceles de 93.000 millones
La Unión Europea prepara una lista de aranceles de 93.000 millones de euros sobre productos estadounidenses como respuesta directa a la nueva amenaza comercial de Donald Trump vinculada a Groenlandia. El plan, filtrado por diplomáticos europeos, contempla además limitar el acceso de grandes compañías de EE.UU. a contratos públicos y a segmentos clave del mercado interior, desde tecnología hasta servicios financieros, con el objetivo de maximizar la presión política en Washington.
Estas contramedidas se están diseñando como palanca negociadora de cara al Foro Económico Mundial de Davos, donde los principales líderes europeos se verán las caras con el presidente estadounidense en los próximos días. Trump ha amenazado con aplicar un arancel del 10% a las importaciones de ocho aliados europeos implicados en la defensa de Groenlandia a partir del 1 de febrero, que podría elevar hasta el 25% en junio si no se cierra un acuerdo para la “compra” del territorio ártico.
Frente a lo que muchas capitales describen ya como coerción económica, la UE se plantea por primera vez activar su Instrumento Anti-Coerción (ACI), la llamada “bazuca” comercial aprobada en 2023 pero todavía inédita, diseñada precisamente para responder a presiones de terceros países mediante una batería de represalias coordinadas más allá de los simples aranceles.
El diagnóstico en Bruselas es inequívoco: si el conflicto se enquista, no solo peligra la relación política con Washington, sino una interdependencia económica que mueve más de 1,7 billones de euros al año en bienes y servicios entre ambas orillas del Atlántico.
Un pulso arancelario de 93.000 millones
Los documentos internos que circulan en Bruselas hablan de una lista de productos estadounidenses sobre los que la UE podría aplicar aranceles hasta cubrir 93.000 millones de euros en intercambios comerciales. La cifra no es casual: equivale a aproximadamente un 11% del comercio bilateral de bienes entre ambas potencias, un volumen suficiente para que la represalia sea creíble sin dinamitar de inmediato toda la relación.
Esa lista, elaborada desde el año pasado y mantenida en suspenso para evitar una guerra comercial abierta, se habría actualizado en las últimas semanas para concentrar el golpe en sectores de alto valor añadido y fuerte peso político en Estados Unidos: automoción, maquinaria, agroalimentario premium y bebidas alcohólicas, siguiendo el patrón ya utilizado en anteriores respuestas europeas a los aranceles de Trump. La lógica es clara: maximizar el coste para los distritos electorales republicanos y demócratas clave sin castigar en exceso a la industria europea que depende de componentes estadounidenses.
Lo más grave, desde la óptica empresarial, es que el paquete no se limita a aranceles. Sobre la mesa está también restringir el acceso de empresas de EE UU a licitaciones públicas europeas y a ciertas ramas de servicios, desde plataformas digitales hasta servicios financieros. En jerga comunitaria, se trata de pasar de la “respuesta proporcional” a una estrategia de “dolor selectivo”, donde Bruselas pretende demostrar que tiene capacidad para devolver golpe por golpe si Washington decide utilizar el comercio como arma de presión geopolítica.
Groenlandia, la chispa geopolítica
El origen de este pulso no está en una disputa clásica sobre déficits comerciales, sino en la insistencia de Trump en hacerse con el control de Groenlandia, territorio autónomo bajo soberanía danesa. El presidente ha vinculado la retirada de aranceles a que Dinamarca y sus aliados acepten negociar una venta o, en la práctica, una cesión del control estratégico de la isla a Estados Unidos.
La respuesta europea ha sido inusualmente firme. Ocho países —entre ellos Dinamarca, Francia, Alemania, Países Bajos, Noruega, Suecia, Finlandia y el Reino Unido— han enviado contingentes militares simbólicos a Groenlandia como gesto de respaldo a Copenhague y de refuerzo de la presencia de la OTAN en el Ártico. Trump interpreta ese movimiento como una provocación y justifica sus aranceles como defensa frente a una supuesta maniobra europea para limitar el acceso de Estados Unidos a recursos estratégicos y rutas marítimas en deshielo.
En las capitales europeas, en cambio, se ve exactamente lo contrario. Diplomáticos consultados hablan de un intento de “normalizar la economía del chantaje”, en el que un aliado vincula tarifas punitivas a decisiones soberanas de política exterior. “Si aceptamos que hoy sea Groenlandia, mañana será cualquier otro asunto interno”, resumen fuentes comunitarias. La consecuencia es clara: la disputa ya ha dejado de ser solo comercial y se ha convertido en un test de hasta dónde está dispuesta la UE a defender su autonomía estratégica frente a la Casa Blanca.
El arma secreta de Bruselas: el Instrumento Anti-Coerción
Hasta ahora, la UE había confiado en sus instrumentos clásicos de defensa comercial —antidumping, salvaguardias o paneles en la OMC— para gestionar tensiones con grandes potencias. Pero la situación actual encaja exactamente en el tipo de escenarios para los que se diseñó el Instrumento Anti-Coerción (ACI), en vigor desde diciembre de 2023.
El ACI permite a Bruselas reaccionar cuando un tercer país intenta forzar un cambio de política mediante medidas económicas: aranceles, embargos, vetos de inversión o boicots. La novedad es que rompe la lógica del veto unánime: basta una mayoría cualificada de Estados miembros para declarar que existe coerción y autorizar a la Comisión a responder con un menú de represalias que va mucho más allá de los aranceles, desde limitar el acceso a la contratación pública hasta restringir inversiones o derechos de propiedad intelectual.
Hasta ahora, el ACI se había concebido como disuasión frente a China y, en menor medida, frente a sanciones extraterritoriales de Estados Unidos. Nunca se ha usado. Activarlo por primera vez precisamente contra Washington tendría un enorme peso simbólico y enviaría la señal de que la UE está dispuesta a emplear su peso regulatorio y de mercado como instrumento de poder duro. El contraste con otras épocas resulta demoledor: la misma Unión que en la era Trump I respondía tarde y de forma fragmentada a los aranceles al acero, hoy se reserva la opción de un contraataque coordinado en cuestión de meses.
Una relación comercial gigantesca bajo amenaza
El contexto que hace especialmente delicada esta crisis es la dimensión del vínculo económico transatlántico. Solo en bienes, el comercio entre la UE y Estados Unidos alcanzó 867.000 millones de euros en 2024, con exportaciones europeas por valor de 531.600 millones e importaciones de 333.400 millones, lo que deja a la UE con un cómodo superávit cercano a los 200.000 millones de euros.
Si se añade el capítulo de servicios, el intercambio prácticamente se duplica: las estimaciones sitúan en torno a 817.000 millones de euros el comercio bilateral de servicios en 2024, con un claro superávit para Estados Unidos en este ámbito. Dicho de otro modo: cada año se cruzan el Atlántico más de 1,7 billones de euros en flujos comerciales, inversión y servicios que sostienen cientos de miles de empleos a ambos lados.
La consecuencia es evidente. Incluso un incremento arancelario “limitado” —del 10% al 25% en las áreas objeto de disputa y represalias sobre un 11% del comercio de bienes— puede traducirse en una sobrecarga de costes para cadenas de valor tan sensibles como el automóvil, la maquinaria industrial o la química fina. La experiencia reciente lo confirma: tras la última oleada de aranceles de Trump, las exportaciones europeas a Estados Unidos registraron caídas mensuales de hasta el 26% en algunos tramos de 2025, erosionando rápidamente el superávit comunitario.
La paradoja es que esta guerra comercial se desata justo cuando Eurostat certifica la recuperación del superávit comercial global de la UE, tras el bache energético de 2022. Una escalada con Estados Unidos podría truncar esa salida del túnel en el peor momento, con el crecimiento todavía frágil y la industria alemana y del norte de Italia sin haber consolidado su reactivación.
Mercados en vilo y riesgo de shock industrial
Los mercados ya han comenzado a poner precio al nuevo riesgo geopolítico. Tras las amenazas de Trump, los futuros del S&P 500 y del Nasdaq se han dejado cerca de un 1%, mientras los índices europeos y japoneses abrían la semana en rojo y el dinero buscaba refugio en el yen, el franco suizo y el oro. El metal precioso ha marcado nuevos máximos históricos por encima de los 4.600 dólares por onza, una cifra impensable hace apenas dos años.
Para la industria europea, el temor no es solo el impacto directo de los aranceles, sino un nuevo ciclo de incertidumbre regulatoria y comercial que retrase decisiones de inversión. El sector del automóvil alemán, ya castigado por los anteriores choques arancelarios, calcula costes adicionales de hasta 5.000 millones de euros solo en 2025 por las medidas ya en vigor, mientras las exportaciones alemanas a Estados Unidos cayeron un 9% el año pasado.
Lo más preocupante para las empresas es el riesgo de un efecto dominó: si la UE activa el ACI y limita el acceso de gigantes tecnológicos y de servicios estadounidenses al mercado europeo, Washington podría responder con nuevas sanciones reguladoras o fiscales a compañías europeas con fuerte presencia en Estados Unidos. El resultado sería un escenario de guerra de desgaste en el que los perdedores inmediatos serían los sectores más intensivos en comercio transatlántico —automoción, aeronáutica, industria farmacéutica— y, en última instancia, los consumidores.
España y el sur de Europa, daños colaterales
España no está en la primera línea del fuego cruzado, pero tampoco es inmune. El país exportó en 2024 en torno a 18.200 millones de euros a Estados Unidos, un 4,7% de sus ventas totales al exterior, según datos oficiales. En términos de PIB, las exportaciones de bienes a EE UU suponen alrededor del 1,3%, bastante menos que el promedio del área del euro (3,1%) o que economías como Alemania y Francia.
Ese menor peso directo no evita, sin embargo, el impacto indirecto. España está profundamente integrada en las cadenas de valor europeas: componentes fabricados aquí viajan a Alemania o Francia para integrarse en automóviles, maquinaria o productos químicos que luego se venden en Estados Unidos. Un frenazo en esas exportaciones se traduciría, con algunos meses de retraso, en menos pedidos para la industria española.
Además, la relación con EE UU va mucho más allá de las mercancías. La economía estadounidense es el segundo destino de la inversión exterior española y el segundo inversor en España, por detrás del Reino Unido, con un peso creciente en sectores como tecnología, energía renovable y servicios empresariales. El precedente tampoco invita al optimismo: la Cámara de Comercio ya calculó que los aranceles de Trump al acero y aluminio podían recortar en torno a un 10,4% las exportaciones españolas de estos metales a Estados Unidos.
Si el conflicto escala, grandes grupos del Ibex con fuerte presencia al otro lado del Atlántico —desde bancos y energéticas hasta concesionarias de infraestructuras— podrían verse atrapados entre regulaciones contradictorias y un clima político crecientemente hostil a la inversión cruzada.
Europa dividida entre contención y escalada
Políticamente, la UE se mueve sobre una cuerda floja. Países como Irlanda ya han advertido de que Europa “no dudará en responder” si Washington ejecuta su amenaza arancelaria, aunque piden agotar primero la vía del diálogo para evitar una espiral fuera de control. Francia, por su parte, presiona para que se active el ACI y se envíe una señal inequívoca de que el bloque no aceptará presiones sobre Groenlandia ni sobre ningún otro asunto de soberanía.
Otros socios del norte y del este, más dependientes de la protección militar estadounidense frente a Rusia, se muestran reacios a cruzar el Rubicón del ACI y abogan por mantener la suficiente ambigüedad como para ofrecer a Trump una salida digna en Davos: rebajar, escalonar o posponer los aranceles a cambio de gestos simbólicos sobre Groenlandia y sobre el reparto de cargas en la OTAN.
En paralelo, el Parlamento Europeo y varios think tanks advierten del riesgo de entrar en una “espiral peligrosa” en la que cada movimiento se responda con una contraescalada, debilitando la cohesión occidental en plena guerra de Ucrania y en un momento de creciente asertividad china. El contraste con otras crisis comerciales —como las disputas con China por los paneles solares o los vehículos eléctricos— es evidente: entonces, la UE podía jugar la carta estadounidense como contrapeso; ahora, el conflicto es precisamente con su socio estratégico.
Qué puede pasar ahora: Davos, calendario y escenarios
La próxima parada crítica es Davos. Allí coincidirán Trump, Ursula von der Leyen, Emmanuel Macron, Olaf Scholz y otros líderes europeos con la presión de los mercados, de las empresas y de sus propias opiniones públicas. El objetivo declarado de Bruselas es doble: evitar que los aranceles del 10% entren en vigor el 1 de febrero y, al mismo tiempo, no dar la impresión de que la UE cede ante lo que considera una forma de intimidación económica.
Los escenarios que manejan los diplomáticos europeos oscilan entre tres polos. En el más benigno, Davos permite un acuerdo político de mínimos: Washington congela temporalmente los aranceles, la UE archiva la lista de 93.000 millones y se abre una negociación más amplia sobre seguridad en el Ártico y reparto de cargas militares. En el intermedio, Trump aplica parcialmente los aranceles, Bruselas responde con un paquete limitado de represalias clásicas (sin activar aún el ACI) y ambas partes se dan margen hasta verano para reconducir la situación.
El escenario de mayor riesgo —que nadie descarta— pasa por la activación formal del ACI y la entrada en vigor de aranceles recíprocos de dos dígitos a partir de febrero y junio. Esa opción supondría consagrar la ruptura de facto del intento de “reset” transatlántico de los últimos años y aceleraría la tendencia a la fragmentación del comercio mundial en bloques, con China y otros actores moviendo ficha para ocupar el espacio que pierdan europeos y estadounidenses en sus respectivos mercados.
En cualquier caso, este episodio deja una lección clara: la geopolítica ha colonizado por completo la agenda económica. A partir de ahora, cualquier empresa con intereses relevantes a ambos lados del Atlántico tendrá que incorporar a sus modelos de riesgo la posibilidad de que una decisión sobre un territorio remoto como Groenlandia se traduzca en una subida del 25% de los aranceles a sus productos.