El IBEX pierde marzo con el petróleo en 115 dólares

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La bolsa española entra en una fase de fragilidad justo cuando el conflicto con Irán dispara el crudo, enfría la confianza europea y reabre el temor a un episodio de estanflación.

El IBEX 35 ha arrancado la última semana de marzo sin dirección clara, atrapado en torno a los 16.800 puntos y con un balance mensual que ya refleja un deterioro severo. El problema ya no es únicamente geopolítico. El Brent se mueve alrededor de 115-116 dólares, el suministro energético global vuelve a tensionarse y el mercado empieza a descontar algo más peligroso que una corrección puntual: crecimiento débil con inflación más alta. Lo más grave es que el dinero ya no rota hacia el riesgo, sino hacia la defensa. Las energéticas y las utilities aguantan; las aerolíneas, las industriales y parte del sector financiero vuelven a sufrir.
El diagnóstico es inequívoco: el miedo a una guerra larga ha devuelto a Europa un fantasma que parecía amortiguado. 

Índice IBEX 35

Un índice atrapado en la pérdida de impulso

La fotografía del selectivo español es menos anecdótica de lo que sugiere una apertura con descensos moderados. El IBEX ha oscilado este lunes en torno a los 16.800 enteros, después de cerrar el viernes en 16.802,5 puntos, muy lejos ya de los 18.360,8 con los que terminó febrero. Ese trayecto encierra una corrección cercana al 8,5% en apenas un mes. No se trata solo de volatilidad táctica: el mercado ha ido descontando, sesión a sesión, que el shock energético puede durar más de lo previsto y erosionar beneficios empresariales, consumo e inversión. El contraste con el tono de comienzos de año resulta demoledor. Entonces dominaba la expectativa de tipos más estables y crecimiento razonable; ahora pesa una prima de riesgo geopolítica que castiga cualquier activo sensible al ciclo. La bolsa española sigue arriba en términos históricos recientes, pero ha perdido la narrativa alcista que la sostenía hace apenas cuatro semanas.

El barril vuelve a mandar sobre todo lo demás

El mercado ha vuelto a una lógica conocida: cuando el petróleo deja de ser una variable de fondo y se convierte en el centro del tablero, la valoración de casi todos los sectores cambia de golpe. El Brent ronda los 115-116 dólares por barril y marzo apunta a un avance de más del 50% en el mes, en un contexto que la Agencia Internacional de la Energía ya describe como la mayor disrupción de suministro de la historia del mercado petrolero. Esa cifra no solo encarece el combustible. También presiona costes logísticos, fertilizantes, química básica, transporte marítimo y márgenes industriales. La consecuencia es clara: cualquier previsión de beneficios hecha con un crudo muy por debajo de estos niveles corre el riesgo de quedarse vieja en días. Cuando el precio de la energía se convierte en una amenaza estructural, la bolsa deja de discutir múltiplos y empieza a discutir supervivencia de márgenes. Esa es la mutación que empieza a insinuarse en Europa.

Ganadores escasos, castigo amplio

Dentro del IBEX, la lectura sectorial es incluso más reveladora que la del índice. Repsol, Redeia, Naturgy, Iberdrola o Endesa han mostrado un mejor comportamiento relativo, beneficiadas por el refugio defensivo o por la expectativa de mayores ingresos ligados al ciclo energético. En el extremo opuesto aparecen IAG, Indra, Sacyr o Acerinox, nombres donde el alza de costes, la incertidumbre sobre demanda o el castigo al riesgo industrial pesan mucho más. Los bancos tampoco escapan del todo. Aunque un entorno de tipos altos puede sostener el margen financiero, una combinación de crecimiento débil, menor crédito y empeoramiento macro es cualquier cosa menos una buena noticia para el sector. Por eso el ajuste no distingue solo entre compañías “caras” o “baratas”; distingue entre negocios con capacidad de trasladar costes y negocios expuestos a una posible desaceleración. Ese filtro suele endurecerse cuando el mercado teme una recesión importada por la energía.

La inflación reaparece por la puerta energética

Lo más inquietante para Europa no es solo el precio del barril, sino su capacidad para contaminar el cuadro macro en muy poco tiempo. La Comisión Europea ya constató que la confianza del consumidor en la eurozona se desplomó en marzo hasta -16,3 puntos, el nivel más bajo desde octubre de 2023. Al mismo tiempo, el BCE ha advertido de que la inflación de la zona euro puede repuntar hasta el 3,1% en el segundo trimestre de 2026 precisamente por el shock energético derivado de la crisis en Oriente Medio. Alemania, termómetro industrial del continente, venía de una inflación del 1,9% en febrero, una cota compatible con cierta calma monetaria. Sin embargo, ese escenario puede alterarse rápidamente si el encarecimiento de petróleo y gas se consolida. El riesgo es evidente: no un rebrote inflacionario puro, sino estanflación, esa combinación tóxica de precios al alza y crecimiento menguante que comprime el consumo, deteriora la inversión y limita el margen de maniobra de los bancos centrales.

Ormuz, el cuello de botella que decide el precio mundial

La raíz del problema está en un punto del mapa. El estrecho de Ormuz transportó en 2024 alrededor de 20 millones de barriles diarios, equivalentes a cerca de una quinta parte del consumo mundial de líquidos petrolíferos, además de una porción muy relevante del comercio global de gas natural licuado. La IEA subraya que la guerra ha reducido el tránsito por esa vía “a un hilo”, lo que explica que los mercados reaccionen con tanta violencia ante cualquier noticia sobre bloqueos, ataques o escoltas militares. Es cierto que Europa no es el principal destino directo del crudo que cruza Ormuz; Asia absorbe la mayor parte. Pero ese dato no protege a la eurozona. El precio del petróleo es global, y también lo es el impacto sobre el gas, los fertilizantes, los fletes y la cadena industrial. España compra energía en un mercado internacional, no en una burbuja ibérica, y por eso el shock termina filtrándose a la inflación, a la cuenta exterior y a la bolsa aunque el suministro físico no se interrumpa del todo.

El mercado ya no cree en titulares políticos

Hay otro elemento nuevo: la pérdida de credibilidad de las señales políticas como ancla de mercado. En los últimos días se han encadenado mensajes sobre contactos “directos e indirectos” entre Washington y Teherán, planes de conversaciones en Pakistán y, al mismo tiempo, hipótesis de nuevas acciones militares estadounidenses sobre infraestructuras estratégicas iraníes. Ese ruido cruzado impide construir un escenario base sólido. Los inversores ya no reaccionan con alivio automático a una declaración diplomática ni con pánico inmediato a una amenaza. Exigen hechos. Y, por ahora, los hechos siguen describiendo una guerra regionalizada, con ataques a infraestructuras, alteraciones en el tráfico marítimo y una tensión energética inédita en décadas. Lo más grave es precisamente eso: el mercado ha dejado de descontar un conflicto corto. Cuando se rompe esa premisa, cambian los modelos de valoración, se encarece la cobertura, sube la aversión al riesgo y el dinero se desplaza hacia activos defensivos o renta fija soberana.