Xi vuelve a prometer apertura para frenar la fuga de inversión

EP XI JINPING TRUMP

El líder chino se reunió en Pekín con grandes ejecutivos y académicos de EE. UU. para reactivar la confianza en una economía que necesita capital y tecnología.

La inversión extranjera en China cayó a plomo: -13,7% en 2023 y apenas 163.000 millones de dólares. Esa es la cifra que explica por qué Xi Jinping se sentó el 27 de marzo de 2024 con una delegación de grandes nombres del negocio estadounidense en el Gran Salón del Pueblo, en pleno pulso geoeconómico con Washington.

El mensaje oficial fue inequívoco: reforma y apertura “sin marcha atrás”, seguridad jurídica y “espacio” para la empresa extranjera. Pero el contexto es más áspero: crecimiento irregular, desconfianza regulatoria y el ruido permanente de sanciones y controles a la tecnología.

Lo más relevante no es lo que se dijo, sino por qué se repite. China necesita volver a ser un destino “invertible” sin renunciar a su modelo de control. Y esa tensión —apertura proclamada, supervisión reforzada— marca el nuevo ciclo.

Una foto calculada con los pesos pesados de EE. UU.

La reunión no fue un gesto protocolario. Pekín quiso un retrato con apellidos y cargos: Evan G. Greenberg (Chubb), Stephen Schwarzman (Blackstone), Cristiano Amon (Qualcomm) y Craig Allen (U.S.-China Business Council), entre otros perfiles empresariales y académicos.

Xi aprovechó el 45º aniversario de relaciones diplomáticas para enmarcar el acercamiento como “estabilidad” y “beneficio mutuo”, insistiendo en que ambos países “tienen más intereses comunes, no menos”. En paralelo, invitó a las firmas estadounidenses a “seguir invirtiendo” y a participar en grandes eventos comerciales y proyectos vinculados a la Ruta de la Seda.

La escenografía revela una prioridad: recuperar interlocución con el gran capital, justo cuando el dinero internacional ha empezado a mirar a China con una mezcla de prudencia y fatiga.

El dato que desmonta el optimismo: capital en retirada

La presión es cuantificable. El análisis disponible sobre el clima inversor recoge que la inversión extranjera directa descendió a 163.000 millones y que el crecimiento de la FDI pasó de +4,5% en 2022 a -13,7% en 2023, citando como causas la recuperación más débil de lo esperado, la imprevisibilidad regulatoria y las tensiones bilaterales.

En ese marco, el discurso de Xi —“la apertura no se detendrá”— busca cortar una narrativa peligrosa: la de un país grande, sí, pero con riesgo creciente de arbitrariedad. «China no se derrumbará ni ha tocado techo; seguiremos abriendo más», vino a sintetizar el mensaje ante sus invitados.

La consecuencia es clara: sin confianza, el capital exige prima. Y cuando la prima sube, la inversión baja o se desplaza.

Apertura, pero con letra pequeña: el “negative list” como termómetro

Pekín intenta demostrar que la promesa tiene instrumentos. En 2024, China aprobó una nueva “lista negativa” de acceso a la inversión extranjera que reduce las restricciones de 31 a 29 y, por primera vez, elimina completamente las limitaciones en el sector manufacturero.

Sobre el papel, es una señal potente: manufactura abierta, más sectores habilitados y un discurso de “trato nacional”. Sin embargo, el contraste con la experiencia real de muchas multinacionales resulta demoledor: los límites se desplazan desde la lista formal hacia el perímetro de seguridad, datos, auditorías, licencias y controles administrativos.

En otras palabras: se abre la puerta principal, pero se multiplican los tornos. El diagnóstico es inequívoco: la apertura de 2024 es también una operación de reputación.

Tecnología y sanciones: el verdadero cuello de botella

La reunión con CEOs no puede leerse sin el factor semiconductor. Qualcomm en la mesa no es casualidad: la rivalidad tecnológica condiciona inversión, cadenas de suministro y proyectos de IA. Cuando Washington restringe componentes críticos, y Pekín responde con sustitución doméstica y controles estratégicos, el espacio para el negocio se estrecha incluso aunque el discurso sea amable.

Xi pidió “seguir reglas de mercado” y “consulta en pie de igualdad”. Pero la realidad es que el comercio y la inversión ya no se miden solo en rentabilidad, sino en riesgo geopolítico.

Para la empresa estadounidense, China es mercado y amenaza a la vez; para China, EE. UU. es socio imprescindible y rival sistémico. Esa ambivalencia convierte cualquier promesa de apertura en un pacto frágil.

Crecimiento del 5,2% y el fantasma del “techo”

Xi insistió en que China “no ha tocado techo”. El recordatorio llega tras un 2023 con un crecimiento oficial del 5,2%, una cifra que cumplió el objetivo gubernamental pero dejó señales de recuperación desigual y presiones deflacionarias.

El Gobierno subrayó además que China aportó “más del 30% del crecimiento mundial”, un argumento clásico para defender que el tamaño sigue siendo imán suficiente.

Sin embargo, el mercado ya no compra solo volumen. Lo que pesa ahora es la calidad del entorno: previsibilidad, protección de datos, acceso a contratos, y un marco de competencia que no penalice al extranjero frente al campeón nacional.

La apuesta real: confianza, no aplausos

En el corto plazo, la apertura que se ofrece tiene un objetivo concreto: detener la erosión de inversión y reactivar el ciclo. A medio plazo, el reto es más incómodo: demostrar que el Estado puede regular sin asfixiar y atraer capital sin sospechar de él.

La visita de ejecutivos sirve como termómetro y como mensaje interno: si Washington sigue siendo rival, el dinero estadounidense sigue siendo útil. Y si el capital vuelve, Xi gana tiempo para sostener el objetivo oficial de crecimiento sin recurrir a un estímulo que dispare deuda.

La pregunta que queda en el aire es la única que importa: ¿habrá apertura operativa, o solo apertura declarativa?