Zelensky exporta la guerra: 228 expertos ucranianos derriban Shahed

Zelensky

Kiev admite operaciones reales en países árabes y convierte su defensa antidrón en moneda de cambio.

Ucrania ha derribado drones iraníes Shahed fuera de sus fronteras y lo ha hecho, según su presidente, en operaciones activas en “varios países” de Oriente Próximo. Volodímir Zelensky ha confirmado por primera vez que sus especialistas han asesorado —y, en algunos casos, operado— junto a socios regionales para frenar la misma amenaza que Rusia despliega a diario sobre Kiev. El dato revela algo más que cooperación militar: Ucrania está intentando transformar su experiencia de supervivencia en un instrumento diplomático y económico, justo cuando el conflicto con Irán amenaza con absorber recursos occidentales y dejar a Ucrania, otra vez, al final de la cola.

Un reconocimiento calculado

La admisión no llega por accidente ni por entusiasmo. Zelensky hizo su primer reconocimiento público en declaraciones a periodistas el miércoles, pero bajo embargo hasta el viernes, un detalle que delata cautela: explicar que tropas ucranianas han actuado en terceros países abre un frente político en Moscú, pero también en las capitales aliadas.

“No se trataba de una misión de entrenamiento ni de ejercicios, sino de apoyo para construir un sistema moderno de defensa aérea que realmente funcione”. La frase, pronunciada como justificación, encierra el giro: Ucrania ya no vende solo resistencia, sino capacidad operativa exportable.

La clave es que Zelensky evita identificar países y limita los detalles. Sin embargo, admite que sus especialistas actuaron “a través de varias naciones” y que el trabajo consistió en fortalecer sistemas antiaéreos existentes, no en hacer demostraciones simbólicas. El mensaje es doble: eficacia hacia fuera y control narrativo hacia dentro.

La guerra que se exporta

Lo más grave para el tablero geopolítico es el precedente. Ucrania, en plena guerra, asume el rol de proveedor de seguridad fuera de Europa. Zelensky llegó a hablar de 228 expertos desplegados en la región, una cifra que sugiere una operación sostenida, con rotaciones, logística y coordinación política.

Esta proyección exterior responde a una necesidad inmediata: ensanchar el perímetro de aliados cuando el foco mediático y militar se desplaza hacia Oriente Próximo. No es altruismo. Zelensky lo describe como un intercambio: “fortalecemos su seguridad” a cambio de contribuciones a la “resiliencia” ucraniana, que pueden tomar forma de combustible, apoyo financiero o sistemas defensivos para infraestructuras energéticas. “Es mucho más que recibir dinero”, remacha.

La consecuencia es clara: Kiev busca un modelo parecido al de otras potencias medianas que convirtieron su guerra en industria —Israel lo hizo con la defensa antimisiles—, pero con una diferencia incómoda: Ucrania sigue bajo fuego.

Interceptores baratos, misiles caros

El Shahed es, por diseño, un arma económica para agotar defensas caras. Ese es el corazón del problema que ahora comparten Ucrania y varios países del Golfo: no puedes sostener durante meses una defensa basada en munición de alto coste frente a enjambres de drones de bajo coste. Fuentes especializadas sitúan el precio por unidad del Shahed-136 en un rango aproximado de 20.000 a 50.000 dólares, precisamente porque la estrategia funciona cuando el atacante impone volumen.

Ucrania asegura haber desarrollado respuestas de “bajo coste” y alta velocidad de despliegue: drones interceptores, guerra electrónica, y procedimientos para integrar radares, observadores y fuego antiaéreo en capas. Zelensky subraya que sus expertos enseñaron “cómo trabajar con interceptores” y cómo reforzar sistemas ya instalados.

El diagnóstico es inequívoco: quien aprenda a derribar drones de forma barata dominará el siguiente ciclo de seguridad regional. Y Ucrania quiere ser quien venda el manual, no quien lo mendigue.

El trueque: seguridad por petróleo y defensas

El intercambio que dibuja Zelensky tiene un componente económico directo: Ucrania recibe armas para proteger su infraestructura energética, además de petróleo y diésel y, “en algunos casos”, acuerdos financieros.

Esto revela una realidad que pocas veces se dice en voz alta: la guerra de Ucrania ya no se financia solo con transferencias presupuestarias occidentales, sino con microacuerdos bilaterales que sostienen la energía, la logística y la defensa civil. En un contexto de volatilidad en Oriente Próximo, el combustible vuelve a ser instrumento de poder. Y para Kiev, cada envío cuenta.

A la vez, Kiev intenta “formalizar y expandir” un papel de exportación defensiva. Es un terreno resbaladizo: vender capacidades cuando tu propia población sufre apagones y ataques masivos obliga a justificar cada recurso que sale. Zelensky insiste en que lo que exporta no son baterías Patriot, sino conocimiento y técnicos.

Un aviso a Washington: Patriot o fatiga estratégica

El movimiento encaja con su otra obsesión: no quedarse sin Patriots. Zelensky ha advertido de que una guerra larga en Oriente Próximo puede desviar suministros occidentales, justo cuando Ucrania necesita más sistemas y más misiles para resistir las “barreras diarias” rusas.

La presión es tangible: el frente sigue extendiéndose a lo largo de unos 1.250 kilómetros, un desgaste que obliga a priorizar recursos y a blindar ciudades e infraestructuras críticas con una defensa aérea que nunca es suficiente.

Zelensky dice que ha llegado un “nuevo lote” de misiles para Patriot en días recientes. Aun así, el mensaje político permanece: si Washington mira a Irán, Moscú aprovechará la ventana. Y si Kiev puede demostrar que su tecnología ahorra dinero y munición a socios estadounidenses y árabes, su argumento se vuelve más difícil de ignorar.

El precedente y la factura geopolítica

Que Ucrania derribe drones iraníes en terceros países reordena alianzas. También introduce riesgos: Rusia puede presentar a Kiev como actor desestabilizador; Irán puede usarlo como munición propagandística; y los países anfitriones asumen el coste de reconocer —o negar— una cooperación que, por definición, toca sus sistemas de defensa.

Sin embargo, el contraste con otras crisis recientes resulta demoledor: mientras Europa discute paquetes de ayuda con plazos y condicionalidad, Ucrania ofrece resultados inmediatos en un campo —el antidrón— donde la demanda es explosiva. Al admitir que actuó antes de que se alcanzara un “alto el fuego tentativo” entre Irán, Estados Unidos e Israel, Zelensky sugiere que sus equipos operaron bajo presión real y en un teatro saturado.