Irán convierte Starlink en frente interno de su guerra

EPA/GEORGI LICOVSKI

Teherán asegura haber confiscado cientos de terminales de internet satelital y acusa a Estados Unidos e Israel de introducirlas en el país. La operación revela que el régimen ya no ve Starlink como simple contrabando tecnológico, sino como infraestructura hostil en plena guerra y como una amenaza directa a su monopolio sobre la información.

 

Irán ha abierto un nuevo frente dentro de sus propias fronteras: el del control del cielo digital. El Ministerio de Inteligencia aseguró este martes que sus unidades de contraespionaje han localizado y confiscado “cientos” de sistemas Starlink en distintas zonas del país y prometió continuar hasta identificar todos los terminales que, según su versión, estén “sirviendo al enemigo”. La acusación es de enorme calado político porque no se limita a castigar el uso de internet no autorizado: vincula de forma explícita esas terminales con Estados Unidos e Israel, en medio de una guerra regional y de un apagón digital que ha dejado a Irán prácticamente desconectado del exterior durante días. Lo relevante no es solo la incautación. Lo decisivo es que el régimen ha pasado a tratar la conectividad satelital como una cuestión de seguridad nacional y contrainsurgencia, no de regulación tecnológica.

De herramienta de conexión a “activo enemigo”

La formulación iraní no deja demasiado margen a la ambigüedad. Cuando el Ministerio de Inteligencia habla de una operación “combinada y extensa” con herramientas tecnológicas para identificar, seguir y controlar a los usuarios de Starlink, está describiendo un salto cualitativo en la respuesta del Estado. Ya no se persigue solo la posesión de equipos prohibidos; se persigue su uso como posible vector de espionaje, organización política y circulación de imágenes fuera del relato oficial. Esa lógica encaja con el endurecimiento legal aprobado por Teherán en 2025, cuando el uso o importación de herramientas de comunicación no autorizadas como Starlink quedó expresamente criminalizado.

Lo más grave para el régimen es que Starlink ha demostrado ser una de las pocas vías capaces de erosionar el monopolio estatal sobre la conectividad durante los apagones. Reuters ya advertía en enero de que la represión iraní se había convertido en una de las pruebas de seguridad más exigentes para el sistema de Elon Musk, precisamente porque la red satelital estaba funcionando como tabla de salvación frente a los cortes masivos de internet. Este hecho revela por qué Teherán ha elevado el tono: quien controla la salida de información al exterior controla también la narrativa sobre protestas, represión y daños de guerra.

El antecedente que dispara la paranoia del régimen

La reacción iraní no surge de la nada. El Wall Street Journal informó en febrero de que la Administración Trump había introducido clandestinamente en Irán alrededor de 6.000 terminales Starlink tras la represión de las protestas de enero, en la primera entrega directa de este tipo promovida por Washington. Según esa información, el Departamento de Estado llegó a adquirir cerca de 7.000 terminales y desvió fondos de otros programas de libertad digital para sufragar la operación. La noticia no ha sido acompañada de una confirmación pública detallada por parte del Gobierno estadounidense, pero sí ha sido ampliamente recogida por otros medios.

Ese dato cambia por completo la lectura de la ofensiva iraní. Si Teherán da por cierta esa infiltración a gran escala, cada terminal deja de ser una antena clandestina para convertirse en prueba material de intervención extranjera. Y ahí es donde la retórica del régimen se vuelve más agresiva. No está describiendo solo una infracción administrativa, sino una red potencialmente vinculada a la desestabilización interna. El contraste con episodios anteriores resulta demoledor: en enero las autoridades habían hablado de decenas de equipos confiscados, como los 51 terminales interceptados en Kurdistán o los 108 dispositivos cuya incautación fue reportada por la policía económica en los primeros compases de la crisis. Ahora el lenguaje ya es de cientos y de operación nacional.

El apagón digital explica la batalla

El trasfondo de esta historia es el colapso deliberado de la conectividad iraní. NetBlocks advirtió la semana pasada de que el país había entrado en uno de los apagones de internet más severos registrados globalmente, con conectividad reducida al 1% del nivel normal y con Irán habiendo pasado ya un tercio de 2026 offline por cortes acumulados. En ese entorno, cualquier tecnología capaz de saltarse la red nacional deja de ser una curiosidad técnica para convertirse en un activo político de primer nivel.

La consecuencia es clara. Cuanto más profundo es el apagón, más valioso se vuelve Starlink; y cuanto más valioso se vuelve Starlink, más brutal será la respuesta del Estado. Rest of World explicó que las autoridades iraníes han recurrido incluso a interferencias de GPS para degradar el servicio, generando pérdidas significativas de paquetes y deteriorando la conexión sin necesidad de atacar la constelación en órbita. Euronews añadió en enero que ese apagón había durado ya más de 156 horas y que estaba entre los más completos y graves jamás vistos en el país. El diagnóstico es inequívoco: la guerra por el control de la información ya no se libra solo en cables, servidores o redes móviles, sino en la capa satelital.

Washington legitimó la puerta, pero no el contrabando

Aquí aparece una de las contradicciones más interesantes del caso. En 2022, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos emitió la Licencia General D-2, ampliando las autorizaciones para servicios, software y hardware vinculados a comunicaciones por internet en Irán, con el objetivo explícito de ayudar a la población a contrarrestar la censura gubernamental. Esa licencia abrió la puerta regulatoria a una mayor disponibilidad de herramientas digitales, incluidos ciertos equipos de comunicación.

Sin embargo, una cosa es facilitar jurídicamente el acceso a herramientas de conectividad y otra muy distinta organizar una introducción clandestina de miles de terminales en un país soberano que las considera ilegales. Ahí se sitúa la zona gris que hoy explota Teherán. Irán puede presentar la operación como prueba de guerra híbrida y espionaje, mientras Washington y sus defensores la enmarcan como apoyo a la libertad de información frente a un apagón represivo. Lo más incómodo para ambos es que ambas lecturas contienen una parte de verdad. El contraste entre legalidad internacional, soberanía estatal y derechos digitales se ha vuelto mucho más áspero desde que Starlink dejó de ser un símbolo ucraniano para convertirse también en un instrumento de resistencia civil iraní.

El verdadero miedo: imágenes, coordinación y relato

La obsesión de Teherán con Starlink no responde solo a la tecnología. Responde a lo que esa tecnología permite. Durante las protestas y los apagones, la conectividad satelital ha servido para sacar vídeos, coordinar activistas y mantener un hilo informativo con la diáspora y con medios internacionales. Al Jazeera recordó en enero que Starlink era una de las pocas vías por las que seguían saliendo imágenes y vídeos de la represión. Reuters, por su parte, subrayó que el sistema seguía siendo una “lifeline” frente a los cortes estatales.

Por eso la campaña de confiscación tiene una dimensión preventiva. El régimen no busca únicamente decomisar antenas; busca quebrar la posibilidad de que vuelva a surgir una red de comunicación paralela en medio de la guerra y de la crisis interna. Lo más relevante es que la represión digital ya no se limita a bloquear aplicaciones o limitar el ancho de banda. Incluye seguimiento físico de terminales, vigilancia de usuarios y potencialmente un uso más duro del marco penal. En este punto, la tecnología deja de ser neutra. Se convierte en un campo de batalla donde cada usuario puede ser tratado como sospechoso de colaborar con una potencia enemiga.