Zelensky acaba de cesar al hombre que estaba ganando la guerra de los drones

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Dos historias, en realidad tres hilos entrelazados, han dominado el tablero geopolítico de las últimas cuarenta y ocho horas, y las tres comparten, pese a desarrollarse en escenarios geográficamente distantes, un mismo denominador común: la erosión de la autoridad como consecuencia inevitable de la guerra prolongada. En Kyiv, el presidente Volodymyr Zelensky ha decidido, en plena campaña ucraniana contra la flota fantasma rusa y en vísperas de un invierno que se anuncia especialmente duro, cesar primero a su primera ministra y, después, de forma fulminante e inesperada, a su ministro de Defensa —convertido, en apenas seis meses de mandato, en el rostro más popular y, sobre todo, más eficaz de la resistencia ucraniana—. En Teherán, mientras tanto, el general Ahmed Vahidi consolida su posición como primus inter pares del triunvirato de la Guardia Revolucionaria, sin que ello suponga en modo alguno el fin de la parálisis negociadora ni la clausura del sistema de extorsión que el régimen ha organizado en el Estrecho de Ormuz al calor del naufragio del Memorando de Islamabad. Vayamos por partes, con el rigor factual que estos análisis exigen y sin ceder ni un milímetro a la tentación de la especulación gratuita.

 

II. NOTICIAS MÁS IMPORTANTES DE LAS ÚLTIMAS 24-48 HORAS

1. Ucrania: el relevo en la cúpula de Kyiv y la defenestración del ministro más popular de la guerra

Hechos

El domingo 12 de julio, el presidente Zelensky anunció el cese de la primera ministra Yulia Svyrydenko, en el cargo desde julio de 2025, alegando la necesidad de «un cambio de estrategia política» y la conveniencia de asignar cada prioridad de política exterior a una persona «con experiencia sustancial». El Parlamento —controlado por su partido, Servidor del Pueblo— aprobó la dimisión el martes 14 de julio por 258 votos a favor, uno en contra y cinco abstenciones, lo que, conforme a la legislación ucraniana, arrastró consigo la dimisión de todo el gabinete. El nombre que se baraja con mayor fuerza para sustituirla es el de Serhii Koretskyi, actual consejero delegado de Naftogaz, la principal petrolera y gasística estatal del país, a quien el propio Zelensky ha calificado como la persona mejor preparada para asumir la jefatura del Gobierno de cara al invierno.

Pero la verdadera conmoción llegó el miércoles 15 de julio, cuando Zelensky destituyó, de forma inesperada y tras una reunión con el comandante en jefe Oleksandr Syrsky, al ministro de Defensa, Mykhailo Fedorov, de treinta y cinco años y en el cargo desde enero de este año. Fedorov, procedente del ala tecnológica del Gobierno —fue durante años responsable de la Transformación Digital y arquitecto de la plataforma Diia—, se había convertido en estos seis meses en una auténtica estrella mediática de la resistencia ucraniana: bajo su gestión se bloqueó el acceso de las fuerzas rusas a los sistemas Starlink, se intensificó la campaña de drones contra la logística rusa en la Crimea ocupada, se auditó el sistema de contrataciones del ministerio con una reducción de precios de entre el dieciséis y el veinte por ciento, y se impulsó una reforma —«impopular pero extremadamente necesaria», en sus propias palabras de despedida— de la estructura del ministerio conforme a estándares de la OTAN.

La razón oficial esgrimida por el entorno de Zelensky, según fuentes parlamentarias citadas por Kyiv Independent y por Defense News, es un conflicto sistémico no resuelto entre Fedorov y el general Syrsky en torno a la reforma militar, el sistema de contrataciones y la movilización. Según esas mismas fuentes, el propio Zelensky habría llegado a decir en una reunión con su bancada parlamentaria que, idealmente, tanto Fedorov como Syrsky deberían haber sido cesados, aunque reconoció no poder permitírselo en este momento de la contienda. El sustituto propuesto es el ministro del Interior, Ihor Klymenko, cuya confirmación parlamentaria estaba prevista para este mismo jueves. El cese ha provocado protestas espontáneas en la plaza Ivan Franko de Kyiv, la dimisión en solidaridad del asesor de guerra de drones Serhii Sternenko y del coronel Pavel Elizarov, subcomandante de las Fuerzas Aéreas, y una notable oleada de indignación entre veteranos y activistas, alguno de los cuales —el periodista Sergiy Sydorenko, entre ellos— ha establecido un paralelismo con el intento fallido del año pasado de desmantelar la independencia de las agencias anticorrupción ucranianas, calificando ambas decisiones como movimientos concebidos para asegurar el futuro político del propio Zelensky.

Implicaciones

La primera implicación, y la más inquietante desde el punto de vista de la cohesión del esfuerzo bélico, es que Ucrania se permite —en plena guerra de agresión rusa y con Moscú intensificando sus ataques con misiles balísticos contra Kyiv y Kharkiv— un cuarto gran remodelo gubernamental desde el inicio de la invasión a gran escala en febrero de 2022, precisamente en el momento en que el ministerio de Defensa empezaba, por fin, a mostrar resultados tangibles frente a la ofensiva rusa gracias a una industria autóctona de drones de ataque, de defensa y de sistemas antidron que se ha revelado, sin exageración alguna, de las más avanzadas del mundo. Este analista no puede sino subrayar la paradoja: se cesa al artífice del éxito en el momento exacto en que ese éxito se hacía evidente. La explicación oficial —el enfrentamiento con el general Syrsky por cuestiones de reforma estructural y movilización— es plausible y está respaldada por múltiples fuentes ucranianas independientes, pero no agota, ni mucho menos, las lecturas posibles. Y conviene ser preciso en la distinción entre hecho verificado e hipótesis analítica: lo que sigue no está confirmado por ninguna fuente citada, sino que constituye una lectura de este analista basada en el patrón de comportamiento observado.

La hipótesis, ya apuntada por observadores ucranianos como una posibilidad entre varias, es que el ascenso meteórico de Fedorov como figura pública —una auténtica estrella del rock de la opinión pública ucraniana— pudo despertar en el entorno presidencial un recelo político no confesado: el de un ministro de treinta y cinco años, con capital de popularidad genuino y ajeno al desgaste de casi cuatro años y medio de liderazgo en tiempos de guerra, que en unas eventuales elecciones futuras —hoy suspendidas por la ley marcial, pero que tarde o temprano deberán celebrarse— podría erigirse en un rival de peso frente al propio Zelensky. Esta lectura es una hipótesis y no un hecho, pero encuentra cierto eco indirecto en el paralelismo que ha establecido el propio periodismo ucraniano —no este analista— con el episodio de las agencias anticorrupción, calificado por fuentes locales como orientado a asegurar el futuro político presidencial. Si la hipótesis fuera acertada, estaríamos ante un síntoma más de un patrón que ya preocupaba a este analista: el de un liderazgo que, sometido a la presión de una guerra que se prolonga sin fecha de término, tiende a privilegiar el control político sobre el mérito ajeno, con el riesgo de erosionar la confianza cívico-militar en el momento en que Ucrania más la necesita.

La segunda implicación es de orden estrictamente militar: la sustitución de Fedorov por Klymenko, un perfil procedente del Ministerio del Interior sin la misma impronta tecnológica ni el mismo capital de confianza entre las unidades de primera línea, introduce una incertidumbre no menor sobre la continuidad del programa de modernización del arsenal de drones ucraniano, precisamente el activo que ha permitido a Kyiv revertir el ímpetu de las ofensivas rusas en los últimos meses. La tercera implicación afecta a la imagen exterior de Ucrania ante sus socios occidentales: en un momento en que la Cumbre de la OTAN en Ankara acababa de arrancar a Washington la promesa de licencia de producción de misiles interceptores Patriot, la inestabilidad gubernamental en Kyiv —el cuarto remodelo en poco más de tres años— alimenta, nos guste o no, el discurso de quienes en Europa y en Estados Unidos cuestionan la fiabilidad institucional ucraniana a largo plazo.

Perspectivas y escenarios

Escenario A (30 % de probabilidad): Klymenko asume la cartera de Defensa sin sobresaltos mayores, las tensiones con el general Syrsky se apaciguan mediante un reparto más claro de competencias, y el esfuerzo bélico ucraniano prosigue sin disrupciones relevantes, aunque con una desaceleración parcial del ritmo reformista impreso por Fedorov.

Escenario B (40 % de probabilidad, nuestro escenario central): el Gobierno ucraniano sigue funcionando con normalidad operativa, pero el capital político de Zelensky sufre una erosión perceptible tanto dentro como fuera de Ucrania; las comparaciones —moderadas pero persistentes— con patrones de concentración de poder personalista se multiplican en la prensa occidental y en el propio debate ucraniano, sin que ello derive en una crisis institucional abierta ni en una alteración sustancial del esfuerzo bélico; persiste, eso sí, una fricción de fondo, larvada, entre el control civil y el mando militar que retrasará —sin impedirla— la consolidación de las reformas de modernización.

Escenario C (30 % de probabilidad): las protestas civiles y militares se intensifican, la reforma de modernización se estanca de forma efectiva bajo un ministro sin el mismo ascendiente técnico, y el episodio termina erosionando de forma duradera la cohesión entre el poder civil y la cúpula militar ucraniana, en un escenario que —de confirmarse la hipótesis del recelo político hacia una figura en ascenso— alimentaría además el germen de una futura disputa por el liderazgo político de posguerra.

 

2. Irán: la consolidación de facto de Yahidi, el naufragio del Memorando de Islamabad y la extorsión sistemática del Estrecho de Ormuz

Hechos

El presidente Trump declaró el miércoles 15 de julio, en una entrevista a Fox Business, que Irán «quiere reunirse y cerrar un acuerdo», justo cuando las fuerzas estadounidenses completaban la segunda oleada de ataques en doce horas y la quinta noche consecutiva de bombardeos contra objetivos iraníes —entre ellos sistemas de defensa costera, depósitos de misiles de crucero en la isla de Tunb Mayor, instalaciones en Bushehr, el puerto de Chabahar y la isla de Hengam, próxima al Estrecho—. Horas más tarde, el propio portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores iraní, Esmaeil Baghaei, declaró sin ambigüedad alguna que Teherán «no tiene planes de negociación» y permanece «centrado en la defensa del país». No es la primera vez que ocurre esta discordancia: ya el 10 de julio, tras la Cumbre de la OTAN de Ankara, Trump había afirmado que Irán le había pedido continuar las conversaciones, extremo que el portavoz iraní desmintió horas después.

Los hechos verificables sobre la arquitectura interna del poder iraní son los siguientes: el general Ahmed Vahidi, comandante en jefe de la Guardia Revolucionaria (CGRI), ha consolidado su posición como primus inter pares del triunvirato que ejerce el poder real en Teherán —completado por Mohamed Bagher Zolghadr, secretario del Consejo de Seguridad Nacional tras la eliminación de Ali Larijani, y por el general Ali Abdolahi, jefe del mando conjunto de guerra—. Análisis del Institute for the Study of War y de Critical Threats Project, con base en fuentes de campo, coinciden en que Vahidi ha prevalecido en la pugna de poder interna frente a los sectores más proclives a la negociación, entre ellos el presidente reformista Masoud Pezeshkian —cuyo intento de nombrar a un nuevo ministro de Inteligencia fue bloqueado por presión directa del propio Vahidi— y el presidente del Parlamento y jefe negociador, Mohammad Bagher Ghalibaf, quien, según fuentes de Iran International, ha llegado a plantearse su propia salida del equipo negociador ante la falta de margen de maniobra. Simultáneamente, y de forma reveladora sobre la naturaleza inconclusa de esta pugna interna, el Parlamento iraní —reunido el pasado 13 de julio por primera vez desde el estallido de la guerra— apartó de sus cargos en la Comisión de Seguridad Nacional y Política Exterior a dos de los diputados más beligerantes del sector ultra, Mahmud Nabavián y Ebrahim Rezaei, en lo que la prensa especializada en la disidencia iraní ha interpretado como un revés parcial para el ala más dura del Parlamento. El régimen, en suma, no ha resuelto su crisis de mando: la ha desplazado.

En paralelo, la maquinaria de extorsión en el Estrecho de Ormuz continúa operando con la misma lógica de siempre: los buques mercantes, gaseros y petroleros que se niegan a abonar el canon de paso —cobrado, según Lloyd's List, en yuanes, a través del sistema de permisos PGSA— son sistemáticamente atacados por unidades de la Guardia Revolucionaria, mientras que aquellos que sí lo abonan transitan sin incidentes. La consecuencia inmediata ha sido un desplome del tráfico marítimo por el Estrecho —de una media de ciento diez buques diarios antes de la guerra a niveles muy inferiores en los últimos días— y una escalada brusca de los precios del petróleo: el Brent se disparó un 9,59 % el lunes, hasta 83,30 dólares el barril, su mayor subida diaria en más de seis años, mientras el West Texas Intermediate avanzaba un 9,4 % adicional.

Implicaciones

La primera y más urgente implicación es económica y de seguridad energética global: el sistema de extorsión del Estrecho de Ormuz, que este analista no duda en calificar, una vez más, de mecanismo de racketeering mafioso en su versión más depurada —la de la Cosa Nostra neoyorquina trasladada al golfo Pérsico—, tiene todos los visos de perpetuarse mientras el triunvirato de Teherán conserve capacidad de coacción sobre el tráfico marítimo. Este analista ha cifrado en anteriores informes el potencial recaudatorio de este canon de paso entre cien mil y doscientos mil millones de dólares en un horizonte de dos a tres años, cantidad que financiaría no solo la reconstrucción del sistema de misiles y de la fuerza aérea y naval iraníes, sino también el relanzamiento de sus canales de influencia sobre Siria, la reconstitución de sus proxis terroristas —Hizbulá libanés y sirio, Hamás, las milicias terroristas proiraníes de Irak, los hutíes yemeníes— y, en última instancia, un nuevo intento de recuperar el control político, económico y social del Líbano, hoy claramente minoritarios, con el objetivo añadido de impedir el desarme de Hizbulá y de volver a hostigar a Israel. Es, por ello, imperativo que las agencias marítimas que intermedian entre navieros y régimen iraní, cuya complicidad roza lo criminal, sean objeto de una investigación seria y de la máxima severidad legal.

La segunda implicación es de coherencia estratégica norteamericana: las declaraciones del presidente Trump sobre un supuesto deseo iraní de negociar, desmentidas horas después por el propio Gobierno de Teherán, no son un hecho aislado, sino el enésimo episodio de una diplomacia errática, guiada por la intuición y el exabrupto más que por la planificación geoestratégica. Este analista, que reconoce y valora los innegables éxitos diplomáticos cosechados por la Administración Trump en 2026 —Camboya-Tailandia, Gaza, Azerbaiyán-Armenia—, no puede sino repetir el diagnóstico ya formulado en informes anteriores: planificación y ejecución militar, sobresaliente; planificación geoestratégica, deficiente. La confianza reside, como siempre, en que el sistema y la sensatez de quienes rodean al presidente —el secretario de Estado Marco Rubio, entre ellos— terminen por imponerse sobre el impulso.

La tercera implicación —la más estructural— es la que atañe a la propia naturaleza de la paradoja del descabezamiento en su nueva fase, que conviene precisar con rigor. No se trata, como pudiera pensarse superficialmente, de que Vahidi haya resuelto la crisis de autoridad del régimen al imponerse sobre sus rivales: se trata, por el contrario, de que su primacía —sustentada en la fuerza, el miedo y el fanatismo, y no en la autoridad ideológica, institucional y religiosa suprema que permitía a Jamenei disciplinar internamente al aparato y arrancar concesiones— es, precisamente por ello, incapaz de garantizar cumplimiento alguno. El régimen tiene hoy una figura dominante, pero sigue careciendo de un garante fiable de las concesiones que pudiera pactar cualquier interlocutor nominal. De ahí la intermitencia caótica de Ormuz: de ahí que Trump pueda recibir una llamada telefónica de algún canal iraní mientras el portavoz oficial desmiente cualquier intención negociadora horas después. No estamos ante equipos sin árbitro, sino ante un halcón dominante que carece de la autoridad legítima —y de la voluntad— para cumplir lo que pudiera acordarse.

Perspectivas y escenarios

Escenario A (30 %): bajo mediación catarí o paquistaní, se recompone en las próximas semanas un canal de negociación mínimamente funcional, el tráfico por Ormuz se restablece parcialmente y se abre una tregua frágil, sin que ello resuelva la disputa de fondo sobre la autoridad interna del régimen.

Escenario B (40 %, nuestro escenario central): persiste la intermitencia caótica ya descrita —ciclos de bombardeo, desmentidos, llamadas telefónicas filtradas y nuevas oleadas de ataques— durante los próximos meses, en una auténtica «guerra de temperatura variable» que nadie puede ganar ni permitirse perder; el sistema de extorsión se consolida como fuente de ingresos pese a las sanciones occidentales sobre intermediarios marítimos, y los mercados energéticos permanecen sometidos a una volatilidad estructural.

Escenario C (30 %): el ala más dura de la Guardia Revolucionaria culmina su control absoluto del aparato, desplazando definitivamente a Ghalibaf y a cualquier canal negociador, lo que aboca a una escalada de mayor intensidad sobre el control efectivo del Estrecho, con implicación más directa de los países del Golfo, un shock petrolero de mayor calado y un horizonte, en la estimación de este analista, de entre dos y tres años hasta un conflicto de mucha mayor envergadura en Oriente Medio.

 

III. RACK DE MEDIOS

El panorama mediático internacional, contrastado a lo largo de más de una veintena de cabeceras de referencia, ofrece una imagen convergente en los hechos pero marcadamente dispar en el enfoque editorial según el bloque geopolítico de origen:

Bloque / región

Medios representativos

Enfoque editorial dominante

Anglosajón de referencia

The New York Times, The Washington Post, Reuters, AP, CNN, CNBC

Cobertura factual detallada del remodelo ucraniano, con tono favorable hacia Fedorov y notable escepticismo ante las declaraciones de Trump sobre una negociación inminente con Irán.

Financiero-económico

Bloomberg, Financial Times, The Wall Street Journal

Foco casi exclusivo en el impacto del cierre parcial de Ormuz sobre el precio del crudo y en el riesgo de inestabilidad institucional ucraniana de cara a la financiación de la reconstrucción.

Europa continental

Le Monde, Le Figaro, FAZ, Die Welt, Corriere della Sera

Tono cauteloso, con énfasis en el desgaste de la coalición occidental de apoyo a Kyiv y en la fatiga de guerra de las opiniones públicas europeas.

Oriente Próximo — cobertura factual

Al Jazeera, Iran International

Análisis granular de la pugna interna entre Vahidi y los sectores negociadores; Iran International aporta el detalle más fino sobre el bloqueo de nombramientos y la fricción Pezeshkian-Vahidi.

Ucrania / Europa del Este

Kyiv Independent, Kyiv Post

Cobertura crítica y de proximidad, con amplio espacio a las protestas y a las voces de veteranos y activistas que cuestionan abiertamente la decisión presidencial.

Rusia / Irán oficialista (síntoma, nunca fuente)

TASS, Russia Today, IRNA, Mehr News

Relato triunfalista sobre la inestabilidad ucraniana y minimización sistemática de la eficacia de los bombardeos estadounidenses; valor informativo nulo, valor sintomático revelador.

Centros de análisis estratégico

Institute for the Study of War, Critical Threats Project

Fuente de referencia obligada para la reconstrucción factual de la arquitectura de poder interna iraní, con fiabilidad metodológica muy superior a la de la prensa generalista.

 

IV. SEMÁFORO DE RIESGOS

El siguiente cuadro sintetiza, con el código cromático habitual de estos informes, el nivel de riesgo asociado a cada uno de los vectores identificados en la jornada de hoy:

Riesgo

Nivel

Explicación

Cohesión cívico-militar en Ucrania tras el cese de Fedorov

ÁMBAR

Tensión latente entre poder civil y mando militar; sin ruptura institucional, pero con protestas activas y erosión de confianza en las Fuerzas Armadas.

Continuidad de la modernización del arsenal de drones ucraniano

ÁMBAR

Incertidumbre sobre el ritmo reformista bajo el nuevo ministro, sin indicios aún de reversión de los avances tecnológicos alcanzados.

Cierre efectivo o parcial del Estrecho de Ormuz

ROJO

Extorsión sistemática en curso, tráfico marítimo deprimido, riesgo de shock energético global inmediato.

Estabilidad de los mercados energéticos internacionales

ÁMBAR

Volatilidad ya materializada (Brent +9,59 %); riesgo de nuevos picos ante cualquier escalada adicional en el Golfo.

Escalada militar EEUU-Irán hacia un conflicto de mayor intensidad

ÁMBAR

Bombardeos diarios sostenidos sin ruptura del techo actual de intensidad; riesgo de escalada si se materializan las amenazas contra infraestructura energética iraní.

Fractura de mando dentro del régimen terrorista de Irán

VERDE-ÁMBAR

Consolidación parcial de Vahidi sin resolución de la crisis de autoridad; riesgo contenido de colapso institucional inmediato, pero persistente incoherencia decisoria.

Coherencia de la política exterior de la Administración Trump hacia Irán

ÁMBAR

Declaraciones contradictorias entre Washington y Teherán sobre la existencia de negociaciones; riesgo reputacional y de previsibilidad estratégica.

 

V. COMENTARIO EDITORIAL

Hay días en que la geopolítica global parece empeñada en demostrar, con una precisión casi didáctica, que el poder —cuando se ejerce sin autoridad legítima que lo sustente— termina por devorar a quienes más éxito cosechan bajo su sombra. Eso es, exactamente, lo que ha ocurrido esta semana en Kyiv, y es también, mutatis mutandis, lo que lleva meses ocurriendo en Teherán.

Empecemos por Ucrania, porque el episodio merece una reflexión que vaya más allá del parte de prensa oficial. Zelensky ha cesado, en cuestión de tres días, a su primera ministra y al ministro de Defensa que, contra todo pronóstico, había conseguido devolverle a Ucrania la iniciativa estratégica frente a Rusia mediante el desarrollo de una industria de defensa autóctona —drones de ataque, drones de defensa, sistemas antidron— que no es exagerado calificar de la más avanzada del planeta. Este analista lleva décadas observando cómo los liderazgos sometidos a la presión de una guerra sin fecha de término tienden, con una regularidad casi mecánica, a temer más a sus propios éxitos populares que a sus fracasos. No hace falta inventar nada ni especular de forma disparatada para plantear la hipótesis —y subrayo: hipótesis, no hecho verificado— de que en el cese de Fedorov hubiera pesado, junto a la explicación oficial de fricción con el general Syrsky, algo del natural recelo de todo poder ejecutivo prolongado hacia una figura joven, popular y ajena al desgaste, que en unas eventuales elecciones de posguerra podría convertirse en un rival de peso. La propia prensa ucraniana, no este analista, ha establecido ya el paralelismo con el fallido intento del año pasado de desmantelar la independencia de las agencias anticorrupción, y lo ha hecho en términos que apuntan al mismo objetivo: asegurar el futuro político del presidente. Zelensky ha prestado, sin duda, un servicio extraordinario a la causa de la libertad de su país desde febrero de 2022, y este analista se lo ha reconocido en informes anteriores sin ambages; pero el liderazgo en tiempos de guerra exige, precisamente porque la excepcionalidad lo permite todo, un ejercicio de autocontrol que no siempre se aprecia en las cancillerías ni en los cuarteles generales. Europa —esa clase política mediocre y miope que este analista lleva denunciando sistemáticamente— haría bien en mirar este episodio no como una anécdota doméstica ucraniana, sino como un síntoma de la fatiga institucional que toda guerra prolongada termina por infligir incluso a las democracias mejor intencionadas.

Y de Kyiv a Teherán, donde el patrón —aunque de naturaleza radicalmente distinta, pues aquí no hablamos de una democracia en guerra sino de una oligarquía yihadista terrorista sin el menor viso de legitimidad popular— confirma, una vez más, la tesis que este analista viene sosteniendo desde hace meses: la paradoja del descabezamiento, no en su formulación original —que nunca sostuvo que se hubiera eliminado a moderado alguno, porque no los hubo— sino en su fase actual, más inquietante si cabe. El general Ahmed Vahidi es ya, de facto, el primus inter pares del triunvirato de la Guardia Revolucionaria que gobierna Irán en la sombra —completado por Zolghadr y por Abdolahi—, pero un primus inter pares no es, ni de lejos, un árbitro absoluto al estilo de Jamenei: su primacía descansa en la fuerza, el miedo y el fanatismo, no en la autoridad ideológica, institucional y religiosa suprema que permitía al viejo Jamenei disciplinar internamente al aparato y arrancar concesiones cuando convenía. La paradoja, por tanto, no se resuelve: se intensifica. Quien se impone es, precisamente, el más despiadado y brutal de los tres, lo cual le permite pilotar y dominar cualquier negociación, pero no garantizar —porque no puede, y porque tampoco quiere— su cumplimiento. Tenemos, en suma, un régimen con una figura dominante y sin garante fiable de las concesiones. De ahí el goteo constante de agresiones contra buques mercantes en el Estrecho de Ormuz, que este analista no se cansará de repetir que no es un fenómeno errático ni casual, sino un sistema de chantaje perfectamente estructurado, calcado del racketeering de la mafia siciliana perfeccionado por la Cosa Nostra neoyorquina: el dinero de protección, el canon de paso, la represalia contra quien se niega a pagarlo. Como ya dejé escrito hace unos días y sigo sosteniendo sin matices: no es un Estado que cobra un impuesto, es una organización criminal que cobra por no matar. Y las agencias marítimas que intermedian entre navieros y verdugos en ese tráfico de extorsión deberían ser investigadas con el máximo rigor y sometidas, llegado el caso, a todo el peso de la ley.

Conviene además no perder de vista el objetivo último de toda esta arquitectura extorsiva: los cien mil a doscientos mil millones de dólares que el régimen aspira a recaudar en dos o tres años no financiarán reformas ni bienestar del pueblo iraní —hastiado, como este analista ha repetido, del latrocinio, la incompetencia y el fanatismo de los ayatolás y de la Guardia Revolucionaria—, sino el relanzamiento del programa de misiles, la reconstrucción de la fuerza aérea y naval, y, sobre todo, la reconstitución de sus proxis terroristas: Hizbulá libanés y sirio, Hamás, las milicias terroristas proiraníes de Irak, los hutíes yemeníes. El objetivo político de fondo —recuperar el control sobre un Líbano donde hoy son claramente minoritarios, impedir el desarme de Hizbulá y reanudar el hostigamiento contra Israel— debería bastar para disipar cualquier tentación de complacencia en las cancillerías occidentales. Este analista, que ha sufrido en carne propia y en la de su familia la violencia del terrorismo respaldado por Teherán y por sus proxis, no puede ni quiere disimular el compromiso de este análisis con la causa de quienes se resisten a esa amenaza.

Y sin embargo —y aquí llega la crítica que nunca debe faltar en estas páginas— la política exterior del presidente Trump frente a Irán sigue exhibiendo el mismo patrón errático que este analista lleva denunciando desde el estallido del conflicto: bombardeos noche tras noche, anuncios triunfales de una negociación inminente que el propio Teherán desmiente pocas horas después, y ninguna hoja de ruta discernible sobre el día después si el régimen se pliega o, más probable aún, entra en implosión. Planificación y ejecución militar: sobresaliente. Planificación geoestratégica: deficiente. La política exterior de Trump merece reconocimiento cuando actúa con la prudencia que le aconseja el secretario de Estado Marco Rubio —ahí están, para probarlo, los éxitos diplomáticos de Camboya-Tailandia, de Gaza, de Azerbaiyán-Armenia—, pero merece la crítica más severa cuando se deja llevar por la intuición, el exabrupto y la transacción sin fundamento estratégico alguno. Este analista sigue confiando en que el sistema, y la sensatez de quienes rodean al presidente, terminen por imponerse sobre el impulso.

Queda, para cerrar, una última reflexión que enlaza ambas historias del día: la orfandad de mando —ese liderazgo que en Teherán se ejerce por la fuerza sin autoridad para arbitrar, y que en Kyiv se ejerce, cada vez más, mediante el recelo hacia el mérito ajeno— es, en última instancia, el síntoma más elocuente de sociedades e instituciones sometidas a una tensión que ninguna de las dos partes puede sostener indefinidamente sin coste. Nosotros, desde la distancia analítica pero sin renunciar jamás al compromiso, seguiremos observando, verificando y, cuando sea necesario, denunciando.