Vance habría prolongado su estancia en Pakistán para continuar las conversaciones con Irán

Estados Unidos Foto de Lucas Sankey en Unsplash

Pakistán se convierte en mediador inesperado mientras el Estrecho de Ormuz vuelve a funcionar como el mayor botón rojo del petróleo mundial.

El vicepresidente de EEUU, JD Vance, decidió extender su estancia en Islamabad para estirar una negociación con Irán que, sobre el papel, iba “bien” y terminó embarrada por el mismo punto de siempre: quién manda en Ormuz. La primera jornada se cerró tras 14-15 horas de conversaciones y se reabrió al día siguiente bajo máxima presión diplomática. Pero la maratón acabó siendo de 21 horas y, al cierre de la cita, no hubo acuerdo. El contraste es demoledor: un canal de apenas decenas de kilómetros que decide el precio de la energía en medio planeta.

Islamabad como mesa de crisis

Que Pakistán aloje —y arbitre— un contacto directo entre Washington y Teherán revela una realidad incómoda: la región ya no se ordena desde un único despacho. Islamabad ofreció neutralidad, discreción y un paraguas de seguridad que ni el Golfo ni Europa podían garantizar en plena tensión. La decisión de Vance de quedarse más tiempo respondió a una lógica de urgencia: cualquier gesto en falso se traduce en barcos parados, pólizas disparadas y mercados nerviosos. Lo más grave es el precedente. Pakistán, tradicionalmente receptor de presión exterior, se proyecta ahora como intermediario operativo entre potencias enfrentadas. Si cuaja, altera equilibrios: da aire diplomático a Islamabad y, a la vez, aumenta su exposición a represalias.

Ormuz, el botón rojo del petróleo

El Estrecho de Ormuz no es un símbolo: es una tubería marítima. En 2024 circularon por allí 20 millones de barriles diarios, el equivalente a cerca del 20% del consumo mundial de líquidos petrolíferos. Ese dato explica por qué Teherán vuelve una y otra vez al mismo instrumento: controlar el paso —aunque sea parcialmente— funciona como palanca de negociación y como amenaza creíble. Y por qué Washington convierte la reapertura en condición política. El diagnóstico es inequívoco: cuando Ormuz se atasca, no solo sube la gasolina. Se encarecen fletes, fertilizantes, seguros y, por derivada, la inflación importada en Europa. De ahí el interés en un “acuerdo mínimo” que desbloquee el tráfico aunque lo demás quede para después.

Un peaje de guerra y la tentación recaudatoria

En esta ronda, el foco no fue solo el paso, sino el precio del paso. La idea de un peaje por buque —se habló de cifras de hasta 2 millones de dólares— introduce un riesgo sistémico: normaliza que un chokepoint global se convierta en caja registradora. La consecuencia es clara: si se acepta hoy, mañana otros estrechos querrán copiar el modelo. Mientras tanto, el atasco es real. Se han contabilizado miles de buques retenidos en el entorno del estrecho y decenas de petroleros esperando ventana de cruce, con tripulaciones atrapadas y cadenas logísticas tensionadas.

El dilema nuclear y la letra pequeña del alto el fuego

La negociación no era solo marítima. El trasfondo incluye exigencias sobre el programa nuclear, sanciones y garantías de seguridad regional. Y ahí es donde se encalló la conversación: Washington pidió un compromiso explícito para renunciar al arma nuclear; Teherán lo consideró inasumible. El alto el fuego anunciado el 7 de abril de 2026 —planteado como una pausa de dos semanas— pretendía comprar tiempo para una arquitectura más amplia. Sin embargo, el contraste con 2015 es evidente: entonces se negoció con un marco multilateral y calendario técnico; ahora todo gira alrededor de urgencias bélicas y de una infraestructura crítica convertida en rehén. Por eso, aun con “tono positivo”, bastó una discrepancia sobre Ormuz para dinamitar el cierre político.

Mercados en modo prima de riesgo

El mercado no necesita un cierre formal para reaccionar: le basta incertidumbre. En los últimos días, el petróleo se movió con violencia al ritmo de titulares sobre reapertura, minas, escoltas y peajes. El coste oculto no está solo en el barril: está en la prima de riesgo logística. Cuando las grandes navieras dudan, el comercio se encarece incluso si el producto existe. Y si el flujo energético se estrecha, Europa paga dos veces: por el crudo y por el gas licuado, ya que alrededor del 20% del GNL mundial también transita por Ormuz. Este hecho revela una paradoja: la economía global presume de diversificación, pero sigue dependiendo de un punto geográfico mínimo. Y cada hora extra de negociación —14, 21 o las que sean— se traduce en dinero contante.

Lo que revela el giro paquistaní

Más allá del resultado inmediato, Islamabad ha demostrado capacidad para organizar una mesa con enemigos sentados —y eso tiene valor geopolítico. Pero también abre un escenario delicado: Pakistán pasa a ser custodio de un proceso que puede reactivarse o romperse con un incidente naval. La historia ofrece una advertencia. En los ochenta, durante la llamada “Tanker War”, el Golfo se convirtió en un tablero donde el comercio fue objetivo militar. Nadie quiere repetir esa foto, pero las dinámicas de coerción se parecen. Con Vance ya fuera de Islamabad tras el bloqueo final, la pregunta no es si habrá otra ronda, sino qué precio exigirá cada parte por volver a sentarse.