El IBEX 35 arranca plano y se aferra a los 17.600 puntos

IBEX 35

La Bolsa española vuelve de Semana Santa con un rebote mínimo y la mirada fijada en Irán, el estrecho de Ormuz y un petróleo que vuelve a poner en jaque la inflación, los tipos y el crecimiento.

El mercado español ha regresado del parón festivo sin euforia y sin convicción. El IBEX 35 apenas avanzaba un 0,2%-0,3% en la apertura, hasta rondar los 17.603-17.604 puntos, en una sesión dominada por un factor que trasciende a los balances empresariales y a la macro habitual: la posibilidad de que el conflicto con Irán derive en un shock energético de mayor calado. En el centro del tablero vuelve a situarse el estrecho de Ormuz, por donde circula cerca de una quinta parte del suministro mundial de petróleo y gas.

Índice IBEX 35

La amenaza no es menor. Donald Trump ha elevado el tono con un ultimátum a Teherán, mientras Irán insiste en que no aceptará una salida provisional ni bajo presión. La consecuencia es clara: el mercado europeo ha pasado de descontar cierta normalización a moverse a golpe de titular, con el crudo de nuevo por encima de los 111 dólares por barril y con el miedo a la estanflación reapareciendo en las mesas de negociación. La calma, por ahora, solo es aparente.

Una apertura sin alivio real

El primer movimiento del IBEX tras la Semana Santa tiene más de respiración contenida que de rebote sólido. El selectivo español abrió con ligeros avances, pero sin una dirección clara y sin volumen de convicción, en línea con el resto de Europa. El FTSE Eurofirst 300 también registraba un ascenso moderado, reflejo de un mercado que no quiere asumir demasiado riesgo antes de conocer si el pulso entre Washington y Teherán entra en fase de descompresión o de escalada.

Ese comportamiento es, en sí mismo, revelador. Cuando la bolsa sube con timidez en un entorno de elevada tensión geopolítica, no lo hace porque el riesgo haya desaparecido, sino porque los inversores optan por no sobrerreaccionar antes de tiempo. Lo más grave es que esa prudencia convive con una evidencia incómoda: el mercado sigue sin tener visibilidad sobre el siguiente paso de Estados Unidos, sobre la respuesta iraní y sobre el futuro inmediato de Ormuz.

En ese contexto, los inversores se aferran a una especie de equilibrio frágil. Ni descuentan una solución inminente ni se atreven aún a valorar un cierre prolongado del corredor energético. Esa indefinición explica por qué las bolsas oscilan en rangos estrechos mientras el petróleo sí empieza a enviar señales mucho más agresivas.

Ormuz vuelve a ser el termómetro global

Pocas infraestructuras tienen tanta capacidad para alterar la economía mundial como el estrecho de Ormuz. Por esa vía marítima transita aproximadamente el 20% del crudo y del gas natural licuado que mueve el comercio energético global. Cuando esa arteria se tensiona, no solo sube el petróleo: se encarece el transporte, empeoran las expectativas de inflación y se alteran las proyecciones de bancos centrales, empresas y gobiernos.

Eso es exactamente lo que está empezando a ocurrir. El Brent, por encima de los 111 dólares, actúa como una señal de alarma para un mercado que hace apenas semanas esperaba un escenario mucho más benigno para la segunda mitad del año. No se trata únicamente de una guerra regional; se trata del precio que paga el mundo cuando una crisis local compromete un cuello de botella estratégico.

El contraste con episodios anteriores resulta elocuente. En otras crisis de Oriente Medio, los mercados reaccionaron primero con el petróleo y después con la renta variable. Ahora sucede algo parecido, aunque con un matiz relevante: las economías occidentales llegan a este episodio con menos margen monetario, más fatiga inflacionista y un crecimiento más vulnerable. Este hecho revela que el riesgo no reside solo en el shock inicial, sino en su capacidad para contaminar toda la cadena económica.

Trump endurece el tablero

La figura de Donald Trump vuelve a funcionar como catalizador de volatilidad. Sus declaraciones sobre Irán, con amenazas explícitas y un ultimátum temporal, han devuelto al mercado a una lógica binaria: o acuerdo de última hora, o salto adicional en la tensión militar y energética. Esa clase de mensajes no deja espacio a la gradualidad. Cada frase se convierte en precio, cada matiz en una corrección o en un repunte inmediato.

La dificultad radica en que el propio discurso estadounidense mezcla señales contradictorias. Por un lado, se desliza la posibilidad de una negociación viable. Por otro, se advierte de represalias de gran escala si Teherán no acepta las condiciones impuestas. Para los inversores, ese doble registro complica cualquier lectura racional del escenario. El mercado no sabe si está ante una estrategia de presión máxima para forzar un pacto o ante la antesala de una nueva escalada.

Sin embargo, el problema no es únicamente político. También es financiero. Cuando la Casa Blanca introduce incertidumbre sobre el suministro energético global, el efecto rebota de inmediato en los activos más sensibles a inflación y crecimiento. La bolsa española, tan expuesta a banca, energía e industria, no puede permanecer ajena. De ahí que el IBEX haya vuelto con cautela y no con un rebote pleno pese al parón de cuatro días.

El petróleo reabre el miedo a la estanflación

La palabra que vuelve a circular con fuerza es una de las más temidas por el mercado: estanflación. Es decir, una combinación de inflación persistente y crecimiento débil. Durante buena parte de 2025 y comienzos de 2026, el consenso había girado hacia una desaceleración controlada, compatible con futuras bajadas de tipos. La crisis con Irán amenaza con dinamitar ese guion.

El encarecimiento energético actúa como un impuesto invisible para hogares y empresas. Sube el coste del transporte, empeora el margen industrial, encarece la producción y termina filtrándose a la cesta de precios. Al mismo tiempo, reduce renta disponible y frena consumo e inversión. La consecuencia es clara: más inflación y menos crecimiento al mismo tiempo.

Los últimos indicadores estadounidenses ya apuntan en esa dirección. El sector servicios moderó su crecimiento en marzo, mientras el componente de precios pagados por insumos repuntó al mayor ritmo en más de 13 años. Ese dato, aunque todavía inicial, ha sido suficiente para alterar las expectativas de mercado. El diagnóstico es inequívoco: si el petróleo se instala en estos niveles o avanza más, la narrativa de desinflación ordenada puede quedar seriamente dañada en cuestión de semanas.

Los bancos centrales pierden margen

La siguiente derivada del conflicto es monetaria. Hace apenas unos meses, los operadores seguían construyendo posiciones sobre la idea de que la Reserva Federal podría recortar tipos a lo largo del año y de que el BCE terminaría acompañando ese proceso. Ahora ese escenario se ha debilitado de forma abrupta. El mercado ya no da por descontadas esas bajadas con la misma claridad, e incluso empieza a contemplar que algunos bancos centrales deban posponer cualquier alivio.

Ese cambio de expectativas importa mucho más de lo que parece. La renta variable europea, incluida la española, había encontrado parte de su sostén en la perspectiva de una financiación menos onerosa y en una curva de tipos algo más favorable para la actividad. Si la guerra reaviva la inflación importada, ese soporte desaparece. Y sin él, las valoraciones se vuelven más exigentes.

El BCE, además, afronta un dilema especialmente delicado. La eurozona muestra síntomas de actividad irregular, con Alemania aún lejos de una recuperación robusta y con el consumo sin demasiada tracción. Pero un petróleo tensionado limita la capacidad de actuar. Bajar tipos con la energía disparada sería asumir un riesgo reputacional y de precios; mantenerlos altos, en cambio, penalizaría aún más la actividad. Esa es la trampa que los mercados empiezan a descontar.

El IBEX se refugia en los bancos

Dentro del selectivo español, el dinero buscó apoyo en el sector bancario. Santander y BBVA avanzaban en torno al 1,1%-1,2%, mientras Caixabank, Sabadell, Bankinter y Unicaja mostraban también tono positivo, con la excepción puntual del ajuste técnico de algunas cotizadas por dividendo. No es casual. En un entorno en el que se enfrían las apuestas por recortes de tipos, la banca vuelve a encontrar un argumento defensivo en la persistencia de márgenes elevados.

Pero no conviene sobredimensionar ese reflejo. La banca puede beneficiarse a corto plazo de unos tipos menos acomodaticios, aunque también sufre si la desaceleración económica se intensifica. Un petróleo alto durante demasiado tiempo acaba erosionando la calidad crediticia, enfría la demanda y reduce la inversión empresarial. Es decir, el alivio inicial puede convertirse después en problema.

Entre los grandes valores no financieros, la fotografía fue más dispar. Telefónica y Cellnex mostraban cierta fortaleza, Inditex apenas se movía, Iberdrola cedía ligeramente y Repsol acompañaba con subidas contenidas pese al repunte del crudo. Ese reparto sectorial ilustra un mercado selectivo, sin apetito para una subida generalizada. No hay rotación clara hacia el riesgo; hay simples movimientos tácticos de protección.

La macro queda en segundo plano

La jornada incluye referencias relevantes, desde los PMI de actividad empresarial en la eurozona hasta la confianza Sentix y los pedidos de bienes duraderos en Estados Unidos. En condiciones normales, ese menú bastaría para marcar el tono de una sesión. Ahora no. El mercado ha quedado subordinado a la geopolítica, y más concretamente a cualquier titular sobre Trump, Irán y la reapertura o no de Ormuz.

Eso no significa que la macro haya dejado de importar. Al contrario: lo que ocurra con la inflación estadounidense el viernes puede confirmar si el shock energético ya ha empezado a trasladarse a los datos. Pero el orden de prioridades ha cambiado. Primero va Oriente Medio; después, el resto. El mercado no busca tanto una cifra perfecta como una señal de que el conflicto no ha contaminado ya las expectativas de precios.

La experiencia histórica demuestra que este tipo de episodios suelen funcionar en dos tiempos. Primero, el mercado ignora o minimiza el riesgo mientras espera una solución diplomática. Después, si esta no llega, ajusta de forma más brusca. El IBEX, por ahora, parece instalado en la primera fase. La duda es cuánto durará esa tregua psicológica.