Junio 2026

Zelenski revela el ultimátum de EEUU: paz con Rusia en junio

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Washington acelera las negociaciones mientras Moscú castiga la red eléctrica ucraniana y dispara el riesgo nuclear con una ofensiva masiva de drones

El presidente ucraniano Volodímir Zelenski ha confirmado que Estados Unidos ha puesto fecha a la paz: quiere un acuerdo entre Kiev y Moscú antes de junio. A la presión diplomática se suma una realidad inquietante sobre el terreno: Rusia lanzó en una sola noche 82 drones contra territorio ucraniano y sus ataques obligaron a detener la producción de electricidad en las principales centrales nucleares del país.

Mientras Washington invita a las delegaciones de Ucrania y Rusia a una nueva ronda de contactos en Miami la próxima semana, el organismo nuclear de la ONU alerta de que el deterioro de la red eléctrica “compromete la seguridad nuclear”. Sobre la mesa siguen atascados los mismos puntos: cesiones territoriales, garantías de seguridad y el futuro de las infraestructuras críticas, desde Donbás hasta las centrales atómicas.

Zelenski admite que los temas de territorio son «cuestiones difíciles» y que las rondas previas en Abu Dabi no lograron ningún avance sustancial. En paralelo, el Ministerio de Defensa ruso presume de haber derribado 82 drones ucranianos en una sola noche y Kiev asegura haber interceptado 406 objetivos hostiles en la última oleada de ataques.

El contraste es brutal: mientras en los despachos se habla de paz en cuestión de meses, sobre el terreno se intensifica una guerra de desgaste energético y psicológico que puede marcar los términos de cualquier acuerdo.

Un ultimátum con fecha de caducidad

El dato más llamativo es la fecha. Según Zelenski, Washington plantea que las partes alcancen un acuerdo “antes del verano”, con junio como referencia explícita. No es solo una cuestión humanitaria o estratégica; también hay un calendario político interno en Estados Unidos que empuja a la Casa Blanca a mostrar resultados tangibles en Ucrania antes de que la atención se desplace hacia la campaña electoral y las batallas internas en el Congreso.

La formulación que utiliza el presidente ucraniano es reveladora: los estadounidenses no solo proponen, sino que “probablemente presionarán” a ambas partes para cumplir ese marco temporal. En otras palabras, no se trata de una sugerencia, sino de un ultimátum encubierto.

Ese horizonte de junio concentra varias tensiones. Por un lado, Kiev necesita garantías de seguridad creíbles y un esquema de reconstrucción que no convierta al país en un Estado mutilado y dependiente de las ayudas externas. Por otro, Moscú sigue vinculando cualquier alto el fuego a la consolidación de sus anexiones de facto en el este y el sur de Ucrania. Entre ambos extremos, Washington intenta construir una narrativa de “fin responsable” de la guerra que pueda vender en casa como éxito diplomático.

Lo más preocupante es que el tiempo puede jugar en contra de los ucranianos: un calendario cerrado favorece a quien controla la iniciativa militar y, por ahora, el Kremlin sigue demostrando que puede escalar la presión sobre la infraestructura energética cuando le conviene.

De Abu Dabi a Miami: negociaciones sin avances reales

Las próximas reuniones previstas en Miami llegan tras dos rondas de conversaciones trilaterales en Abu Dabi entre delegaciones de Estados Unidos, Ucrania y Rusia, descritas oficialmente como “constructivas” pero sin avances tangibles en los puntos clave.

En esos encuentros, Kiev y Moscú solo lograron un resultado concreto: un intercambio de 157 prisioneros por cada lado, el primero en meses, que Zelenski calificó de “significativo”, pero claramente insuficiente para cambiar el curso de la guerra. Sobre el resto, el bloqueo fue casi total:

  • Rusia insistió en que Ucrania debe aceptar la pérdida de las zonas de Donbás que aún controla, así como la consolidación de las anexiones en Jersón y Zaporiyia.

  • Ucrania se niega a legitimar esas anexiones y exige que cualquier acuerdo se base en la integridad territorial reconocida internacionalmente.

  • Estados Unidos explora fórmulas intermedias —como zonas económicas especiales o calendarios de retirada escalonada— que no convencen plenamente a ninguna de las partes.

Las futuras conversaciones en Miami, en territorio estadounidense, tienen un fuerte componente simbólico: por primera vez desde el inicio de la invasión, Washington asume públicamente el rol de anfitrión directo de una negociación de paz. Pero la experiencia de Abu Dabi demuestra que el formato, por sí solo, no desbloquea discrepancias tan profundas.

Conflicto Rusia Ucrania

Territorio, referendos y garantías: las líneas rojas

El propio Zelenski ha reconocido que el capítulo de las concesiones territoriales es el gran escollo. Habla de “cuestiones difíciles” que siguen sin resolverse y admite que, a estas alturas, no hay ningún texto cerrado que pueda someterse a referéndum en Ucrania, como exige la Constitución para cualquier cesión territorial.

Para Kiev, aceptar la pérdida formal de territorios ocupados supondría romper la promesa central hecha a su población desde 2022 y abrir un precedente devastador para el derecho internacional. Para Moscú, renunciar a esas anexiones implicaría reconocer el fracaso de una guerra presentada a su ciudadanía como una “operación histórica” de reunificación.

La otra pata del problema son las garantías de seguridad. Ucrania reclama un sistema que no repita el error del Memorándum de Budapest —cuando entregó sus armas nucleares a cambio de promesas vacías— y que incluya compromisos claros de defensa y suministro de armamento en caso de nuevas agresiones. Washington trabaja en un esquema de garantías con un grupo de aliados europeos, pero aún faltan detalles clave: nivel de compromiso, presencia de tropas, duración y mecanismos de verificación.

En este contexto, hablar de un acuerdo “para junio” suena más a deseo político que a horizonte realista. La brecha entre lo que cada capital puede admitir ante su opinión pública sigue siendo abismal.

La otra guerra: 82 drones en una sola noche

Mientras los diplomáticos discuten cláusulas y calendarios, la guerra tecnológica y de desgaste no se detiene. El Ministerio de Defensa ruso aseguró haber derribado 82 drones ucranianos en una sola noche, entre el 6 y el 7 de febrero, en una operación que afectó a una docena de regiones del país.

El reparto ilustra el alcance de la ofensiva:

  • 45 aparatos sobre la región de Volgogrado,

  • 8 sobre Bryansk,

  • 6 sobre Rostov y otros 6 sobre Saratov,

  • varios más sobre Órel, Tver, Kursk y hasta un dron en cada una de regiones como Astracán, Belgorod o Voronezh.

Aunque las cifras proceden de fuentes rusas y no pueden verificarse de manera independiente, el patrón es claro: Ucrania intensifica sus ataques sobre la retaguardia rusa con drones de largo alcance, mientras Moscú vende a su opinión pública una imagen de control absoluto del espacio aéreo.

Estos ataques tienen un doble objetivo. Por un lado, desgastar la capacidad militar rusa, especialmente depósitos de combustible, aeródromos y centros logísticos. Por otro, llevar la guerra al interior de Rusia, obligando a Moscú a dedicar recursos a la defensa de un territorio inmenso y a gestionar el impacto psicológico de los drones sobre su población.

La respuesta rusa, sin embargo, mantiene la lógica del castigo: por cada ofensiva ucraniana en profundidad, Moscú redobla los bombardeos sobre infraestructuras críticas ucranianas, especialmente la red eléctrica.

Apagón controlado en las nucleares ucranianas

El último episodio de esa guerra energética lo ha descrito el propio organismo nuclear de la ONU. El director general del Organismo Internacional de Energía Atómica, Rafael Grossi, confirmó que las principales centrales nucleares ucranianas tuvieron que detener o reducir drásticamente su producción eléctrica tras una oleada de ataques rusos que dañó subestaciones y líneas de alta tensión.

En un comunicado poco habitual por su tono, Grossi advirtió de que el deterioro progresivo de la red “compromete la seguridad nuclear” y pidió “máxima contención” a ambas partes. No se trata solo de los riesgos evidentes en la central ocupada de Zaporiyia, sino de todo un sistema eléctrico que funciona cada vez más al límite, con picos de demanda en pleno invierno y una infraestructura sometida a ataques repetidos.

Para Ucrania, que tradicionalmente ha generado alrededor de la mitad de su electricidad a partir de energía nuclear, estos parones suponen mucho más que un problema técnico: son un golpe directo a su capacidad de mantener la actividad industrial, el suministro doméstico y la moral de la población en las grandes ciudades.

Que las centrales tengan que recortar potencia no por fallos internos, sino porque las líneas que las conectan con el resto del país están siendo atacadas, resume hasta qué punto la energía se ha convertido en el frente más delicado de esta fase de la guerra.

La red eléctrica como campo de batalla

Los datos que aporta el Ejército ucraniano son elocuentes: en la última oleada, las defensas aéreas afirman haber interceptado 406 objetivos hostiles —una combinación de drones y misiles—, pero aun así algunos consiguieron impactar en subestaciones y nodos críticos de la red.

El patrón se repite desde hace meses: Rusia concentra ataques masivos en momentos de frío extremo o alta demanda, buscando maximizar el impacto social y económico. Los cortes de luz no solo dejan a barrios enteros sin calefacción; también interrumpen el funcionamiento de hospitales, escuelas y sistemas de transporte.

La consecuencia es clara: cada ronda de negociaciones tiene como telón de fondo un país que se ve obligado a gestionar apagones, racionamientos y daños a infraestructuras que tardarán años en repararse. Esa realidad reduce el margen de Kiev en la mesa de diálogo: cuanto más deteriorada esté su red, más vulnerable será a las propuestas de “alto el fuego” que congelen la situación sin resolver las causas de fondo.

Para Moscú, mantener la presión sobre la red eléctrica es una forma relativamente barata de seguir debilitando a Ucrania sin asumir el coste político de una movilización masiva o de operaciones terrestres de alto riesgo.

Lo que realmente busca Washington

En este contexto, el ultimátum temporal de Estados Unidos adquiere otra lectura. Más allá de la voluntad sincera de poner fin a la guerra, Washington tiene incentivos claros para evitar que el conflicto siga consumiendo recursos, atención política y capital diplomático más allá de 2026.

Un acuerdo, aunque sea parcial, permitiría a la administración estadounidense presentar una narrativa de éxito: se habría detenido la guerra, asegurado un mínimo de garantías para Ucrania y contenido, al menos en apariencia, la expansión de la influencia rusa. Pero esa narrativa choca con dos hechos tozudos:

  1. Rusia sigue sin renunciar públicamente a sus objetivos máximos.

  2. Ucrania no puede aceptar un acuerdo que consagre de facto la partición del país.

Entre ambos polos, Estados Unidos explora fórmulas intermedias —ceasefires limitados, zonas desmilitarizadas, arreglos económicos— que corren el riesgo de producir una “paz imperfecta”, potencialmente inestable y vulnerable a cualquier provocación futura.

El temor en varias capitales europeas es que un acuerdo apresurado, pensado para cuadrar calendarios políticos más que para cerrar heridas, genere una especie de “Minsk 3”: un alto el fuego frágil que permita a Rusia rearmarse y volver a la ofensiva en unos años.

Paz rápida, guerra larga o alto el fuego frágil

Con un ultimátum de junio, una red eléctrica al límite y unas posiciones territoriales irreconciliables, el tablero se abre a varios escenarios. El primero, el más optimista pero también el menos probable, es el de un acuerdo político amplio que combine cese de hostilidades, garantías de seguridad y un calendario creíble de reconstrucción y reintegración territorial.

El segundo es el de un alto el fuego limitado, centrado en frenar ataques contra infraestructuras energéticas y establecer líneas de contacto estables, pero sin resolver el estatus de los territorios ocupados. Este escenario reduciría de inmediato el sufrimiento civil, pero correría el riesgo de congelar la guerra sin cerrarla, dejando a Ucrania atrapada en una situación de “ni paz ni guerra”.

El tercero, nada descartable, es el de una guerra de desgaste prolongada, con rondas de negociación que producen avances parciales —intercambios de prisioneros, treguas locales— mientras el frente y la guerra de drones continúan.

El diagnóstico podría apuntar a: la combinación de ultimátum diplomático y escalada militar en el frente energético demuestra que la guerra ha entrado en una fase crítica. Lo que se decida —o no se decida— en Miami no solo marcará el futuro de Ucrania, sino también el de la arquitectura de seguridad europea y el papel de Estados Unidos como garante último de ese orden.